La sonrisa de mi padre se agranda en cuanto las puertas de la terminal del aeropuerto de Jerez se abren y me ve. Es un día muy propicio para reencontrarse con familiares y lo cierto es que verle, me causa la misma alegría que a él.

Llevo ya varios años viviendo en Madrid, pero no termino de acostumbrarme. Es reconfortante volver a casa de vez en cuando, aunque solo sea para pasar unos días.

Mi padre me funde en un enorme y cálido abrazo y me da un par de palmaditas en la espalda.

―¿Cómo estás, hijo?

―Bien, papá, muy bien.

Son las siete y veinte de la tarde de un 31 de diciembre. En Cádiz hace frío. El clima de mi ciudad natal es muy distinto al de Madrid. Allí el frío es más seco. De camino al coche percibo que el viento me  acaricia el rostro, miro al cielo y las nubes, con un extraño color escarlata, anuncian una cercana tormenta.

Papá y yo pasamos el trayecto de Jerez a Cádiz, capital, charlando de mi trabajo. Le cuento todos los proyectos que tengo entre manos y él me escucha entusiasmado.

Al cabo de veinticinco minutos estamos entrando en mi casa. Aunque en realidad, hace tiempo que ése dejó de ser mi hogar. Sin embargo, el olor a comida casera, la tradicional decoración navideña y el calor que desprende el piso, me envuelven nada más cruzar el umbral, y me transporta a esa época de mi infancia en la que fui tan feliz. Esa etapa en la que Rafa y yo éramos unos niños y nuestra única preocupación era jugar. Pero de eso hace ya tanto tiempo…

Mi madre sale de la cocina, limpiándose las manos en el delantal, en cuanto escucha la puerta de entrada abrirse.

―¡Héctor! Cariño, qué guapo estás.

―Tú sí que estás guapa, mamá ―le digo, estrechándola entre mis brazos y levantándola del suelo. A ella le encanta que le haga eso.

Me toca el pelo y a continuación dice:

―¿Tienes el pelo más largo, no? Pero te favorece. Y esa chica con la que sales, ¿Por qué no la has traído?

―Es solo una  amiga, mamá. Acabamos de conocernos.

―¡Rafa! ―grita mi madre ―. Tu hermano acaba de llegar. Sal a saludarlo.

Pero el simple hecho de oír el nombre de mi hermano hace que me tense. Nuestra relación es… complicada.

Atisbo como sale de su habitación y en cuanto me ve, me lanza una visual de arriba abajo. Se acerca hasta mí con desgana. Lo sé porque él sencillamente es así. A veces, creo que somos de padres diferentes. de hecho, apostaría a que es así si no fuera porque unos análisis clínicos han asegurado que es la única persona compatible conmigo. Algo que, en cualquier caso, a mí no me sirve de nada…

Cuando le tengo delante de mí, extiende el brazo para saludarme. Me quedo mirando su mano durante un instante, pero como no quiero estropearles la noche a mis padres, que nos observan alarmados, alargo la mía y la estrecho con la suya, en un saludo frío y fingido.

A continuación, mi madre, para romper el momento de tensión me quita la cazadora que sostengo y comienza a parlotear preguntándome por el trabajo, y poniéndome al día de un montón de cosas sobre mis tías y mis primos, que en realidad no me interesan.

Me adentro en la cocina con ella y picoteo el pastel de queso que está preparando, lo que me cuesta un par de golpes en las manos. Luego, me siento en una de las sillas de la cocina y simplemente la escucho, pero ella parece tan feliz de tenerme allí que aquello me llena de satisfacción.

―Esta noche viene a cenar la novia de tu hermano.

―¿Tiene novia? ―pregunto. No consigo entender cómo ha encontrado a alguien que le soporte.

―Sí, es una chica encantadora, se llama Carolina.

―Pobrecita ―murmuro.

―Héctor, no seas malo…―me regaña ella.

―Mamá, voy a darme una ducha antes de cenar, ¿de acuerdo?

―Muy bien, pero no tardes mucho.

Al salir de la cocina, mi hermano se cruza conmigo. Evidentemente apenas nos miramos.

―Rafa, vístete ya y ve a recoger a Carolina. No esperarás que la chica venga hasta aquí andando, está lloviendo ―le advierte mi madre.

