El metro de Madrid a esa hora es un hervidero de transeúntes. La gente va de aquí para allá como si fueran máquinas programadas. Llevo ya varios años viviendo aquí, pero a veces aún me sorprende la movilidad cotidiana urbana y su diversidad racial. De vez en cuando me sirve de entretenimiento para alejarme de lo que verdad me preocupa. Me concentro en observar a personas desconocidas y me pregunto cómo serán sus vidas. De ese modo consigo olvidarme del hecho de que me he prometido en matrimonio con una mujer a la que no amo realmente y, por supuesto, del alcance de sus consecuencias.

Cuando llego a mi casa Claudia me espera con las maletas preparadas. Este fin de semana vamos a Cádiz. Uno de mis primos se casa y mi madre ha insistido muchísimo en que asista a la boda. Aunque creo que, en realidad, lo que le interesa es comunicar delante de todos que Claudia y yo vamos a casarnos.

Sobre las siete de la tarde llegamos a Cádiz. Y aunque mi madre ha insistido en que nos instalemos en casa ese fin de semana, he dicho que no. Conozco a mis padres, especialmente a mi madre, es adorable, pero sé que con Claudia en casa no nos dará ni un segundo de respiro. Además, la relación que tengo con mi hermano es más lamentable  cada año que pasa y no quiero que Claudia se vea en medio de todo eso. Así que está decidido: nos quedaremos en un hotel. No obstante, nada más llegar, lo primero que hacemos es ir a visitar a mis padres. Esa noche cenamos con ellos.

En cuanto entro en casa mi madre se funde en mis brazos y luego se gira hacia Claudia con la que se deshace en elogios. Mi novia sonríe de pura alegría y se aferra a mi cintura.

Al cabo de unos cuarenta minutos estoy sentado a la mesa del salón con mi padre. Bromeo con él y le digo que se está quedando calvo, lo que me reporta una colleja considerable.  Pero yo adoro a mi padre,  es uno de esos tíos buenazos que solo vive para su familia. A día de hoy todo lo que soy se lo debo a él…

Mamá y Claudia están en la cocina terminando de preparar la cena y, desde mi posición, observo como mi madre interactúa con ella. Cuando lo tienen todo listo, papá y yo nos acercamos a la cocina y las ayudamos a poner los platos en la mesa. Pero un segundo antes de tomar asiento la puerta se abre y Rafa hace su aparición. Noto un vuelco en el estómago solo de pensar que, tras él, pueda aparecer ella. Pero no es así. Mi hermano viene solo.

Suelta las llaves en el aparador de la entrada y se acerca al salón. Mi mirada y la de él colisionan en la estancia y, de repente, siento el ambiente cargado de tensión. Es algo a lo que ya me he acostumbrado, sin embargo, mis padres siguen insistiendo en hacer como si no pasara nada entre nosotros.

―Rafa, ven, acércate. ¿Has cenado? ―dice mi madre.

Él  se coloca tras la silla de mi madre y me hace un saludo que consiste en un ligero movimiento de cabeza. Yo ni siquiera me muevo de mi posición.

―Sí, he cenado en casa de Carolina. ―El simple hecho de oír su nombre me paraliza.

―Mira, ella es Claudia. Claudia, él es mi otro hijo, Rafa, el hermano de Héctor ―recalca mi madre, como si mi novia fuera estúpida y no supiera que si es su hijo, por esa regla de tres, también es mi hermano.

Claudia separa la silla de la mesa y se acerca a Rafa a darle dos besos amablemente.

―Encantada de conocerte, Rafa ―expresa ella antes de volver a tomar asiento y mirarme con una mueca de desconcierto.

De repente ninguno sabe qué decir en aquella mesa y yo me giro hacia mi padre y sigo conversando con él, ignorando a mi hermano. Sé que a veces soy un hijo de puta, pero los lazos de unión con mi hermano hace tiempo que se tensaron hasta convertirse en una barrera infranqueable. Luego, él se da media vuelta y se encierra en su habitación.

Cuando termina la cena, Claudia y yo nos marchamos al hotel y quedo con mi madre en vernos al día siguiente. La boda de mi primo será en Jerez de la Frontera y mi padre ha insistido en que sea yo quien conduzca su coche. No beber alcohol supone tener que hacerse cargo de un padre y una madre que probablemente terminaran bailando «Paquito, el  chocolatero».

