Un café en Nueva York

Un café en Nueva York

Me gusta tomar el café con mucha leche y mucha azúcar. Y los que me conocen bien, saben que un café puede durarme horas. Lo tomo a sorbos pequeños, y con la taza en mis manos me da la sensación que el tiempo se ralentiza. Eso sí, soy incapaz de acabármelo entero. Siempre dejo un poco. No sé…a lo mejor es una tontería, pero para mí el café de primera hora de la mañana es un placer y pienso que no puedes saciarte de los placeres o corres el riesgo de acabar con su esencia. La esencia que lo convierte en un placer.

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Colecciono momentos

Colecciono momentos

Hace tiempo que quiero hacer esto.

Hace tiempo que imagino. Pero eso ya lo sabéis los que andáis por aquí de vez en cuando.

Hay mañanas que me despierto con la sensación de que cada día es un comienzo. Y creo que es bueno. Me incita a dejar la puerta abierta a ver si de este modo entran las ideas y con ella un soplo de aire fresco.

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Un tentempié de nombre Irene

Un tentempié de nombre Irene

AVISO IMPORTANTE:

Si aún no has leído ¡Estoy en apuros! te aconsejo que no leas este relato, pero si eres demasiado curios@…adelante.

Irene y Víctor tendrán su propia historia, así que esto solo es un poco del comienzo.

 

 

UN TENTEMPIÉ DE NOMBRE IRENE

Mi madre es una romántica. Siempre lo ha sido. A menudo la oigo decir que en las historias de amor, donde realmente ha existido amor verdadero, no debe faltar un final feliz. Pero claro, ella se pasa los días enteros viendo telenovelas. Supongo que ella entiende el amor de un modo muy distinto al resto de los mortales. Además, la suerte estuvo de su parte cuando conoció a mi padre. Él es honrado y trabajador. Quizá mi padre no sea demasiado listo pero es el hombre más bueno que conozco. Y no lo digo porque sea mi padre. Es que llegué a un momento de mi vida en el que decidí que él sería la única figura masculina en la que confiaría por el resto de mis días.

Mi hermano era otro cantar. A veces lo miraba y pensaba por qué no había heredado algo de mi padre. Al menos un poco de esa sensibilidad. Pero no. Él era de otra especie. Quizá estaba hecho del mismo material genético que el cabronazo de mi jefe…

Y sí, ahí estaba de nuevo, rondando en mi cabeza.

Dos semanas deberían haber sido suficientes para arrancármelo del pensamiento. Pero no. Allí, tumbada en mi cama, con aquellos apuntes en mi regazo, aún no entendía qué hacía yo un sábado por la mañana comparando a mi hermano con semejante gilipollas.

Por aquel entonces, en lo único que debía concentrarme era en las pruebas de acceso a la universidad. Me quedaba un verano por delante bastante apurado. Algunas asignaturas las dominaba, pero otras, como filosofía o historia, podían dañar mi nota final; y conseguir una buena puntuación era fundamental para acceder al grado de Fisioterapia en Cádiz. Por lo tanto, que Víctor no apareciera por la Clínica en los próximos tres meses o a ser posible en los próximos diez años, sería un gran alivio para mí.

Tras aquel desatinado revolcón en ese aseo, tan solo me había cruzado con él una vez, y había sido cuando yo ya recogía mis cosas para marcharme. Pero desde ahí Víctor me evitaba. No quería enfrentarse a mí. Probablemente era incapaz de mirarme a los ojos y admitir que era un ser despreciable, adúltero y mentiroso.

La clave estaba en seguir el consejo de mi amiga Sara y olvidarme de eso de enrollarme con mi jefe. Había sido una idea estúpida desde el primer momento. Así que ahora que ya sabía, casi con total seguridad, que esa tal Bárbara era su novia, lo mejor para todos sería no mezclar atún con el betún. Además, él se mostraba bastante arrepentido, lo cual me provocaba más rabia si era posible. De repente, su comportamiento había variado conmigo. Como si no quisiera desencadenar una guerra entre nosotros dos, y la última vez que me lo había encontrado ya pude hacerme un esclarecido simulacro de lo que sería en adelante nuestra, ya de por sí, dificultosa relación laboral.

—Hola, Irene —había dicho con la cabeza gacha al entrar en la Clínica un par de días antes. Yo estaba de espaldas, sacando mi bolso del armario que teníamos en una de las paredes. Eran las dos en punto de la tarde y si hubiese llegado un minuto más tarde posiblemente no me habría cruzado con él.

—Ah, hola —respondí con desinterés, dándome la vuelta y ordenando mi mesa. Por supuesto ni siquiera pude ver cómo iba vestido, porque no lo miré.

—¿Todo bien?

—Perfectamente —dije interpretando de un modo magistral, apagando el ordenador.

—Bien…Voy a…Bueno…, hasta luego.

—Adiós.

Nada más. Luego, de soslayo, lo vi perderse por el pasillo.

Lo único que supe de él esas dos semanas fue que pasaba más tiempo en las otras clínicas. Y desde entonces era su padre quien, con frecuencia, aparecía por nuestro centro de trabajo.

Lo sé, esa hubiese sido la mejor manera de sobrellevar aquella peculiar relación jefe y empleada, pero a veces el destino hace de las suyas y se empeña en complicar aún más lo que ya está tan enrevesado.

Aquel sábado en el que yo tan relajada repasaba mis apuntes de lengua e intentaba comprender las oraciones subordinadas adverbiales condicionales y concesivas, mi adorable hermano irrumpió en mi habitación.

—Irene, necesito que me acompañes a comprarme una camisa y un pantalón.

—Sí, hombre, en eso estaba yo pensando ahora mismo —resoplé, mordisqueando un bolígrafo.

—Irene, es en serio. He quedado esta noche con una chica. Y desde que voy al gimnasio se me han quedado pequeñas todas las camisas. Mira lo que me ha salido aquí —dijo mostrándome un bíceps enorme, más bien presumiendo de cuerpazo.

Puse los ojos en blanco. Pero pese a que me parecía de lo más pedante y creído del mundo, sabía que llevaba razón. No solo le habían crecido los músculos de sus brazos, también estaba más alto. Tanto que yo parecía a su lado pariente de Lisa, la mujer de David el Gnomo.

—Olvídame, Fran. Estoy estudiando.

—Venga, Irene, porfa. Tú tienes mejor gusto que yo. Además, ¿prefieres quedarte aquí tirada toda la mañana en vez de acompañar a tu pobre hermano a comprarse ropa?

—Exacto.

Sin embargo, ese día, Fran se puso demasiado pesado y al final mi madre intervino en nuestra discusión y me acusó de que yo únicamente iba a lo mío. Dijo que no entendía por qué desde hacía algún tiempo andaba siempre tan malhumorada. Fran era el ojito derecho de mi madre, con lo cual eso jugó en mi contra. Acabé sintiéndome francamente mal y después de almorzar fui yo la que entró en su habitación y le pedí que me perdonara. Se hizo un poco de rogar, pero media hora después me vi montada en el coche de mi padre de camino al centro comercial de Bahía Sur, en San Fernando.