―Ya he hablado con ella, mamá. Le he dicho que coja un taxi.

―Pero, hijo, qué pocos detalles tienes, ¿cómo dejas que se venga sola? Coge el coche de tu padre y ve a recogerla.

―Paso de salir con este frío…

Es lo último que le oigo decir cuando me voy a meter en el cuarto de baño. Media hora más tarde, antes de salir de mi habitación para cenar, llamo a Claudia  y hablo con ella. Esa chica me gusta, no estoy enamorado de ella, pero me gusta. Es probable que si sigo conociéndola termine enamorándome, quién sabe…

Me encamino hacia la cocina y desde el pasillo oigo una voz femenina. El sonido es cautivante, su risa es agradable. Me asomo a la puerta y entonces la veo… Está junto a mi madre, ayudándola. Es tan bonita que me parece una alucinación. Me apoyo en el marco de la puerta con las manos metidas en los bolsillos de mi tejano y, de repente, es como si el mundo se detuviera y todo sucediese muy lentamente.

Ella se coloca el flequillo detrás de la oreja y su sonrisa, joder, su sonrisa es perfecta. El color de su pelo es como el de un hermoso otoño. Toda ella desprende tanta frescura y juventud que estoy abrumado. Mis ojos no pueden apartarse de ella ni un solo segundo. No es muy alta, todo lo contrario. Pero en ese instante mi mente calenturienta tan solo piensa que bajo mi cuerpo sería magnífica.

Es tan bonita que me cuesta creer que mi hermano sea tan asquerosamente afortunado. Ese maldito hijo de puta no merece tener tanta suerte.

Estoy abstraído observando cada uno de sus movimientos. El color de sus labios, su precioso perfil… La piel me arde con tan solo mirarla. Siento un hormigueo por todas partes. Lleva un sencillo vestido verde aceituna de manga larga, no es muy estrecho, pero lo suficiente para imaginar cómo es el tamaño de sus senos y fantasear con su figura proporcionada. Parezco un verdadero imbécil, allí, contemplándola. Pero en ese instante, ella se gira y sus ojos se clavan en los míos.

―Hola ―me dice con una bonita sonrisa en sus labios. No debe tener más de diecisiete años.

―Carolina, él es Héctor, mi otro hijo.

―Encantada, Héctor ―afirma ella. Y al escuchar mi nombre deslizarse sobre sus labios tan solo deseo devorarle la boca.

¡Cálmate, gilipollas!, me digo a mí mismo. Pero ella se acerca hasta mí y me da dos besos.

El tacto de su piel es pura seda y su olor…Dios, su olor es una tentación prohibida.

¡Maldita sea! ¡Tranquilízate, idiota!, me repito una y otra vez.

―¡Carolina! ―oigo que la llama Rafa desde su habitación―Ven un momento.

Ella se aparta de mí y sale de la cocina. La observo de espaldas adentrarse en la habitación de mi hermano y cuando giro la cabeza me encuentro con la interrogante mirada de mi madre fija en la mía.

―Es bonita, ¿verdad?

―Es preciosa ―manifiesto sin ocultar que me encanta.

―Perdió a sus padres el año pasado en un accidente de coche. Ella y su hermana quedaron huérfanas de la noche a la mañana. Le dije que trajera a su hermana esta noche, pero por lo visto está en casa de un tío suyo. Es muy buena chica…

―Sí, eso parece.

―Ayúdame a poner la mesa, anda.

Y la mirada que me lanza de soslayo oculta una camuflada reprimenda.

Cenamos en la mesa del salón,  con la televisión puesta. Es una cena de familia. La típica cena de un 31 de diciembre, con langostinos, jamón, un delicioso asado y una amplia selección de canapés que no te acabarías ni aunque te llevases tres días comiendo sin parar. Todo es muy típico, sino fuera porque mi familia es atípica. En realidad, mi relación con mi hermano es atípica. Pero parece que mis padres ya lo han asumido. Así que ellos fingen que nosotros nos llevamos bien, y él y yo, simplemente, no intercambiamos ni una sola frase.