―Héctor, ¿vas a contarme algún día que pasa entre tu hermano y tú? ―murmura Claudia una vez que estamos en la habitación del hotel y se sienta en la cama para descalzarse.

―No pasa nada. Simplemente no conectamos ―respondo escuetamente, desabrochándome la camisa y colgándola sobre el galán que decora una de las esquinas.

Ella, no muy convencida, se acerca a mí por detrás y me rodea la cintura con sus brazos, pasando sus manos por el vello de mi abdomen. Me besa la espalda y luego me obliga a girarme. Pongo mis manos en sus estrechas caderas y ella me besa esta vez en el pecho.

―Puedes contarme lo que quieras. Voy a ser tu esposa y me gustaría saberlo todo de ti.

La miro a los ojos y acaricio su rostro con el dorso de mi mano. Es realmente bonita, y lo último que quiero hacer en esta vida es dañarla, pero sé que jamás la amaré como ella me ama a mí. Ni siquiera sé cómo hemos llegado a  prometernos. Recuerdo que hemos hablado de la boda en muchas ocasiones, aunque sé que no se lo he pedido. Ella insiste en poner fecha a nuestro compromiso y me temo que últimamente es un tema que sale mucho a colación.

―No es nada. Rafa y yo somos muy diferentes, eso es todo.

Me rodea el cuello con sus brazos y entierra sus manos en mi pelo acercando su boca a la mía. Su beso se hace más intenso y de repente mis manos se han perdido en sus caderas y sus muslos. Me deshago de su ropa y ella se pelea con el cinturón de mi pantalón para liberar mi erección. Todo es rápido y frenético. En cuanto siento que sus manos juegan con mi sexo me dejo llevar por la pasión, la levanto a pulso y la embisto de una sola acometida. Ella gime de puro placer y entierra su cara en mi cuello. Unos segundos después me encuentro encima de ella sobre la cama, siento que se aferra con fuerza a las sábanas y me rodea la cintura con sus piernas, suplicándome que no pare. Me gusta follar con Claudia. Pero sé que ella piensa que eso es amor. Y no lo es.

―Sigue, por favor ―implora―No pares, Héctor.

La conozco bien y sé que está a punto de llegar al orgasmo. Se arquea exhalando gemidos de gozo y me araña la espalda al llegar al clímax. Cuando estoy seguro de que he cumplido mi parte hundo mi cara en su cuello y me corro con fuerza, acrecentando aún más su placer.

Ella recibe gustosa los últimos resquicios de ese soberbio orgasmo y luego susurra sobre mis labios:

―Te quiero, amor mío.

Es entonces cuando me doy cuenta de que solo soy un canalla.

―Yo también te quiero… ―respondo.

La boda es de mi primo Carlos, el único sobrino de mi padre. Apenas tengo relación con él debido a la distancia que nos separa, pero nos apreciamos mucho. Es un tío cojonudo y por lo visto ha tenido la suerte de simpatizar con la familia de su flamante esposa. Pronto será gerente en la empresa de transporte de su suegro. Mi tío pretende ponerme al día de todo lo sucedido en mi familia durante los últimos tres años justo en el tiempo que dure el aperitivo. Estoy conversando con él y con mi padre bajo la sombra de uno de los árboles que decoran el inmenso jardín de la Academia Real Ecuestre de Jerez. Me embelesa la cantidad de plantas exóticas y la grandiosa fuente que corona el lugar. El sitio es sensacional. El almuerzo será al aire libre, y las mesas permanecen vestidas con impolutos manteles blancos y reluciente cristalería. Al fondo se alza imponente una bella construcción de la arquitectura del siglo XIX que combina colores del albero con el más puro estilo andaluz. Todo parece perfecto, salvo por un detalle: que mi primo y su reciente esposa han decidido casarse a las doce de la mañana de un diez de junio y ahora son la una y media de la tarde, y el termómetro marca treinta y cinco grados.