Él conducía risueño, hablándome de la chica con la que había quedado y yo intentaba no perder el hilo de su conversación. Fue extraño. Era la primera vez que veía a Fran tan ilusionado por salir con alguien. Quizá los bíceps no era lo único que estaba sufriendo una transformación en su cuerpo…

Nos recorrimos las tiendas charlando de un montón de cosas y de pronto me di cuenta que era imprescindible para mí pasar más tiempo con mi hermano. Después de todo, él parecía estar buscando una amiga con la que sincerarse sobre los sentimientos que empezaba a sentir por esa tal Lucía. Y que hubiese recurrido a mí me llenó de orgullo.

El centro comercial a esa hora de la tarde estaba bastante concurrido. El caso era que entre aquella maraña de gente distinguí la cabeza de Víctor sobresaliendo, y mi expresión mutó de la paz al nerviosismo en una milésima de segundo. Iba con alguien, aunque a esa distancia era incapaz de identificar a su acompañante. Él aún no me había visto, pero eso no tardaría mucho en suceder, dado que estábamos a punto de cruzarnos. A medida que me acercaba atisbé que él y la mujer que lo acompañaba, porque era una mujer, se detuvieron frente a una tienda de helados. Tan solo puede observar con claridad que ella lucía una melena castaña y moldeada a la altura de los hombros. Tenía que actuar con rapidez. Fran seguía hablándome conforme avanzábamos, y yo no podía apartar mis ojos de la escena que tenía ante mí…

Víctor le ofrecía un helado a la susodicha con una sonrisa sincera y fascinante abarcando su rostro. La punzada de celos que me recorrió de la cabeza a los pies fue devastadora.

Y justo en ese instante en el que su mirada y la mía colisionaron entre aquella multitud de consumistas, lo hice. Me agarré a los hombros de mi hermano y me subí a su espalda entre risas forzadas. Obviamente, Fran no tenía ni idea de qué estaba haciendo anclada a su espalda cual orangután, así que, sujetando mis piernas, comentó extrañado:

—¿Qué coño haces, Irene?

Le di un beso en la mejilla con mis brazos alrededor de su cuello y murmuré:

—Sígueme el rollo, porfi. Hay un tío ahí que es gilipollas y quiero que crea que eres mi novio.

—¿Ah, sí? ¿Está por aquí cerca el gilipollas? Dime quién es —dijo él esta vez sonriendo, mirando a un lado y a otro, y asegurándose de que me tenía bien sujeta.

—No¬ —protesté agarrándole la cara, evitando que se encontrara con aquel Víctor estupefacto. A juzgar por la expresión de mi jefe, también para él había sido una sorpresa encontrarse conmigo—. Quiero que se lo crea de verdad.

No pasé desapercibida las miradas escandalizadas de algunas personas a nuestro alrededor mientras mi hermano y yo interpretábamos ser una de esas parejas felices y pasionales que no tienen reparo en demostrar su amor públicamente. Él cargando conmigo como si fuera una mochila, y yo dándole besos en la cara. Solo que al cabo de unos segundos le pedí que me dejara en el suelo y él se negó. Le dio por hacerse el gracioso conmigo en brazos y se puso a corretear fingiendo que era un caballo. Acabé asestándole una colleja y mascullando entre dientes que o dejaba de hacer el tonto o me largaba sin ayudarle a comprar su camisa.

Dejé atrás a Víctor y a esa desconocida mujer a la que no pude verle el rostro. Pero al menos me había salido con la mía. Me había visto. Sí. Su gesto se había transformado ante la escena que mi hermano y yo habíamos interpretado. Estaba completamente convencida de que se había tragado eso de que mi hermano era mi novio.

Me giré un par de veces con disimulo para ver si aún seguía allí, pero ya había desaparecido…

—¿Quién es ese tío, Irene?

—Nadie, ya te lo he dicho.

—Para no ser nadie, te tomas bastantes molestias en darle celos.

—¡Bah! Ha sido una estupidez —dije, haciéndole un gesto con la mano—. Por cierto…, ¿te he dicho ya que voy a estudiar una carrera? —Cambiar de tema era lo mejor para calmar mi estado de ánimo.

Recuerdo que estaba comentándole a Fran mi intención de estudiar Fisioterapia si conseguía superar las pruebas de acceso a la universidad, cuando de pronto él se detuvo delante del escaparate de Massimo Dutti y me señaló una camisa preciosa con un bonito estampado geométrico.

—¿Te gusta esa?

—Sí, creo que te dará un toque interesante. Vamos, entra a probártela.

Fuimos directos a los probadores y poco después una chica joven y muy amable le tendió la prenda para que se la probase. Fran ya se había quitado su camiseta y aquella muchacha parecía en estado shock contemplando los pectorales de mi hermano. Así que mientras ella le sugería otro tipo de camisas y polos que podían combinar con el intenso azul de sus ojos, yo aproveché para sentarme en el taburete que había en una esquina del probador y toquetear mi móvil. Bueno, para eso y para pensar.

¿Sería esa mujer la tal Bárbara? ¿Cuánto tiempo llevarían juntos? ¿Estaba él realmente enamorado de ella? Seguro que sí. Su sonrisa plena mientras le ofrecía el helado no dejaba de repetirse en mi cabeza. ¡Oh, Dios, maldito Víctor! ¿En qué estúpido momento se me habría ocurrido responder a ese beso?

—Irene, ¿qué tal esta?

Sacudí mis pensamientos y levanté la vista hacia mi hermano.

—Me gusta. Esa chica llevaba razón. Resalta el color de tus ojos.

—¿Seguro?

—Sí, espera. Voy a por un pantalón que le haga juego —dije levantándome, dispuesta a tomar las riendas. Al fin y al cabo mi hermano me había pedido que lo acompañara y lo asesorara. Así que intenté olvidarme de Víctor y ayudar a Fran.

La dependienta que había estado atendiéndonos anteriormente, ahora estaba ocupada con otro cliente. Me fui directa a una estantería donde había una pila de pantalones chinos que podrían conjuntarle de maravilla y alcancé el primero que encontré.

Lo desplegué buscando la talla y el precio y una voz demasiado conocida y peligrosa para mí, murmuró en mi hombro:

—No creo que sean de tu talla.

Respiré antes de girarme.

—Vaya, Víctor, qué sorpresa.

Intenté alejarme disimuladamente de él para poder ordenar mis pensamientos.