Antes de llegar a mi casa pensé que esa sería una de esas cenas en las que tengo que disfrazar mis pensamientos, sin embargo, esa noche me resulta imposible. La tengo a ella frente a mí y mis ojos no pueden apartarse de sus facciones. Y lo peor de todo es que mi madre se ha dado cuenta, pero a esas alturas me importa un comino. ¿Por qué tendría que importarme mi hermano? ¿Acaso a él le importo yo?

Paso la velada charlando tranquilamente con mi padre. Y antes de tomar las uvas, mi vecina Carmen y su marido entran en casa. Ese matrimonio pasa más tiempo en mi casa que mis padres. Mi madre sube el volumen de la tele y reparte unos vasitos con doce uvas a cada uno. Siempre me ha parecido una costumbre absurda tomarse doce uvas de un tirón. Sobre todo porque corres el peligro de que una de ellas se te atraviese en la garganta y mueras antes de que empiece el año. Pero no seré yo el que se atreva a decirle a mi madre que no pienso tomármelas. Así que me coloco frente a la tele y en ese instante siento el brazo de ella rozarse con el mío. Está tan cerca que mi codo y el suyo prácticamente están pegados.

―No sé si seré capaz de tomármelas todas ―dice ella, inocentemente, mirándome con aquellos enormes ojos chocolate.

―Por tu propia seguridad, te aconsejo que sí. Mi madre puede llegar a ser muy insistente, créeme ―le advierto en un tono burlón.

Ella sonríe, echando la cabeza hacia atrás, y observo como se le forma un bonito hoyuelo en la mejilla. Tengo que contenerme para no mordérselo.

¡Joder, qué guapa es!

Pero justo en ese instante, Rafa se acerca a ella por detrás y le rodea la cintura. Ella se gira y le da un beso en los labios, lo que me provoca una rabia incontrolable.

Aquella noche de fin de año se convierte en una sucesión de actos incongruentes. De repente la casa de mis padres se llena de vecinos y algunos de mis tíos y primos vienen a visitarnos. Todo el mundo se pone a bailar, de esa forma que solo hace la gente una noche como esa. Mi vecina Carmen es una mujer muy peculiar y cuando el alcohol empieza a hacerle efecto le da por deleitarnos con un rocambolesco striptease y tengo que ser testigo  de su horrenda ropa interior. Y lo peor de todo es que mi madre y su propio marido le ríen la gracia.

―¡Héctor, guapetón, baila conmigo! ―grita una vez más, totalmente fuera de control, tirando de mi mano y haciendo el intento de arrastrarme hasta el centro del salón, que ella misma ha bautizado como pista de baile.

Es como la tercera o la cuarta vez que ha intentado sacarme a bailar y ya me tiene hasta las narices, así que evitando ser demasiado grosero me deshago de su agarre y me voy al baño. Estoy loco por acostarme. Al salir del aseo, me debato en irme a la cama directamente o volver al salón. Y cuando estoy cerrando la puerta, la veo a ella en el pasillo. Viene hacia mí.

―Ya veo que no eres muy bailarín ―dice ella, sonriendo cuando llega a mi altura.

Deslizo mi mirada por su pelo, sus ojos y sus labios. Es extraordinaria. A continuación le devuelvo la sonrisa.

―Pues no. No es lo mío. Aunque la noche promete. Estoy loco por saber quién será el próximo o la próxima en desnudarse ―le digo levantando las cejas, bromeando.

―Conmigo no cuentes ―resopla ella.

―Vaya una lástima. Preferiría un striptease tuyo al de mi vecina Carmen.

Se sonroja de repente y me da un empujoncito en el hombro. Hace el intento de pasar por mi lado para meterse en el baño, pero no quiero dejar de charlar con ella y la retengo un poco más.

―¿Hace mucho que sales con Rafa?

―Unos nueve meses más o menos.

Como no sé qué más decir, pruebo a seguir haciéndome el gracioso.

―Vale, te daré un consejo. Si quieres que vuestra relación dure, no te compres la ropa interior en el mismo sitio que mi vecina Carmen.

Ella suelta una carcajada y de repente me fijo en lo bonitos que son sus dientes. De buena gana, ahora mismo, la aplastaría contra la pared y me la comería a besos.

Cuando se recupera del ataque de risa veo que está estudiando mi rostro.