Hace un calor de mil demonios y estoy empezando a cogerle manía a mi madre por convencerme de venir a la boda. Bueno, por eso y porque hace como una hora que ha desaparecido con Claudia y ahora está presentándola a todos los invitados y anunciándoles que nuestro enlace será el siguiente.

La observo de lejos y pienso que está preciosa con ese vestido azul sin mangas y con el pelo recogido. Ella me mira en cuanto siente mis ojos y me sonríe con complicidad.

¡Por el amor de Dios, no tengo ni idea de qué cojones estoy haciendo…!

Me desabrocho el nudo de la corbata antes de sufrir un golpe de calor y me dirijo a uno de los camareros que acaba de atravesar el jardín con una bandeja llena de copas. Agarro una Coca-Cola y justo cuando me doy la vuelta me encuentro cara a cara con ella.

―Hola, Héctor ―dice con una amplia sonrisa en su bonito y aniñado rostro.

Por un momento me quedo mudo al contemplarla. Es imposible que después de tanto tiempo sin verla siga causando este efecto en mí. El sol quema demasiado en aquella zona del jardín, pero pronto me doy cuenta de que la atracción que siento por ella es la que arrasa mi sangre.

¡Es tan condenadamente bonita…!

En el fondo, no he hecho más que buscarla desde que puse un pie en Cádiz, pero tenía la esperanza de que ese sentimiento se esfumara cuando la viera. Ahora sé que eso nunca sucederá. Lleva el pelo suelto y unas ondas castañas le caen sobre sus hombros desnudos. Su vestido es de color malva y el contraste con el tono de su bronceada piel es espectacular. Ladea un poco la cabeza esperando mi saludo, y cuando me doy cuenta de que aún no le he dicho hola, tartamudeo:

―Vaya, Carolina,estás preciosa.

Ella sonríe como muestra de agradecimiento. Y se acerca a mí para darme dos besos. Pongo una mano en su cintura y cuando siento el tacto de su sedosa piel sobre mi mejilla…, todos los nervios de mi cuerpo chispean. Su olor me llena las fosas nasales y siento la irrefrenable necesidad de estrecharla en mis brazos.

―Tu madre me acaba de presentar a Claudia, es un cielo ―manifiesta ella, separándose de mí después de saludarme y poniendo una distancia considerable entre nosotros.

Sí, lo es, pero no eres tú, lamento para mi interior.

―No sabía que vas a casarte el próximo año ―expresa ella antes de coger una copa de vino que le ofrece un camarero.

Parpadeo un par de veces y luego mascullo:

―Ni yo.

Ella me mira y frunce el ceño con diversión.

―No me digas que tú también eres de esos hombres que se niegan a admitir que lo han pillado. ―Toma un sorbo de su copa y me fijo en la forma de sus labios cuando se  adhieren al fino cristal. En ese instante tan solo soy capaz de pensar cómo sería besar su tentadora boca.

―¿Crees que puedo negarme?―le digo, señalando con la cabeza a mi madre que aún no ha soltado a Claudia del brazo y la lleva de un lado a otro como si fuera una muñeca de trapo.

―Me temo que no ―añade ella, mostrándome una sonrisa radiante.

Tiene unos dientes perfectos. ¡Joder, ella entera es perfecta!

―¿Qué tal la universidad? ―pregunto.

Ella me mira y estudia mi rostro. En realidad creo que piensa que solo charlo con ella por educación, pero nada de eso, me interesa saberlo todo de su vida.

―Muy bien, en un par de semanas tengo los exámenes finales y estoy un poco agobiada, la verdad ―dice, retirándose el pelo de la cara y poniendo los ojos en blanco.

―Venga ya, seguro que eres una de esas empollonas que se sienta en la primera fila de la clase.

Le digo para bromear un poco con ella.

―¿De verdad tengo pinta de empollona? ―me pregunta, mirándose el vestido como si estuviera analizando su aspecto.

Me llevo la mano a la barbilla y la miro con los ojos entrecerrados.

―Un poco sí. De esas que no dejan los apuntes y que esperan en la puerta de la clase al profesor.

Ella se atraganta de la risa y me da un empujoncito en el hombro.

―Pues si te digo la verdad, tú no tienes pinta de ser tan gracioso.

―¿Te parezco gracioso?