Aquella era la primera vez que lo veía vestido de un modo tan informal. Llevaba una sencilla camiseta blanca con un texto escrito en inglés impreso sobre el pecho y unos vaqueros desgastados. Me pareció avistar que calzaba unas deportivas blancas, y mientras lo escaneaba de arriba abajo no pude evitar pensar que esa ropa parecía más de mi estilo que del suyo. Su pelo castaño casi negro estaba desordenado y de nuevo se había dejado crecer la barba. Otra vez esa barba que me volvía loca de remate…

—Bonitos pantalones —dijo con las manos en los bolsillos de sus jeans y bajando su mirada hasta mi short vaquero. Sin mostrar remordimientos mientras contemplaba mis muslos expuestos.

—Sí, son preciosos —respondí yo nerviosa, extendiendo los chinos beige que tenía en las manos.

—Son para tu novio, ¿no? —inquirió señalando la prenda. Luego sus ojos clavados en los míos.

—Así es —afirmé alzando la barbilla.

—Era el tío ese que imitaba ser un canguro ahí fuera, ¿verdad? —Yo me humedecí los labios conteniendo mis ganas de decirle una burrada—. ¿Desde cuándo estáis saliendo? —continuó.

—Bueno, supongo que esa información no es de tu interés —repliqué, dirigiéndome de nuevo a la estantería y removiendo la ropa que había en ella.

Él sonrió, dio un paso hacia mí fingiendo que él también miraba aquellas prendas, y al instante siguiente murmuró:

—Es posible, pero a él seguro que sí le interesa saber que la chica con la que está saliendo se besa con su jefe.

Un señor que estaba muy cerca de nosotros ojeando unos jerséis nos miró atónito.

Suspiré. Tenía que controlarme. Sabía exactamente qué decir para sacarme de quicio el muy capullo…

—Creo que le interesaría casi tanto como a Bárbara. ¿No es Bárbara? —solté encarándolo.

De repente su expresión varió. No supe exactamente si en su rostro había ofuscación o quizá era decepción. Pero verme pronunciar ese nombre no le gustó en absoluto.

En ese instante habría jurado que su cabeza daba vueltas sin parar.

—Tu novia, ¿no? —insistí dispuesta a hundir el dedo en la llaga. Sin duda había acertado—. Bien, pues déjame que te diga una cosa, Víctor. A partir de ahora tú y yo solo hablaremos de cuestiones de trabajo. Es decir, dentro de la Clínica y siempre y cuando tengas que decirme algo acerca de las funciones que desempeño. Fuera de ella, te agradecería que evitaras incluso saludarme. Me caes mal, ¿sabes? Me caíste mal casi desde el principio. Y ahora que sé que tienes novia y que encima eres un adúltero y un mentiroso, me caes aún peor. —Cruzó los brazos, se miró los zapatos y me pareció que iba a interrumpirme, pero no lo dejé hablar. Alcé una mano pidiéndole que cerrara su bocaza, y lo hizo. Continuó escuchándome con la cabeza ladeada—. Así que, si te parece que no hago mi trabajo correctamente o simplemente crees que me he pasado diciéndote que no te soporto, estás en tu derecho de despedirme, en ese caso lo aceptaré. Si no, me gustaría seguir en mi puesto sin necesidad de aguantar tus impertinencias.

Guardó silencio durante unos segundos. Los suficientes para darme cuenta que las líneas de su frente se habían suavizado.

—Nunca te había visto los labios pintados de ese tono —dijo, provocando con su comentario que mi sangre hirviera. ¿Se estaba burlando de mí? ¿Es que acaso no me había oído? Aunque era verdad, aquella barra de labios era nueva. Concretamente la nueva Bourjois Rouge Edition Velvet color Fuchsia.

Contraje las mandíbulas y él añadió:

—Que yo sepa no he vuelto a molestarte en la Clínica.

—Exacto. Pero acabas de hacerlo aquí y ahora.

—Estamos fuera de horas laborales. Solo bromeaba…

—Pues no eres muy gracioso que digamos.

—Eso no lo sabes. Apenas me conoces. —Descruzó los brazos y volvió a meterse las manos en los bolsillos.

—Créeme, lo poco que sé de ti no me hace ninguna gracia.

Lo taladré con la mirada, como si de ese modo pudiera desintegrarlo.

Chasqueé la lengua para seguir poniéndolo de grana y oro, pero una voz melodiosa a su espalda nos sobresaltó a ambos.

—Víctor.

Él se giró y allí estaba esa mujer. Solo que conforme se iba acercando, me di cuenta de que era una señora madura. Bastante atractiva, eso sí. Alta y refinada. Pero a él le sacaba al menos veinte años. Llevaba un vestido sencillo que me dio la impresión de ser caro. Y en su mano un bolso que probablemente duplicaba mi sueldo.

—Mamá —dijo él girándose. Era su madre…—, mira ella es Irene. La chica que trabaja en la recepción de la Clínica de San Fernando.

—Ah, sí, Irene. ¿Con que tú eres Irene? —dijo la mujer estudiándome de la cabeza a los pies. ¿Había oído hablar de mí?—. Encantada.

Apenas pude reaccionar cuando ella se colocó delante de mí y me plantó dos besos.

—Igualmente —musité cohibida.

—Me gusta tu camiseta —anunció.

—Muchas gracias. Las diseño yo misma —dije muy nerviosa, agarrando el borde de la tela y mostrándole los corazones de lentejuelas que había cosido a mano en uno de los laterales.

—¿De verdad?

No tenía la menor idea del porqué le había dicho eso. Lo único que sabía era que ella se mostró bastante interesada en mi afición por el diseño de moda y, sobre todo, en esa prenda en concreto. A su lado, Víctor no dejaba de observarme mientras su madre me retenía con preguntas comprometidas.

—Bueno, ¿y qué tal en la Clínica? ¿Te tratan bien mi marido y mi hijo? —inquirió agarrándose al brazo de Víctor y lanzándole una miradita cómplice.

—Sí, muy bien, señora —titubeé.

—Ay, por Dios, no me llames señora. Mi nombre es Araceli.

—De acuerdo, Araceli. Quizá es un poco más complicado trabajar con su hijo que con su marido. Pero nos llevamos bien —bromeé con mis ojos fijos en los de él, armándome de valor.

Ella lo miró, sonriendo, y este se encogió de hombros. Para ser sincera, allí, junto a su madre y contemplándome de ese modo, me resultó adorable… Pero no, no era eso lo que yo quería. Víctor no era adorable. ¡Era un maldito cabronazo que le ponía los cuernos a su novia!

Aun así, habría seguido allí, respondiendo a las cuestiones de su madre, de no ser porque mi hermano salió del probador, supuse que harto de esperarme, y sin yo esperarlo se colocó a mi lado.

—Irene.

—Fran —carraspeé—, te iba a llevar este pantalón —dije enseñándole el chino beige que sujetaba en mis manos.

—No te preocupes, me quedo solo la camisa.

—V-Vale.

En fin, la situación no fue fácil. No obstante, mientras Víctor y su madre no apartaban los ojos de mi hermano, supe que tenía que reaccionar de un momento a otro.

—Hola —dijo Araceli.

