Me gusta tomar el café con mucha leche y mucha azúcar. Y los que me conocen bien, saben que un café puede durarme horas. Lo tomo a sorbos pequeños, y con la taza en mis manos me da la sensación que el tiempo se ralentiza. Eso sí, soy incapaz de acabármelo entero. Siempre dejo un poco. No sé…a lo mejor es una tontería, pero para mí el café de primera hora de la mañana es un placer y pienso que no puedes saciarte de los placeres o corres el riesgo de acabar con su esencia. La esencia que lo convierte en un placer.

Hace varios años viajé a New York. Y supe que si algún me atrevía a escribir en un blog, compartiría esta y muchas de mis experiencias en algunos países del mundo. Es por eso por lo que con este post pongo en marcha lo que será a partir de ahora esta sección a la que he titulado “Palabras y mundo”, donde, como dejo implícito en su enunciado, habrá mucho más que palabras. Aquí quiero hablarte de viajes, moda, fotografía, cocina y todo aquello que hace que la vida sea grandiosamente excitante, que un nuevo día sea una constante aventura y que a mí personalmente me apasionan. Así que me coloco en la línea de salida y allá va una pizca de mi mundología.

Te suena esto…

“La sensación de vislumbrar una ciudad de unas dimensiones tan descomunales como Nueva York a vista de pájaro, fue apabullante. Aquella amalgama de oportunidades solo hizo que mi miedo a lo desconocido se multiplicara por un millón. Desde allá arriba los kilométricos y míticos rascacielos de la isla de Manhattan tan solo parecían partes insignificantes de una enorme maqueta, sin embargo, a medida que el avión iniciaba su inevitable descenso, la sangre se me agolpó inesperadamente en los oídos y mi pulso se aceleró, anticipándose a lo que estaba a punto de ocurrir”.

No daré muchas pistas, pero si me lees a menudo sabrás de donde sale este fragmento. Y lo cierto es que así fue exactamente como me pareció esa ciudad desde las alturas. Antes de conocer Nueva York, era un destino que no me llamaba especialmente la atención. Sospechaba que me gustaría pero jamás imaginé que me provocaría ese centenar de sensaciones. Estuvimos allí seis días completos y nos alojamos en el hotel Marriott Marquis, en pleno corazón de Times Square. Una edificación con unas instalaciones alucinantes. El servicio era excelente y en cuanto a ubicación, mejor imposible. Estaba cerca de Central Park, a unos pasos de la Quinta Avenida y su despliegue de fabulosas tiendas, y  a dos minutos en taxi del Madison Square Garden, donde no puedes perderte un partido de baloncesto. Es probable que veas a algunos famosos en las primeras filas.

Yo, por ejemplo, vi al mismísimo Ethan Howke en persona. Sí, fue increíble. Y es más guapo de cerca…

Pero sin duda lo mejor de este hotel, junto a las camas, que parecen hechas de nubes esponjosas y atrapantes, es el restaurante giratorio que hay en la última planta y que se llama “The View”. Allí a parte de gozar de una comida exquisita, podrás disfrutar de unas vistas impresionantes de la bahía de Manhattan.

No recuerdo cuanto nos costó la cena, pero ¡qué demonios!,

¿Cómo iba a recordar eso con las cosas tan extraordinarias que había en esa ciudad? No sé…no sé…que más decirte… ¿Te suena esto también?

“Era como estar en tiempo presente en el decorado de una película. Cada avenida y cada calle que recorríamos con el coche me resultaban familiares. Y de repente me di cuenta que estaba en la ciudad más famosa del mundo. Había visto muchas de esas avenidas en escenas de películas, en anuncios de perfumes y en muchos de los capítulos de «Sexo en Nueva York». Era tal y como se mostraba en la tele, solo que estar allí en medio era mucho más apasionante y grandioso que verlo en televisión.

No podía compararla con Cádiz porque eran extremadamente opuestas. Nueva York no se parecía en absoluto a ninguno de los sitios que yo había visto en mi vida. A pesar del frío, la curiosidad me mató, y tuve que bajar la ventanilla para que la percepción sensorial fuese aún más real. El denso y frenético tráfico; la multitud de taxis, ambulancias, coches de policías y camiones de bomberos; la aglomeración de personas en sus avenidas y calles y la gran profusión de razas y humanidades mezclándose en sus aceras.

La autenticidad de los carritos de comidas ambulantes y la impresionante variedad de talentos musicales desplegando su arte a los pies de aquellos ostentosos rascacielos. Con razón la llamaban la ciudad que nunca duerme. Era imposible ordenar aquel turbulento caos de sirenas y jolgorio de murmullos.