―Un poco, sí ―repite, imitando el tono de mi voz con una sonrisa ladeada.

Me quedo observándola durante un largo silencio, analizando cada una de sus facciones. Podría estar contemplándola eternamente sin hacer nada más. Pero pronto me doy cuenta de que un rubor tiñe sus mejillas y, a pesar de que sé que se siente incómoda, no puedo dejar de sostenerle la mirada. No me importa lo que piense. De hecho, creo que yo también le gusto. Quizás no tanto como ella a mí,  pero sé que hay algo.

―Hace mucho calor aquí, ¿no crees? ―dice, abanicándose con la mano y rindiéndose a mi intensa mirada.

«Demasiado», pienso… ¿Y si ella también…?

De pronto oigo la voz de mi madre detrás de mí. Me giro y veo que ella y Claudia se dirigen hacia nosotros, andando con torpeza. El césped no facilita la maniobra de andar con tacones y mi madre no para de quejarse.

―¿Dónde está Rafa, Carolina? Aún no lo he visto.

―Estaba hablando con uno de sus primos. ―Ella se gira buscando a mi hermano― Allí, ¿lo ves?

Miro hacia donde ella ha indicado y lo veo charlando tranquilamente con mi primo Javi. Me pregunto si algún día cesará esa animadversión que sentimos el uno por el otro…

Al cabo de unos segundos, una camarera joven se acerca a nuestra reunión y nos anuncia que va a comenzar el almuerzo. Claudia y yo tomamos asiento a la misma mesa de mis padres y cuando creo que he perdido de vista a Carolina, ella y mi hermano se sientan frente a nosotros.

Verle a él junto a ella solo hace que el estómago se me cierre. Claudia posa su mano sobre la mía encima de la mesa y se acerca a mi oído.

―¿Te encuentras bien? Estás muy callado.

―Sí, es solo este calor. Me muero por deshacerme del traje.

―Pues yo creo que estás guapísimo con él ―me dice, besándome en la mejilla.

La miro y le devuelvo el beso, pero esta vez en los labios. Sin embargo, intuitivamente cuando me retiro de ella mi mirada vuela por encima de la mesa y se encuentra con sus deslumbrantes ojos. Ella está observándome y yo tampoco puedo dejar de mirarla. Al cabo de unos segundos mi madre le dice algo y ella se gira para responderle, no sin antes dedicarme una sonrisa que me atraviesa el corazón.

Me paso el resto del almuerzo pendiente a todos y cada uno de sus movimientos. Sé que no debo hacerlo. Tengo una mujer preciosa a mi lado reclamando mi atención, pero ella… Ella inunda toda mi visión. Atisbo como sus labios se deslizan por el tenedor, la delicadeza con la que sus dedos sostienen  la copa. Me encantan sus brazos, su cuello. Me pregunto cómo sería apartarle el cabello de los hombros y apretar mi boca sobre su piel. ¡Joder!, es tan hermosa que el simple hecho de contemplarla es un deleite.

―Héctor, ¿no comes? ―pregunta mi madre, sacándome de mi ensueño y dedicándome una de sus miradas amenazadoras.

Sacudo levemente la cabeza y me giro para mirar a Claudia. Permanece muy callada y ahora es ella la que mira a Carolina con detenimiento. Le agarro la mano y ella me devuelve la mirada.

―Es muy bonita, ¿verdad? ―murmura, apoyando un codo en la mesa.

―¿Quién? ―pregunto, fingiendo no saber de qué me habla.

Ella me hace ese gesto tan típico de «no te lo crees ni tú», pero yo le cambio de tema e intento distraerla con un beso.

Tras el postre comienza la barra libre y la gente abandona sus mesas para agolparse en el mostrador que ha improvisado el catering y que hace la labor de bar. De repente empieza a sonar una orquesta y todos los invitados se mueven hacia la zona delantera del jardín, justo delante del escenario. Algunos parecen más animados que otros y nos deleitan con irrisorios movimientos de baile, descoordinados. Me sorprende la manera en la que, en estos sitios, la gente pierde el poco sentido del ridículo que les queda.