—Hola —respondió Fran mirando a Víctor de arriba abajo. Más bien, devolviéndole la hostil ojeada que este último le había asestado.

Sabía que debía presentarlos. El silencio incómodo que llenó la distancia que nos separaba no hizo más que avisarme de que debía decir algo urgentemente.

—Fran, él es Víctor, mi jefe; y ella es su madre, Araceli.

—Encantada —se adelantó Araceli, extendiéndole la mano a mi hermano—. ¿Eres su novio?

Y sí, en ese instante todo sucedió muy rápido. Víctor me miró, yo lo miré a él. Mi hermano también me miró y luego volvieron a mirarse entre ellos. Fue uno de esos triángulos de miradas bastante espinosos. Fran no llegó a responder. Creo que supo de inmediato a quién tenía ante él. Agarró la mano de Araceli y fui yo la que se apresuró a decir:

—Sí, es mi novio.

Mi hermano me lanzó una sonrisa traviesa y cuando acabó de saludar a la madre de Víctor, me rodeó la cintura y me apretó contra él.

—Así que este es… Víctor. Tu jefe.

Me arrepentí de inmediato. Conociendo a Fran y su macarrónico sentido del humor, estaba segura de que ponerme en una situación embarazosa sería una diversión para él.

El color desapareció de mi cara.

—Sí… Bueno, Fran, será mejor que nos marchemos.

Víctor no dijo nada. Solo permaneció estático junto a su madre, asesinando a mi hermano con los ojos.

—Lo que tú digas, tesorito —respondió Fran, besándome el pelo.

—Ha sido un placer, Araceli —dije.

—Lo mismo digo —murmuró ella, yo diría que desconcertada.

—Hasta luego.

Me adelanté tirando de la muñeca de Fran. No me atreví a volver a mirar a Víctor. Lo único que quería era salir de una vez por todas de esa tienda.

Mi hermano se detuvo en la caja para pagar la camisa y yo sentí de nuevo ese magnetismo extraño tirando de mí, esa necesidad casi lacerante de girarme y enfrentarme a sus ojos una vez más. Cuando lo hice, él estaba a punto de salir de aquel comercio con su madre colgada de su brazo. Ladeó la cabeza y un largo segundo duró el contacto visual entre él y yo. El tiempo suficiente para saber que mi interpretación, y la de Fran, había sido todo un éxito.

Desapareció y una violenta sensación de vacío me sacudió de la cabeza a los pies. Pensé que hacerle creer que tenía novio iba a aliviar la pesadumbre que se había apoderado de mí desde aquel beso. Pero no. Descubrir que verme con otro le ponía enfermo, solo hizo que lo que sentía por él se intensificara.

—Dios… —susurré frotándome la cara.

—Tu jefe. Resulta que el gilipollas es tu jefe.

—Cállate, Fran.

—Vale, hermanita. ¿Quién es ahora el irresponsable?

—He dicho que te calles.

Y lo hizo. Mi hermano no volvió a mencionar ni una sola palabra. De hecho, creo que mi silencio le preocupó tanto que cuando llegamos a mi casa y vio cómo volvía a encerrarme en mi cuarto, no pudo evitar entrar detrás de mí.

—Irene, dime la verdad —dijo cerrando la puerta para que mi madre no nos oyera—, ¿qué te ha pasado con ese tío?

—¡¿Qué?! Nada, Fran, nada —declaré, terminando de ponerme mi pijama de verano.

—¿Qué pasa? ¿Te trata mal? —inquirió él dando un paso hacia mí.

—¡No! Venga, Fran, déjalo, quiero estudiar un rato.

Me sentía extenuada y nostálgica y lo único que me apetecía era aislarme durante unas horas.

—Me da igual que sea tu jefe, Irene. Si me entero de que te ha hecho algo malo, le daré una paliza.

Fue entonces cuando lo miré y me di cuenta de que quizá mi actitud lo había alarmado.

Sonreí para restarle importancia y me acerqué a él.

—Que no, tonto, tú tranquilo. Hasta hoy me ha pagado puntualmente. Si deja de hacerlo, seré yo misma quien se la de.

Le di un beso en la mejilla para calmarle.

—Y ahora, ponte tu camisa nueva que vas a llegar tarde a tu cita.

—Está bien, pero quiero que sepas que me cae mal —dijo un segundo antes de salir de mi habitación.

Yo negué con la cabeza exhalando una sonrisa y cuando estuve sola murmuré:

—Ya somos dos…

Me derrumbé en la cama, dispuesta a pasarme el sábado por la noche en compañía de la sintaxis de las oraciones. Pero estudiar después de aquel encontronazo con Víctor no resultó ser una tarea fácil… Agarré mis cascos y mientras la voz rota de Ella Eyre en esa canción de Together me agitaba los sentimientos, hice un esfuerzo enorme por concentrarme en los folios que tenía delante.

A eso de las once de la noche sentí mi móvil vibrar y antes incluso de mirarlo, tuve la insólita intuición de que sería él.

Me acomodé sobre los almohadones para leerlo y cuando vi su nombre en la pantalla…

«Hoy ni siquiera me has dejado hablar y necesito que sepas un par de cosas. La primera: mi madre dice que eres muy guapa. Y la segunda: creo que te has pasado bastante diciéndome que no me soportas».

Me mordí el labio y tardé varios segundos en responder. Solo que mi respuesta fue breve. Busqué en los emoticonos un tren, un avión, un coche y una moto, y le di a enviar.

«¿Ya estamos con los acertijos?», escribió él.

«¿No lo entiendes? Es fácil. Significa que elijas en qué transporte puedes irte a la mierda, Víctor».

«Entiendo. ¿Tan cabreada estás?».

¿Cabreada? ¡Qué modo tan sutil de calificar mi estado!

«No estoy cabreada. Simplemente quiero que tengamos una relación laboral normal. ¿Es mucho pedir?».

«Para nada. Es lo justo. Llevabas razón».

«¿En qué parte, concretamente?».

«En la de que no debí besarte».

Afilé la mirada. Deseé con todas mis fuerzas tenerlo delante en ese momento para poder gritarle a la cara lo imbécil que era.

«Vaya, ¿ahora tienes remordimientos? ¿Hasta ahora no te has dado cuenta de que no debes besar a tus empleadas porque tienes novia?».

«No. No es por eso», contestó.

«¿Ah, no? ¿No tienes novia? ¿O no tienes remordimientos?».

«Sí, Irene. Tengo una relación. Es complicado…».

Leer ese mensaje me produjo un dolor desconocido, irreconocible… La furia y la decepción viajaron hasta la boca de mi estómago y no supe cómo lidiar con ellas.

Suspiré profundamente antes de volver a contestar.

«No tiene nada de complicado, Víctor. Tú tienes novia y yo acabo de empezar a salir con alguien. Fin del asunto. Piensa en los transportes y elige el que más te guste. Chao».

Su respuesta llegó un par de minutos más tarde.