―No os parecéis en nada ―dice de repente

―Físicamente, quiero decir. Sois muy diferentes.

―Totalmente ―respondo muy serio.

―Tú tienes los mismos ojos que tu madre ―declara ella, mirándome por encima de sus largas pestañas.

―Así es ―respondo sin amilanarme ante su estudio.

Al cabo de un segundo siento que mi mirada le resulta demasiado intensa y noto su incomodidad.

―Voy al baño ―murmura, indicándome que le deje paso.

―Sí, claro ―exhalo, apartándome de la puerta con premura, para que ella pueda entrar.

Antes de que se encierre en el baño le digo:

―Carolina…

―¿Sí?

―Me ha encantado conocerte hoy.

De hecho creo que es lo único bueno de toda la noche.

―Igualmente ―añade ella con una sonrisa de medio lado fascinante.

Nueve años después…

Es viernes, mediados de junio, en Sevilla hace un calor de mil demonios, Raúl y yo estamos deseando acabar de revisar la obra del parque Torneo e irnos a Cádiz. Ambos nos merecemos unos días de vacaciones, este proyecto es agotador. Llevo varios días pensando en la conversación que he tenido con mi madre hace tan solo una semana…

―Tu hermano lo ha dejado con Carolina, ¿sabes? Y esta vez creo que es definitivo.

―¿Y por qué me lo dices?

―Héctor, a mí no puedes ocultármelo, cariño, soy tu madre. Te conozco mejor que a nadie en este mundo.

Me quedo en silencio con su mirada perforándome.

―¿Qué piensas hacer? ―me pregunta ella con el gesto contraído.

Respiro profundamente antes de contestar.

―¿De verdad quieres que te lo diga

―Sí.

―Primero asegurarme de que esa ruptura es definitiva.

―¿Y si es así?

―Si es así, no pararé hasta que sea mía.

Ella no dice nada más. Es cierto, me conoce lo suficiente para saber que ahora nada ni nadie me detendrá.

Esta noche he convencido a Raúl para salir por Cádiz. Nos quedaremos en el ático del edificio que han construido en el Paseo Marítimo. Estoy seguro de que un día de estos coincidiré con ella. Cádiz es una ciudad pequeña. La gente joven suele moverse siempre por los mismos sitios.

A las diez de la noche quedamos para cenar con algunos colegas de Raúl. Nos tomamos unas tapas en un bar muy cerca de la playa y, luego, uno de ellos insiste en ir al chiringuito de moda a tomar unas copas.

Cuando llegamos el ambiente es perfecto. La noche delinea un cielo plagado de estrellas y las olas del mar se muestran serenas y plateadas. Es una de esas noches de verano en las que crees que todo puede suceder… Y, de repente, sucede…

En una de las mesas del fondo la veo, está sentada con tres amigas y parece tan despreocupada y diferente que el corazón me golpea con fuerza en el pecho. Sabía que de un momento a otro podría ocurrir. Sabía que tarde o temprano me la tendría que encontrar. Y allí está ella.

¡Joder, qué guapa es!

―¿Qué estás mirando, Héctor? Tendrías que verte la cara, amigo. ―Raúl se gira para ver aquello que atrae totalmente mi atención y entonces creo que a él le ocurre exactamente lo mismo.

―Tío, ¿te has fijado en esa mesa? ¿Has visto a la morena del traje verde? ―expresa Raúl, ensimismado, refiriéndose a la que yo creo reconocer como la hermana de Carolina, aunque no estoy del todo seguro.

―Sí, las he visto ―digo, antes de darle un sorbo a mi Aquarius y disimulando mi conmoción.

―Vale, voy a invitarlas a algo ―declara él, llamando a un camarero joven que pasa en ese instante por delante nuestra y comentándole su intención de pagarles una ronda.

Intento concentrarme en la conversación de Ángel, que está comentándome algo sobre unos proyectos para la Diputación Provincial de Sevilla, y en ese instante veo que Raúl se aparta de mi lado y se lanza a la mesa sin pensárselo dos veces. Yo tan solo estoy esperando el momento oportuno para abordarla y de pronto oigo a Raúl vociferar mi nombre.

―¡Héctor!

Mi mirada y la de ella se encuentran y ahora, más que nunca, sé que jamás la dejaré escapar.

 

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