Claudia se levanta y se dirige hacia la barra. Mi madre se une a la fiesta, descalza y con su tocado en otro sitio de la cabeza de donde lo llevaba inicialmente. Mi hermano abandona la mesa y lo pierdo de vista; lo que me causa una profunda sensación de alivio. Y cuando me quiero dar cuenta en la mesa solo estamos mi padre, Carolina y yo.

En ese instante uno de mis tíos se acerca a mi padre y le ofrece un puro. Ambos se ponen a fumar y a charlar, Carolina me mira y me sonríe.

Decido levantarme y sentarme en el asiento que está libre a su lado. Acaba de empezar a sonar la canción de Coyote Dax: No rompas más, y todo el mundo se empeña en bailar la horripilante coreografía. Todos menos nosotros.

―¿No bailas? ―le pregunto, señalando a la multitud.

Ella niega con la cabeza con una sonrisita tímida y responde:

―No, ¿y tú?

―Hace tiempo que acepté que bailar no era lo mío.

―No me lo creo. Tienes pinta de bailar muy bien ―dice ella con socarronería.

―¿Y qué pinta es esa? ―le digo, apoyando los codos en mis rodillas y mirándola desde mi posición.

Ella se encoge de hombros y me responde con desparpajo:

―No lo sé, la misma que tengo yo de empollona.

Ambos reímos al mismo tiempo y me incorporo en la silla cruzando los brazos.

―Vale, ya sabemos algo más el uno del otro, ni tú eres una empollona ni yo soy Chayanne.

Ella suelta una carcajada y cuando estoy observando, hechizado, el tono de su piel en la zona de su cuello y hombros, siento la presencia de alguien a mi lado. Claudia se coloca justo delante de mí y se sienta en mis rodillas con una copa en la mano.

―Carolina, me encanta tu vestido ―le dice, mirándola de arriba abajo.

―Gracias, el tuyo también es precioso.

―Sí, es bonito, ¿verdad? Me lo regaló Héctor ―declara, pasándome una mano por mi hombro y haciendo círculos con sus dedos en mi espalda―Tiene un gusto exquisito para la ropa de mujer.

Sé perfectamente que Claudia está celosa, pero Carolina parece no darse cuenta de ese detalle.

―¡Qué suerte!, porque Rafa es pésimo en ese sentido. Le diré que aprenda algo de su hermano mayor ―comenta ella, ajena a la punzada de dolor que me provoca ese comentario. Sobre todo porque dudo mucho que pueda enseñarle nada a mi  hermano.

De pronto la música cesa y yo lo agradezco. He estado a punto de meterme el cuchillo del pescado en el oído, escuchando a ese trío versionando canciones horrorosas. La chica que preside la orquesta reclama la atención de los novios y anuncia que va a comenzar el baile nupcial. Los novios se agarran, acaramelados, y de repente es la primera vez que me fijo en cómo mi primo mira a su mujer. Están enamorados, de eso no me cabe duda.

La temperatura es ahora más agradable una vez que el sol se ha ocultado tras los árboles, y uno de los chicos de la orquesta se dirige a la mesa de mezclas del escenario y suenan las primeras notas musicales de una canción de U2: With or without you.

Antes de que termine la primera estrofa muchas parejas se unen al baile de los novios y se abrazan para mecerse al ritmo de aquella preciosa balada. Claudia se levanta de mi regazo y tira de mi mano, obligándome a bailar con ella. Al principio me niego pero insiste. Miro a Carolina que nos observa sonriendo y me susurra:

―Demuestra lo que vales, Chayanne.

Pongo los ojos en blanco y me dejo llevar por mi novia que casi me arrastra. Sin embargo, cuando Claudia se aferra a mi cuello y empezamos a mecernos, oteo que mi padre ha tomado a Carolina de la mano y se dirige hacia donde nosotros estamos.

―Aún tengo edad de bailar con jovencitas… ―dice él, situándose a nuestro lado y levantando las cejas insistentemente.

Claudia me acaricia el cuello e intento concentrarme en ella, pero una profunda sensación de malestar me corroe.

¡No es ella con quien yo quiero bailar, no es ella a quien yo quiero mecer en mis brazos, no es ella…!, grito en mi cabeza.