Un cohete. Solo eso. Pensé que no diría nada más, pero tras ese emoticono llegaron las siguientes palabras:

«Quédate tranquila, atenderé a tu petición de una relación laboral normal, pero necesito que sepas que no debí besarte porque ahora ya no quiero besar a nadie más. Chao, Irene».

Solté el móvil y guardé los apuntes.

La oraciones subordinadas serían el menor de mis problemas…

Lo que estaba por llegar…, ya os lo contaré yo misma más adelante.

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Una noche improvisada

Una noche improvisada

Este post es apto solo para aquellas que son terriblemente presumidas, para las adictas a los bolsos, los zapatos, el gloss labial y la máscara de pestañas; en definitiva, para aquellas que nunca usaríamos las palabras Chanel y pamplina en la misma frase.
Una década prodigiosa

Una década prodigiosa

Escribir el principio de una historia, es probablemente lo más complicado. Yo a veces no sé como hacerlo. Intento buscar aquellos verbos y palabras que expresen algo inmenso, tan inmenso como lo que salta dentro de mi estómago. Tan grande que tal vez no tengo el valor suficiente para decirlo a la cara…

Quizá este sea uno de esos principios.

Dicen que es más sencillo escribir con el corazón, pero eso no es cierto. A mí no me lo parece. Escribir con el corazón es dejar la huella de tus dedos en cada sílaba, es poner cada sensación en un papel, cada sentimiento en las teclas de tu ordenador. Es hurgar en las emociones y tratar de materializarla en párrafos.  Claro que no es sencillo.  Nadie dijo que lo fuera.

Una década prodigiosa, dicho así parece que este post irá de música ochentera, ¿verdad? Pues no, hoy no. Hoy vengo a hablarte de que significa para mí una década.

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Más feliz que una perdiz

Más feliz que una perdiz

 Hola a tod@s!

Este verano me siento realmente féliz. Hace apenas un mes que “Ríndete, Carolina” echó a volar y, aunque al principio esas alas temblaban temerosas, ahora parece que el vuelo se hace firme y lo más importante: constante. Y sí, digo constante, porque así son los mensajes que recibo a diario de muchos lectores compartiendo conmigo sus impresiones. Ante eso tan solo puedo dar las gracias y deciros que es todo un orgullo para mí. Me siento conmocionada y con muchas ganas de continuar y eso es muy bueno, os lo aseguro. Por eso, y por complacer a algunas personas que me lo han pedido, he decidido dejaros el primer capítulo de “Ríndete, Carolina”. Así que ahí va…

 

Prólogo

 

 Me encanta el cine, la manera en la que directores y guionistas logran transmitir tantas sensaciones y emociones al mismo tiempo. ¿Cómo es posible llevar a la pantalla todos esos pensamientos?, ponen rostros a seres inventados, a situaciones imaginadas…, es realmente divertido. Una vez oí en la televisión que los guionistas son narradores de su propia realidad, ellos describen situaciones vividas, las transforman, decoran y luego las prestan a personajes para que las hagan suyas.

Lo cierto es que me atrae, me fascina lo que hacen, lo que inventan y crean. Es apasionante. Sus narraciones tienen un principio y un final.

Lo que más me gusta del cine es que siempre hay alguien tras la pantalla que sabe lo que va a ocurrir, que sabe cómo termina la historia porque es quien la ha inventado. Es «ese» alguien el que dispone si el protagonista se casa con su amada, muere o si se marcha dejando a su familia. Si hereda una fortuna o es absorbido por extraterrestres… Ese «ser» toma las riendas y decide cómo va a ser la historia. Si tendrá un final feliz o no.

Desearía ser la guionista de mi propia vida, todos deberíamos serlo. Ser nosotros mismos los que decidiéramos el final de nuestras historias.

Eso sí que sería divertido.

Miraba a un lado y a otro en aquella nítida habitación, y solo podía pensar en cómo puede cambiar tu vida en un abrir y cerrar de ojos. Desde luego ese año pasó ante mí como una película. Cada momento, cada instante tenía una melodía.

Y allí estaba yo, en ese diminuto espacio, rodeada de todos mis seres queridos. Un murmullo de palabras tranquilizadoras y halagadoras acariciaba mis oídos, y la estimulante fragancia que desprendían las margaritas blancas, lirios, jacintos y las lavandas envolvieron aquel momento de una profunda sensación de ternura y amor.

Todo cuanto amaba se hallaba en aquella habitación…

 

Capítulo 1

«Y estoy aquí para recordarte
del desorden que dejaste cuando te fuiste.
No es justo que me niegues
de la cruz que sostengo, que tú me diste,
tú, tú, tú tienes que saber…».

You Oughta Know - Alanis Morissette

 

 

   Todavía era de día cuando llegué a casa de Rafa, sobre las nueve de la noche, pero aún no había anochecido. Me encantaba esa época del año, los días resultaban más largos y lo único que me apetecía era aprovechar el tiempo. Salir a pasear, hacer deporte al aire libre… El invierno había llegado a su fin y la primavera en Cádiz era palpable y celestial. Sin embargo, últimamente no estaba disfrutando mucho de aquellos placeres gratuitos.

Un día más, mi irritante novio se había empeñado en quedarse en su casa para ver, televisada, una absurda competición de artes marciales. Y yo, que por aquel entonces no tenía solución, accedí a sus fútiles prioridades.

―Cierra la puerta, por favor.

Ni hola, ni nada. Solté el bolso sobre el banco de abdominales que conformaba uno de los pocos objetos decorativos de su dormitorio y me senté a su lado, en la cama.

Él permaneció tumbado, sin prestarme mucha atención. En esos momentos su único interés era ver a aquellos karatecas dándose de hostias.

―¿Te apetece que salgamos un rato cuando acabe… esto? ―le pregunté, señalando la televisión.

Me hizo un gesto con la mano para que me callase, sin apartar la vista de la pantalla, como si quisiera oír a los karatecas, cuando en realidad no decían nada en absoluto, excepto gritar.

―Carol, hoy estoy muerto ―me respondió con un brazo bajo la nuca y el otro alargándolo a la mesilla para hacerse con el mando de la tele.

―¿Pretendes que me trague esta mierda?

―Es la final de la competición, no falta mucho para que acabe ―respondió él tranquilamente, subiendo el volumen.

―Rafa… ¿Te ocurre algo? Últimamente estás de una dejadez que no te reconozco.

―¡¿Qué me va a pasar, joder?! ¡Que quiero ver la puta competición!

―Vete a la mierda ―le espeté, levantándome de la cama.

Agarré mi bolso de un tirón y me encaminé hacia la puerta. Me negaba a pasarme otra noche sentada junto a él, en su cama, perdiendo el tiempo.

Pensé que se levantaría detrás de mí y me rogaría que no me fuera. Pero era obvio que después de tanto tiempo a su lado, aún no me había enterado de lo gilipollas que era.

Lo miré por última vez antes de salir y respiré profundamente, intentando contenerme. Él ni caso. Luego, le obsequié con un sonoro portazo.

