Estoy convencida de que el título que le he puesto al post os recuerda a esa fabulosa película de Johnny Depp. Sí, hoy os hablaré de piratas, pero de otros muy distintos a estos.

El otro día invitaron a mi pequeña a un cumpleaños en la playa. Una de sus mejores amiguitas cumplía diez añitos, y yo me dispuse a pasar una fabulosa tarde tomando el sol, bañándome en el azul y apetecible mar, y disfrutar de la inocente felicidad que rodea a mi hija.

Hasta ahí todo era idílico. Llegué, me desvestí para quedar en traje de baño, saludé a mis amigos y a los padres de los demás pequeños y… De repente, me encontré con que una de las madres tenía un Kindle en la mano y me lo mostraba con insistencia.

—Estoy como loca con Serra. No puedo parar de leer. Me encanta —exclamó ella eufórica, refiriéndose a mi última novela: ¡Estoy en apuros!

Abrí los ojos henchida de ilusión.

Creo que la sensación que envuelve a un autor cuando alguien le transmite lo que siente al leerlo, es grandiosa. Te pueden contar muchas cosas de cómo será el proceso antes y después de escribir un libro, pero nadie te definirá con exactitud el sentimiento de dicha que te embargará cuando escuches de boca de un lector que tu novela le ha fascinado y que lo ha mantenido varias noches en vela.

Pero, claro, ¿qué ocurre cuando esa persona te dice una cosa como esa y al instante siguiente te confiesa que el libro que está leyendo no es el que está a la venta en Amazon por un precio ridículo, un precio simbólico y al alcance del bolsillo de cualquiera, sino que ella se lo ha descargado pirata?

¡OH, MY GOD!

¡¡OH, OH, OH!!

Exacto. Tal y como lo cuento.

¿Recordáis esa película de Uma Thurman en la que la interpelada se viste con un mono amarillo de cuero y con katana en mano reúne toda la mala leche que tiene en cada poro de su piel para acabar con la organización criminal que asesinó a sus allegados?…

Pues yo deseé ser ella en cuanto oí DESCARGA PIRATA.

Fue como si un gigantesco troyano hubiese irrumpido en esa parte de mi cerebro que se sentía agradecida y exultante, y la infectara de inmediato.

Obviamente, parpadeé atónita y tuve que asegurarme de que no bromeaba. Era imposible que me estuviera diciendo en serio que se estaba leyendo mi libro pirateado.

Quiero decir, lo imposible no era que se lo estuviera leyendo pirateado. Sé que es algo que, por desgracia, está a la orden del día. Lo que no conseguí digerir era por qué algunas personas le dicen a un autor, en sus propias narices, que acaban de robarle su obra. El trabajo y el esfuerzo de tantos meses. ¿Por qué no piensan que los libros no se escriben solos? Que tras ellos hay una tarea de mucho tiempo. Tiempo que le quitas a tu familia y a tus seres queridos. Tiempo que pierdes de dormir, ver la televisión o hacer lo que quieras. Tiempo que no podrás recuperar nunca. Los escritores que combinan escribir con otro trabajo saben que no resulta fácil.

Las madres o padres que trabajan fuera y dentro de sus casas y que además escriben, pintan, bailan, cantan, etc., aún lo tienen todavía más complicado.

Cualquier oficio implica sacrificio y empeño y, como tal, debe ser respetado.

Jamás se me ocurriría sentarme en la terraza de un bar, tomarme un trozo de tarta exquisita y al marcharme decirle al dueño:

—Estaba riquísima, pero me voy sin pagar.

¡Por Dios Santo, ¿en qué mundo vivimos?!

¿Por qué os cuento esto? ¿Por qué hablar aquí, en mi blog, de algo tan típico, soez y chabacano como la piratería? Pues porque no soy la única que ha vivido un episodio similar a este.

He hablado con otras compañeras que también escriben y a ellas TAMBIÉN han tenido la desfachatez de decirles exactamente lo mismo.

¡Increíble pero cierto!

Escribo porque es mi pasión. Tengo un blog en el que me expreso siempre que puedo. He compartido muchos relatos gratuitamente. Y sé que la mayoría de la gente que escribe hace igual.

Hoy en día hay miles de páginas web con descargas legales de libros. Incluso muchos autores en Amazon exponen sus obras sin coste alguno. Mentiría si dijera que estoy libre de culpas, a pesar de que admitirlo me avergüenza. Pero os aseguro que mi lista de libros en papel y comprados legalmente en digital es muy extensa. ¿Por qué?

Porque amo la lectura. Amo el trabajo que conlleva y aprecio profundamente la implicación de la persona que lo realiza. Hace mucho tiempo ya que comprendí que piratear es un delito. Que es inmoral y deshonesto.

Leer es transportarse. Es viajar a un mundo paralelo al real en el que TÚ delineas a los personajes. TÚ perfilas los paisajes y proyectas la historia dentro de tu mente. Del autor depende la claridad con la que los sucesos cobren vida allí dentro. Solo él será el culpable de que no salgas ileso. La dosis de precisión, espontaneidad y resplandor con la que respires la narración será obra de una sola persona: de su creador. No lo olvides.

Da igual cuánto dinero tengas y lo mucho que te excuses ante semejante violación de ingenio. La piratería es un cáncer. Es el peor cáncer que existe para las personas creativas. Y todos sabemos que aún no hay cura para esta enfermedad. Pero sí existe algo que se llama respeto.

Te lo enseñan tus padres desde pequeño o, si no has sido tan afortunado, puedes aprenderlo observando o simplemente viviendo. Así que si te encuentras de frente con un autor y te has leído todos sus libros pirateados, al menos ten la decencia de decirle lo mucho que has disfrutado de su trabajo y cállate el resto.

¿Os suena Chuck Norris y Bruce Lee?

Yo seré una mezcla de ellos dos la próxima vez que alguien me diga lo mismo. Y, por supuesto, le pediré el mono a Uma Thurman, aunque sea verano y me cueste horrores ponérmelo con la arena del Caribe gaditano.

Leer es enriquecerse, multiplicarse, crecer, avanzar y existir. Hagamos que este placer sea inmortal.

Leer este post es gratis. Por favor, piensa en ello.

 

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