―Esta canción me encanta ―murmura, enlazando sus dedos en mi nuca

―¿Qué canción te gustaría bailar en nuestra boda? ―pregunta.

  La miro a los ojos sintiendo mi corazón encogerse y solo puedo pensar en el daño que estoy a punto de hacerle.

―Ya pensaremos alguna ―respondo.

Ella se aprieta contra mí y pega su cara en mi pecho.

Es ahora cuando puedo contemplar a quien, de verdad, me gustaría apretar contra mi cuerpo en ese momento. Ella baila con mi padre y puedo observar a la perfección su voluptuosa figura. La tarde ha caído y una brisa suave juega con su castaño cabello. Mi padre le dice algo en el oído y ella sonríe, echando la cabeza hacia detrás. Allí, en medio de ese extravagante paraíso de plantas exóticas, parece una auténtica diosa griega. Mi corazón se dispara solo de pensar en lo que me gustaría hacerle…

―Creo que es el cambio de parejas ―manifiesta mi padre, extendiendo su brazo hacia mi novia.

Claudia me mira con un extraño miedo en sus ojos,  pero luego se gira y sonríe a mi padre antes de rodearle el cuello con sus brazos.

Carolina y yo nos quedamos parados. Ella tuerce su boca en lo que parece una sonrisa de guasa. Por un momento no puedo creer que vaya a bailar con ella. Pero antes de resultar un completo imbécil me sitúo muy cerca de ella, sin tocarla, me acerco a su oído y le susurro:

―¿Estás preparada?

El olor de su perfume vuelve a embriagarme. Ella asiente mostrándome sus perfectos dientes, pongo una mano en la parte baja de su espalda y dejo que ella haga el resto

―No te lo he dicho antes, pero en realidad soy primo de Tony Manero.

―Ves, lo sabía. No suelo equivocarme con las pintas ―bromea, aceptando la invitación.

Bailo con ella, intentando reprimir mis ganas de presionarla contra mi pecho y besarla hasta que no haya un mañana, y mientras tanto, Claudia me observa, con disimulo, lo que me obliga a no olvidar mi desgraciada realidad.

Mis dedos tantean su estrecha cintura por encima del fino satén de su traje, y me doy cuenta de que me muero de ganas por aferrarme a su irresistible trasero. ¡Joder!, está tan buena que estoy a punto de cargarla en mi hombro y salir corriendo de allí.

Los dos bailamos en silencio y, de vez en cuando, ella me mira por debajo de sus largas pestañas y sonríe.

Cuando finaliza la canción, me suelta. Va a decirme algo al oído, pero la voz de mi madre llamándola hace que se gire. Desde la distancia atisbo que mi madre me mira con reproche, pero me importa una mierda. La observo alejarse antes de percatarme de que Claudia está a mi lado, analizando cada uno de mis movimientos. Agarro su mano y esta vez es mi padre el que me salva del apuro.

―Héctor, ven, voy presentarte al suegro de Carlos. Es un tío fabuloso.

Al cabo de una hora me encuentro en medio de una polémica conversación sobre política con mi padre y el suegro de mi primo. La tertulia sería interesante si no fuera porque mi padre y aquel hombre pretenden acabar con todo el suministro de alcohol de la barra libre y ha llegado un momento en que apenas entiendo lo que hablan.

Me disculpo un momento con ambos y me largo al baño a refrescarme un poco las ideas. Al salir, alguien tira de la tela de mi camisa y me insta a situarme en una zona más apartada y sombreada.

―¿Qué crees que estás haciendo? ―masculla mi madre con los ojos como Batman y su moño despeinado.  A Dios gracias, se ha quitado de una vez el tocado.

―¿De qué hablas, mamá? ―expreso tranquilamente, colgando mi chaqueta del hombro.

―No te hagas el tonto, Héctor. Sabes perfectamente de lo que hablo.

―No tengo ni idea ―finjo, mirando hacia otro lado.

―Ya lo creo que sí. ¿Crees que no me he dado cuenta? No me parece bien, Héctor ―protesta, señalándome con su dedo amenazador.

―¿De qué coño hablas, mamá? No soy adivino.

 ―¡No digas palabrotas! Todavía soy capaz de cruzarte la cara si es necesario.