Una semana después…

En algún lugar de mi subconsciente deseaba que aquello fuera tan solo una broma pesada. Tuve que asegurarme al asiento porque por un momento pensé que podría caerme. Volví a releer el e-mail y me fijé, por enésima vez, en el título que le había puesto al asunto: «Despedida».

¿Cómo alguien podía llegar a convertirse en una persona tan ruin?

¡Una maldita semana! Siete malditos días me había pasado preguntándole a mi novio qué diablos le ocurría. Que por qué estaba tan distante y ausente últimamente, y ninguna de las veces había sido capaz de ser sincero, de mirarme a los ojos y decirme que ya no estaba enamorado de mí. No, él había optado por encender su estúpido ordenador, sentarse delante de él, abrir torpemente su correo, y escribir aquellas cuatro y absurdas líneas.

Mi gesto de incredulidad tuvo que ser demasiado paradójico, porque cuando Emilio asomó la cabeza por la puerta de su despacho y vio la insondable expresión de mi cara… me preguntó:

―Carolina, ¿te encuentras bien? Estás muy pálida.

Emilio cumplía varias funciones en mi vida: mi jefe, compañero de trabajo y, lo más importante aún, uno de mis mejores amigos. Una persona por la que sentía una enorme admiración. Tenía cuarenta y ocho años y era uno de esos tipos legales, fiables. Uno de esos en peligro de extinción. Sobre su mesa mostraba orgulloso una foto de su encantadora familia. Parecía sacada de un reportaje para la revista «¡Hola!». Cada vez que miraba esa foto, la sensación de no llegar a tener una familia como él se me antojaba amarga y desconsolada.

―Esta noche no he dormido muy bien, eso es todo ―titubeé sin apartar la vista del ordenador e intentando cerrar el correo, para que mi compañero no pudiese ver las estúpidas cuatro líneas que yo acababa de leer. Bastante bochornoso era ya para mí.

―¿Tienes listas las nóminas del señor Fernández? Necesita que se las mandes.

―Por supuesto, ahora mismo se las envío ―respondí, intentando deshacerme de la idea de que mi novio acababa de cortar conmigo con un e-mail.

―Bien, gracias.

¡Diez años! Diez largos y aburridos años me había pasado aguantándole lo inaguantable, y todo para que, al final, me dejara… ¡¿A través de un correo electrónico?!

Durante todo ese tiempo habíamos pasado por un montón de crisis, pero siempre terminábamos en el mismo punto, es decir, envuelta en una relación trivial y aburrida. Una relación en la que él se limitaba a poner a prueba mi autoestima constantemente. Me había creído una tras otras todas las pantomimas que ese imbécil me contaba y, encima, para rematar, probablemente me habría puesto los cuernos.

¡Dios, no me podía sentir más humillada! Supuse que todavía era pronto, que era normal que empezara a odiarle con todas mis fuerzas y que le deseara todos los finales trágicos de las películas que había visto, pero lo cierto era que odiaba sentirme así…

―Carolina. ―La voz de Emilio volvió a sacarme de mi reciente pesadilla―. Te has equivocado y has enviado las nóminas a mi correo. ¿Seguro que te encuentras bien? ―me preguntó, esta vez acercándose a mí.

Un rayo de sol cayó en oblicuo sobre su cara en el momento en que se apoyó sobre mi mesa. En la oficina, cuando la luz del sol se posaba sobre nuestros escritorios, podíamos hacernos una idea de que el verano estaba cerca. Generalmente, los días soleados y radiantes de abril me levantaban el ánimo, pero aquella mañana… Rafa se aseguró de aplastármelo.

―Lo siento, Emilio. Me he despistado.

¡Maldito Rafa!

―No importa, envía las nóminas y márchate a casa, ya es casi la hora y se te ve un poco cansada ―añadió él, mirándome por encima de las monturas negras de sus gafas, al mismo tiempo que alargaba el brazo para coger una carpeta de mi mesa.

Emilio sabía que algo me sucedía. No era propio de mí cometer errores durante mi jornada de trabajo. En otras circunstancias le habría dicho que no, que no era para tanto, pero en ese momento me sentía sin fuerzas, así que hice lo que me dijo. Me levanté, todavía exhausta, cogí mi bolso y mi chaqueta, y me marché sin decir ni una palabra.

Mis compañeros siguieron inmersos en sus tareas, apenas se percataron de mi estado de ánimo. Pero al salir, María se apartó de su mesa y me sostuvo la puerta.

―¿Cielo, qué pasa? ―Me retuvo del brazo.

Observé su pelo liso y caoba cayendo a la altura de sus hombros, y el perfecto maquillaje de sus párpados enmarcando unos bonitos ojos avellanas.

―Rafa me ha dejado a través de un e-mail ―murmuré de forma que solo me oyera ella.

―¿En serio?

Asentí con la cabeza. Ella hizo un gesto de disconformidad con sus ojos.

―¿Estás bien? ¿Quieres que te acompañe a tu casa?

―No, tranquila, estoy bien. Solo necesito descansar un poco.

Lo único que quería era salir de la asesoría y llegar a mi casa. Necesitaba leer nuevamente el dichoso correo. Ansiaba entender qué estúpida razón le había llevado a escribirme ese ridículo mensaje, en vez de decírmelo en mi cara.

―Luego te llamo y charlamos más tranquilas, ¿de acuerdo?

―De acuerdo.

―Todo pasa, cariño ―susurró María, acercándose a darme un beso en la mejilla.

Trabajar con María, probablemente, era uno de los estímulos más confortables y satisfactorios de mi existencia. María tenía cincuenta y tres años, era hermana de mi jefe y trabajaba en la asesoría desde que se abrió.

Yo era asesora laboral. Llevaba seis años allí, empecé de prácticas y desde entonces seguía en la oficina. No es que me apasionara lo que hacía, pero me encantaba el ambiente de trabajo. Mis compañeros eran estupendos y me sentía muy arropada por ellos. Éramos tan solo seis personas, cuatro eran hombres. Todos estaban casados, menos yo. Bueno, y María que estaba separada. Tenía una hija de veintidós años que en esos momentos estudiaba Psicología en Madrid. Se había separado hacía diez años y no había tenido otra relación estable desde entonces.

María era una de esas féminas independientes, modernas y renovadas. La vida no había sido muy considerada con ella, no tuvo más remedio que sobrevivir y adaptarse a la idea de criar a una hija adolescente prácticamente sola. Y todo porque su marido escogió ponerle los cuernos con la madre de la mejor amiga de su hija. ¡Sí, señor! Todo eso me lo contó María en una cena navideña de empresa.

Así que, cuando María me dijo en la puerta de la asesoría «todo pasa», yo sabía muy bien a lo que se refería. Si una mujer que ha sufrido en su propia piel los terribles efectos de la traición… te dice que todo pasa, jamás debes cuestionar su veracidad. Viniendo de ella, realmente me ayudó.