Sin embargo, todo el mundo parecía saber dónde dirigirse. Los neoyorquinos parecían tener un patrón establecido. La gente andaba por aquellas calles abarrotadas de peatones, adornos y luces navideñas como yo paseaba por el tranquilo paseo marítimo de mi ciudad”.

Y sí, así era Nueva York.

Una de las cosas que más me gustó fue una excursión que hicimos por todos los barrios, es decir: el Bronx, Brooklyn, Staten Island y Queens. Allí ellos llaman barrio a una zona que puede tener la dimensión de Sevilla, pero es que en Nueva York todo es de esa manera. Descomunal.

Nuestro guía fue un hombre de mediana edad, argentino y con un conocimiento cultural arrollador. Me podría pasar días narrando las anécdotas que nos contó, con lo cual seré breve y diré que lo que más llamó mi atención fue el barrio de los judios. Sus tradiciones, sus prácticas sociales, las vestimentas que usaban… Los hombres con aquellos abrigos largos y negros tanto en verano como en invierno, y las mujeres con vestidos pulcros y recatados para aparentar decencia.

En Queens me sorprendió ver a las diferentes comunidades no cruzarse en calles paralelas. En aquel lugar conviven mexicanos, africanos, judíos, ingleses… sin embargo cada cual en su zona. El guía nos decía que era muy extraño ver a un mexicano moverse por las calles donde convivían los judíos y viceversa.

Luego en el Bronx, bueno, decirte que sí, es como se ve en las películas. De hecho, creo que el cine no saca todo el partido que tiene una ciudad como esta. Si piensas ir pronto, te recomiendo que hagas esta excursión. Aprenderás mucho en ella.

Y de los sitios que más me enamoré confieso, sin duda, que fue Central Park. Cuando estás allí, no puedes digerir que en medio del distrito metropolitano de Manhattan pueda estar situado ese parque urbano ocho veces más grande que la ciudad del Vaticano. Es WOW!!

No te quedes con las ganas de dar un paseo en barca o de alimentar  a las miles de ardillas que viven en sus magníficos arboles. Saborea cada rincón, quédate con cada una de las tonalidades de sus hojas .Y si es posible, acércate a visitar la fabulosa escultura de Romeo y Julieta  de Milton Hebald que está situada frente a la entrada principal del Teatro Delacorte. Un beso frente a esa obra de arte es una promesa a la eternidad.

Hay cosas que son imprescindibles y esta y comerte un perrito caliente en un carrito ambulante son dos de ellas.

Si eres de l@s que te gustan el regateo y las compras ve a conocer Chinatown, el barrio chino de Nueva York, donde podrás comprar falsificaciones de ropas, relojes, bolsos y otros artículos. Este sitio tiene un encanto único.

Cómete un trozo de tarta de queso en el Hard Rock de Broadway, por muchos Hard Rock que visites en el mundo ningún postre te sabrá mejor que este.

Nada es tan auténtico…

Recórrete sus calles y embriágate de su gente. Admira la bahía de Manhattan una noche que el cielo esté plagado de estrellas. Visita la Estatua de la Libertad, es probable que no sea lo que has visto en la tele, pero te fascinará igualmente. Ve a curiosear alguna galería de arte en el Soho.

Seguramente te encandilarás de tanto ingenio.

Nueva York, es de esos sitios que no puedes dejar de conocer.

Ahorra, persigue tus sueños, trabaja duro y cógete una mochila y vete en plan mochilero si hace falta, pero ve.

Yo estuve allí hace diez años y aún no consigo olvidarme de ella. Hay dos cosas que pienso hacer cuando vuelva, porque sé seguro que volveré. Una de ellas es tomarme un café en una terraza de ensueño. Un café de los míos, de esos que se alargan. Me lo tomaré con una libreta y un boli en la mano y desde allí escribiré algo bonito que pueda compartir aquí en mi blog. Algo que pueda dejar también en tu corazón.

Estaré con mis cinco sentidos puestos en los rincones de esa cosmopolita y épica ciudad, e intentaré plasmar mis sensaciones en cada letra.

Y la segunda cosa que tengo intención de hacer, es volver a besar a la persona que me llevó hasta allí. Besarle en tantos lugares como me sea posible…

Recuerda que en Nueva York todo es inmenso. Si decides viajar enamorado, tu amor se hará inmenso. Y ,si no, quien sabe, hay miles de sitios donde puedes experimentar a lo grande.

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