Resoplo y apoyo todo el peso de mi cuerpo en una de mis piernas. Agacho la cabeza unos segundos, pero ella me pinza la barbilla obligándome a enfrentarla.

―Ca-ro-li-na ―articula con los ojos abiertos como platos―No puede ser, Héctor. Es la novia de tu hermano.

Retiro la cara bruscamente, pero soy incapaz de decir nada.

―Vas a casarte con Claudia, hijo, es una chica estupenda. Tienes que meterte en la cabeza que Carolina no es para ti. Ella está con Rafa. No puedes hacerle eso a tu hermano.

Esa última frase me provoca una terrible irritación. Me paso una mano por el pelo y farfullo:

―¡¿Acaso piensas que voy a tener consideración con mi hermano?! ―Ella se retira un poco de mí y cierra los ojos en una mueca de dolor―Lo odio, mamá. No puedes seguir ignorando eso. ¿Crees que si Carolina se interesa en mí voy a tener piedad con él? Ni lo sueñes.

―¿Y qué pasa entonces con Claudia? ¿Qué estás haciendo con esa chica? No te he educado para hacer daño a los demás. ¡Maldita sea, Héctor!

―En eso llevas razón, por eso no voy a casarme con ella.

Mi madre se lleva una mano al estómago y respira profundamente.

―¿Pero te has vuelto loco o qué? ¿Qué significa eso de que no vas a casarte con ella? Se lo he dicho a todo el mundo hoy.

―Ya lo sé, mamá. Pero yo no te he pedido que lo hicieras. Ni siquiera hemos fijado una fecha. ―Me muevo de un lado a otro, nervioso. Lo último que deseo es un enfrentamiento con mi madre.

Ella levanta los brazos en señal de rendición y luego se masajea el puente de la nariz.

―Héctor, hijo ―exhala, luchando por comprenderme―¿Todo esto es por ella?

  Me llevo una mano a la nuca y me la froto sin querer responder a esa pregunta.

―Está con Rafa, Héctor. Carolina quiere a Rafa. No puedes meterte en medio.

―¡¿Por qué no?! ¡¿Por él?!

―No, hijo, por ti y por ella. Si de verdad la quieres, tendrás que alejarte de los dos ―implora ella, acercándose a mí y acariciándome la mejilla―Conozco a Carolina, cariño, sé que está enamorada de Rafa.

Sus palabras se me clavan como cristales en el corazón. No puedo mirar a mi madre mientras me dice todo eso.

―No puedes hacer esto, hijo…

 Hago el amago de marcharme. No quiero seguir escuchándola, pero ella tira de mi muñeca.

―¿Qué vas a decirle a Claudia?

―Solo la verdad, mamá, que no puede casarse con alguien que no la ama.

Una lágrima resbala por su mejilla, y esta vez es ella la que se marcha y me deja allí con mis encolerizados pensamientos. Me tomo unos minutos antes de salir de aquella especie de escondite tras los baños y al hacerlo distingo a  mi hermano entre la multitud,  coqueteando con una chica morena con un vestido rojo y ceñido. El muy gilipollas lleva todo el día desatendiendo a Carolina. Una vez más, me doy cuenta de lo imbécil que es. Aprieto los dientes y contengo mis ganas de lanzarme sobre él y encajarle un puñetazo en el estómago. Pero me temo que eso no cambiaría nada. Mi madre lleva razón, lo mejor es alejarme de todo esto.

Al regresar a la mesa, percibo que Claudia está sentada charlando con mi padre. Levanta la vista y cuando miro sus ojos siento que algo ha cambiado en ella. Tiene las ojeras visiblemente marcadas  y ya no hay nada de esa expresión de júbilo que mostraba al principio del banquete. Me siento a su lado y ella murmura en mi oído:

―Estoy cansada, ¿podemos marcharnos ya?

―Sí, vámonos, yo también estoy cansado. ―Y esta vez no lo digo por decir, me siento realmente agotado.