¿Pero de qué me sorprendía? De Rafa ya nada debía asombrarme. Era capaz de hacer las cosas más estúpidas e irracionales que jamás hubiera imaginado.

A las dos y media de la tarde abandoné mi lugar de trabajo, abrumada. Tenía la sensación de que todo aquello no era más que una terrible confusión. Estaba segura de que Rafa pronto se arrepentiría y volvería a mí, como hacía siempre. Pero entonces, ¿por qué tenía aquel desagradable presentimiento instalado en mi estómago? ¿Sería ese e-mail el punto final de nuestra relación?

Me detuve en el escaparate de la tienda de bolsos que hacía esquina con la calle Cánovas del Castillo. Cada mañana, al entrar y al salir de la asesoría, dedicaba unos minutos a admirar las prohibitivas colecciones de bolsos de aquella sofisticada tienda que había junto a la asesoría, pero ese día apenas me fijé en ellos, creo que fue la rutina la que me obligó a detenerme. Ese día, en mi cabeza, solo aparecían las cuatro absurdas líneas del estúpido mensaje de Rafa.

Volví a casa callejeando por el centro. Deambular por el casco antiguo de mi ciudad era un verdadero placer. Cádiz era una ciudad preciosa. Y no es que lo diga yo, el mismo Lord Byron la bautizó como la «Sirena del Océano». Tan llena de historia y belleza que pasear por sus plazas, jardines, iglesias y playas era transportarse a otra época. Una de esas ciudades abarrotada de leyenda y embrujo. Desde luego si sus murallas hablasen… estoy segura de que no harían más que susurrar versos y coplillas.

Corté camino y atravesé la Plaza de las Flores y, a pesar de que mi estado de ánimo era nefasto, toda aquella algarabía de establecimientos populares, bares, comercios y puestos de flores retardaron mi inminente calvario. El día estaba resplandeciente y el agradable aroma que desprendía aquel aluvión de azucenas, lirios, claveles, gladiolos y girasoles alcanzó mi sentido olfativo y suavizó mi malestar.

Pero, a pesar de que el camino era cautivante, mis pensamientos eran más negativos que nunca, y de repente sonó el móvil. Empecé a escarbar en mi bolso, apartando todo tipo de objetos inservibles que iba encontrando: un bolígrafo que no pintaba, un paquete de clínex vacío, tickets de compras de Dios sabe qué. Hasta que, finalmente, encontré el ansiado teléfono. Descolgué sin mirar el número.

―¿Sí?

―Carol, cariño, soy Cris.

En cuanto oí su voz, me di cuenta de lo mucho que la necesitaba a mi lado en esos momentos. Era ella: mi hermana.

Vivíamos juntas, ella era dos años más pequeña que yo, aunque hacía algunos meses que se había marchado a Ámsterdam a estudiar con una beca, pero en el verano volvería. La echaba tanto de menos… Sobre todo ahora.

Al menos, aquella conversación hizo que me olvidara momentáneamente de mi patética situación y me centré en conversar con mi hermana el resto del camino. Sin embargo, en algún momento de nuestra cháchara me sentí con la necesidad de contarle lo que acababa de ocurrirme.

―Carolina, en junio volveré a Cádiz a pasar el verano contigo. Ya verás qué bien vamos a estar, juntas de nuevo. Olvida a ese idiota, tienes que pasar página. Después de lo malo siempre llega algo bueno y, desde luego, tú te mereces lo mejor. Por favor, tienes que salir a divertirte. Eres muy joven, Carolina, ¡acuéstate con otros chicos! Dale un giro a tu vida. Lo necesitas.

De pronto sus palabras se me antojaron perezosas. El solo pensamiento de imaginarme con otro chico me ponía los vellos de punta. Rafa era la única persona con la que había estado en mi vida. Empecé con él a los diecisiete años. En la cama era un amante bueno, un poco egoísta a veces, como en todo lo demás, pero había disfrutado del sexo, o eso creía…

―Te lo dije, Carol, deberías haberte venido conmigo. Vente a Ámsterdam, esto es distinto. Empezaremos de cero.

Por un momento, la idea me pareció tentadora, pero yo no era muy aventurera. Aquí tenía un trabajo en el que me sentía muy cómoda. Mis compañeros eran adorables y mi sueldo no estaba del todo mal. Además, yo adoraba mi ciudad, creía que no había otro sitio en el mundo en el que se pudiera vivir mejor. No me sentía capaz de abandonar todo esto, el mar, mi casa, mi gente… Cristina era muy distinta a mí, le encantaban las nuevas experiencias, correr riesgos.

Yo, sin embargo, necesitaba estabilidad, control. Aquí tenía algo que era seguro. Siempre pensé que Cádiz era un buen sitio para crear una familia. Una ciudad tranquila y segura…

No, lo que ella me proponía no era para mí.

Colgué el teléfono con la esperanza de que el tiempo pasara rápido y Cristina, al fin, volviese a mi lado. Sabía de sobra que los días posteriores a este no serían nada fáciles , y la soledad amenazaba con invadirme de nuevo.

Media hora después, estaba en mi casa. Cris y yo vivíamos en un pequeño y confortable apartamento en pleno paseo marítimo, frente a la playa de Santa María del Mar. Un espacio sencillo y acogedor, formado, básicamente, por un salón luminoso con cocina americana, dos habitaciones y un pequeño cuarto de baño. En un bloque de pisos, grande y antiguo, pero que se conservaba en muy buen estado. Nuestro apartamento estaba en la quinta planta, con lo cual, las vistas al mar eran magníficas. Mi hermana se había encargado de posar su firma en la concisa magnitud de aquella estancia. Le encantaba comprar muebles antiguos y restaurarlos. Cada vez que aparecía con alguna de esas antigüedades, yo me echaba las manos a la cabeza. Pero lo cierto era que terminaba por gustarme todo lo que ella engalanaba.

Vivir frente al mar era algo que me fascinaba. Podía pasarme las tardes observando cómo el sol se fundía en el horizonte. Era grandioso saber que vivíamos a tan solo unos pocos kilómetros de distancia del continente africano. Creo que, en cierto modo, la diversidad salvaje de la naturaleza y la exuberante belleza de aquella tierra, se reflejaba en nuestros atardeceres gaditanos y convertía a la hermosa isla de Cádiz en un sitio único en el mundo.

Un lugar mágico. Una ciudad para reír, para disfrutar, para deleitarse, para sentir y para enamorarse. Sin embargo, yo empezaba a sentirme perdida…

Solté el bolso y lo primero que hice fue coger el portátil. Abrí mi correo electrónico y allí estaba, en el buzón de entrada. Solo a él se le habría ocurrido llamar al asunto: «Despedida». Podría haber escogido muchas formas de dejarme; no sé, una carta, un mensaje, una llamada de teléfono…, pero no, él había optado por escribirme un e-mail. Quizás tan solo se debía a su repentina novedad por sentirse partícipe al mundo cibernético. ¡Qué sé yo…! Todo eso me parecía surrealista, pero, a pesar de todo, lo volví a leer, me moría de curiosidad por saber qué había tras ese simple y ruin mensaje, qué le había impulsado a escribirme eso.

 

«Hola, Carol, siento no poder decirte esto a la cara, pero no creo que debamos seguir saliendo. Hace tiempo que quiero contártelo, pero no he visto el momento. He dejado en mi casa todas tus cosas en una caja, y tu bicicleta está en el trastero de mis padres. Llama a mi madre que ella te lo dará todo. Lo nuestro no ha funcionado. Ya no estoy enamorado de ti, lo siento».

 

Me quedé durante un buen rato leyéndolo una y otra vez. Cinco líneas de palabras necias, vacías y frívolas. Casi tanto como él. Acto seguido borré el correo y les pedí a mis ángeles que lo sacaran de mi cabeza a la misma velocidad con la que aquellas palabras se habían esfumado de la pantalla. Luego, apagué el ordenador.

La realidad era que, a mis veintisiete años, había pasado diez con una persona que no me había valorado ni respetado, y lo peor de todo era que yo siempre fui consciente. No sé por qué, pero nunca tuve la valentía de dar el paso y ser yo quien le dejara. Ahora me sentía fatal, sentía que había tirado a la basura diez años de mi vida; desperdiciados junto a la persona más superficial, estúpida y caprichosa que había conocido jamás.

Todos mis planes, mis ilusiones… Todo se había esfumado, ya no quedaba nada. Sentía que en mi vida sentimental siempre tomaba decisiones equivocadas. Hacía mucho que debí haber terminado mi relación con ese innombrable. Desde el momento en que me di cuenta que no tenía futuro alguno.

Aquella noche fue horrible, pero a la mañana siguiente me obligué a ver las cosas bajo otra perspectiva. El trabajo me reconfortó, allí me sentía arropada, mis compañeros me cuidaban. Emilio se acercó un par de veces a mí y me preguntó si quería café. Tenía trabajo atrasado, así que rechacé su invitación amablemente.

María se levantó alguna que otra vez y me preguntó qué tal me encontraba. Estaba deseando que se lo contara, así que le dije que cuando termináramos de trabajar nos tomaríamos unas cervezas. Ella era una buena amiga y siempre daba sabios consejos.

Al acabar nuestra jornada, nos fuimos al bar que estaba frente a la oficina. Una taberna pequeña pero muy acogedora, donde acostumbrábamos a desayunar y a tomar algún que otro aperitivo. Nos pedimos unas cervezas y las acompañamos con un poco de queso manchego. No tenía mucho apetito, pero ella insistió en que comiera algo. Hice por no decepcionarla. Como era de esperar, María comenzó con su interrogatorio.

―Bueno, nena, cuéntame qué te ha hecho ahora el inepto de tu novio.

Lo cierto era que la compañía de María me sentaba muy bien en esos momentos.

Abiertamente le conté todo: lo del e-mail, mi decepción; la tarde y la noche que había pasado en mi casa lamiéndome las heridas; la última conversación con mi hermana, incluida sus sugerencias sobre lo de acostarme con otros chicos y, sobre todo, le hablé de todos mis miedos, inseguridades y toda la mierda que rondaba por mi cabeza. María, como yo esperaba, me dio su punto de vista más sincero.

―Cariño, realmente es lo mejor que te ha podido pasar. ―La miré apesadumbrada y ella continuó―: Carolina, quiero decir que esto te iba a suceder tarde o temprano. Ese chico no te merece, es inmaduro, superficial y aburrido. No camináis en la misma dirección. Ambos queréis cosas diferentes. Tú eres una chica muy lista, divertida y preciosa y con todo un futuro por delante. No deberías conformarte con un tipo que no te quiere lo suficiente. Es mejor que esto te haya sucedido ahora y no dentro de unos años, cuando ya estuvieseis casados y con hijos. Créeme cuando te digo que es mejor así.

―¿Cuando tu marido te engañó…, tardaste mucho tiempo en olvidarlo?

―Verás, Carol, es imposible olvidar al padre de tu hija. Pero sí, lo superé, si es a eso a lo que te refieres. Como tú también lo superarás.

―Sí, supongo. ―Me quedé un rato absorta, y luego ella me preguntó:

―¿Sabes quién es ella?

―No con seguridad, pero me hago una idea.

 

Los dos meses siguientes fueron una absoluta tortura. Me sentía tan sola que temía cometer la locura de suplicarle a Rafa un atisbo de compasión. Y lo peor de todo era que, a medida que pasaba el tiempo, me daba cuenta de que no era a él a quien añoraba, sino al patético hecho de tener una compañía, una rutina.

Me pasé un montón de tardes en mi sofá, y no es que no me gustara, probablemente era de los muebles que más me agradaban de mi casa. Era marrón, muy antiguo, pero infinitamente cómodo. Mi hermana lo había adornado con una manta color beige y unos cojines con un estampado de leopardo. Muy cursi en mi opinión, pero no estaba mal, al fin y al cabo, ella tenía mejor gusto que yo. En uno de los brazos del sofá había un boquete enorme que yo intentaba cubrir con la manta.

Maldecía a Rafa cada vez que veía aquel agujero, fue su perro. Un pastor alemán, de pelo color canela, al que él llamaba Yago. Mordió el sofá cuando era un cachorro, ahora tenía cuatro años. El perro era adorable, aunque el día que hizo aquel estropicio lo hubiera sacrificado de buena gana.

Pero a pesar de lo mucho que me gustaba mi sofá y de lo confortable que era, empecé a odiar tener que pasarme las tardes tumbada allí, sin saber qué hacer. Los libros eran mi pasatiempo favorito, pero hubiera preferido tener una vida propia, una apasionada historia de amor, en vez de tomar prestadas las que se revelaban en aquellas páginas. Odiaba saber que cualquiera de esos personajes de las novelas tenía una vida más entretenida que la mía, incluso los personajes secundarios.

Los días pasaban ante mis ojos y mi único entretenimiento era fantasear con que el amor de mi vida se presentara ante mí de una manera inusual. Deseé que algún hombre misterioso hiciera su aparición en mi existencia y pusiera mi mundo patas arriba. Como aquellos personajes de las novelas. Los que se adentran en tus pensamientos e ilusiones y se meten en tu cuerpo y en tu mente de manera adictiva.

Yo tan solo deseaba eso.

Aunque después del desengaño de Rafa, dudaba mucho que fuera posible. Mi relación no había sido precisamente idílica ni apasionada. No creía que aquello de lo que hablaban esas novelas pudiese ser real. Sin embargo, soñar era algo que me estaba permitido y, mientras tanto, yo seguiría soñando con ese hombre misterioso. Ese que trastocara mi hastiada y soporífera realidad.

 

 

 

(más…)

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