El viaje de vuelta se hace eterno. Yo conduzco, Claudia permanece a mi lado, silenciosa y cabizbaja, y en el asiento trasero tan solo se oyen los estentóreos ronquidos de mi padre. Me remuevo incómodo en mi asiento. Escuchar a mi padre roncar no es agradable, sin embargo, no es eso lo que me hace sentir molesto…, es la conminatoria mirada de mi madre la que altera mis sentidos, clavándose en mí a través del espejo retrovisor y recordándome que no soy más que un ser despreciable.

Una semana después…  Al entrar en mi piso veo que faltan algunas cosas. La foto que decora el mueble recibidor de la entrada, en la que Claudia y yo posamos con nuestros esquís en las manos, ya no está. Oigo un  ruido al fondo, en mi habitación. La llamo pero ella no responde. Me encamino hacia la puerta y cuando estoy allí la veo sentada en la cama. Está vestida y parte de la ropa, que antes guardaba en mi armario, permanece doblada sobre el mullido edredón.

―Pídemelo ―me ruega cuando nuestros ojos se encuentran. Tiene los dedos enlazados en su regazo y el color de su cara parece haberla abandonado.

―¿El qué, Claudia?

―Pídeme que no me vaya. Sé que no quieres casarte todavía, pero al menos pídeme que no me vaya.

Miro al techo y me paso una mano por el pelo antes de volver a encontrarme con su dolorida mirada.

―Esto no funciona, Claudia ―confieso.

Ella asiente, como si esperara esa respuesta de mí.

―Lo sé, Héctor. Sé que no funciona. Pero ¿qué vas a hacer entonces? Vas a esperar a Carolina eternamente ―dice, poniéndose de pie y acercándose un poco a mí.

Al pronunciar su nombre mi cuerpo se pone en alerta máxima. Me coge totalmente por sorpresa. Frunzo el ceño y mascullo malhumorado:

―¿Qué diablos tiene que ver Carolina en esto?

―Todo, Héctor ―declara ella con la voz temblorosa

―Os oí a tu madre y a ti hablando en la boda. Pensé que quizá al regresar a Madrid te olvidarías de ella y volveríamos al mismo punto de antes, pero ahora sé que no. Esta semana has estado más distante de mí que nunca. Sé que no quieres hacerme daño, pero lamento decirte que esto me destroza.

―Lo siento, Claudia. ―No sé qué otra cosa puedo decirle. Pero no eres tú…

―Ya ―susurra ella, conteniendo las lágrimas y girándose hacia un lado de la cama. Observo que pone una maleta sobre ella y comienza a meter su ropa dentro.

Siento mi corazón desbaratarse lentamente. No puedo quedarme allí viendo como se marcha de mi casa. Ella es fabulosa y yo no soy capaz de amarla. Me giro y salgo de la habitación.

Al cabo de unos minutos sale y se dirige a la puerta, arrastrando su equipaje.

―Claudia, yo… nunca he querido hacerte daño.

―Pero me lo has hecho, Héctor ―exhala ella con amargura.

―Te mereces algo mejor.

―¿Sabes? Hasta el día de la boda pensaba que tú eras lo más maravilloso que me había sucedido en la vida. Sin embargo, ese día vi como la mirabas a ella y, de repente, supe que me equivocaba. ―Agaché la cabeza―Exacto, Héctor, merezco algo mejor. Quiero a alguien que me mire de esa manera. Necesito a un hombre a mi lado que sea capaz de desnudarme con una sola mirada. De demostrarme que yo soy lo único importante para él.  Y, ese, no eres tú.

La miro y veo que dos gruesos lagrimones corren por sus mejillas. Quiero acercarme a ella y estrecharla en mis brazos, pero sé que si lo hago le haré más daño aún.

Ella gira el pomo de la puerta y justo antes de salir sisea, limpiándose las lágrimas con el dorso de su mano:

―Mañana por la mañana, cuando no estés, recogeré el resto de mis cosas.

Asiento en silencio sin poder sostenerle la mirada.

―Carolina es una chica con suerte. Ella aún no lo sabe, pero estáis hechos el uno para el otro ―dice por última vez.

Cuando oigo la puerta cerrarse solo me queda una sensación de soledad y tristeza que se extiende por mi pecho, sin embargo, las palabras de Claudia me hacen aferrarme a lo único que tiene sentido para mí: ella.

Leer ahora: ¡Odio la Navidad!

 

 

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