¿Respeto?

Jayden hizo el intento de volver a besarme, pero me separé de él bruscamente para observar a Mikel.

―¿Ocurre algo? ―preguntó mi actual candidato a primer novio formal.

―Discúlpame, es solo un momento.

Bárbara vio como me levantaba y arrugó el entrecejo. Le indiqué que mirara hacia la barra, donde en ese momento se encontraba Mikel y su hermosa acompañante. Ella puso los ojos en blanco, supuse que harta de mis fantasías con el mejor amigo de mi padre, e ignorándola me encaminé decidida a descubrir qué demonios hacía él en ese lugar con una mujer que no era Sylvi. A medida que fui acercándome, percibí que algo no iba bien. Su estado de embriaguez aún no era lamentable, pero estaba segura de que no tardaría mucho.

―Mikel ―le llamé, situándome muy cerca de él y de la chica. Ambos se giraron para mirarme.

―Hola, burbujita. ¿Qué haces tú aquí? ―dijo él arrastrando las palabras.

Me contempló de arriba abajo, deteniéndose en las partes más desarrolladas de mi cuerpo.

―En realidad esa pregunta te la iba a hacer yo ―mascullé, cruzando los brazos y adoptando una postura defensiva.

Ella bebió un sorbo de su copa y me miró con desdén.

―¿Y Sylvi? ―le pregunté sin disimular que me parecía mal que estuviese engañando a mi tía.

En realidad me parecía mal verlo en ese estado, y encima acompañado.

―¿Sylvi? No tengo ni idea, burbujita. ―Era obvio que había bebido bastante. No entendía por qué Mikel se comportaba de aquella manera―. ¿Y tú que haces en un lugar como este? Eres menor de edad, no tendrías que estar aquí.

―He venido con unos amigos ―respondí, claramente irritada.

De repente, ella se pegó a él para susurrarle algo al oído de una manera muy sensual y él la sujetó por la cintura. Aquello me molestó muchísimo. Tanto que me miré los zapatos y respiré profundamente, tratando de calmarme. Me temblaban las piernas.

―Sí, vamos a sentarnos ―susurró él, hablando con ella. Luego me miró de nuevo a mí. Me sentí ridícula y diminuta pidiéndole explicaciones a un hombre adulto que me estaba diciendo en pocas palabras que le dejara en paz.

Me giré sin decirles adiós y volví a mi sitio. Jayden se arrellanó junto a mí.

―¿Mikel ya no sale con tu tía? —inquirió Bárbara.

―Al parecer no ―contesté, observando como él y la fulana de piernas largas y cuerpo proporcionado se acomodaban en uno de los sillones que había al otro lado de la terraza.

La noche transcurría y si en algún momento había considerado la posibilidad de dejarme seducir por Jayden, en el mismísimo instante en que Mikel hizo su aparición, la probabilidad se esfumó completamente.

A pesar de que tenía unas ganas tremendas de abofetear a Mikel por cómo se comportaba con esa mujer, no pasé por alto lo guapísimo que estaba. Llevaba una ropa diferente a la que tenía cuando se marchó de mi casa. Ahora vestía una camisa negra y tejanos oscuros. Aquella camisa le daba un aspecto peligroso y provocador.

La distancia que había entre nuestros sillones era considerable, aun así, pude observarlo con nitidez. Analicé sus gestos y contemplé cómo ella se deshacía en risas y caricias con él. Imaginé el final de aquel encuentro y tuve ganas de vomitar. Verlo con mi tía era insoportable, pero en esos momentos la rabia se apoderaba de mí. Me negaba a pasar ni un minuto más observando semejante escena.

Jayden hizo el amago de acercarse a besarme, pero lo aparté. Mi noche, definitivamente, se había ido al traste. Y una vez más el culpable era Mikel.

Me levanté y fui al baño. Examiné mi imagen en el espejo y me di cuenta de lo estúpida que estaba siendo. ¿Cómo un hombre como él iba a fijarse en una niña como yo? Me atusé el cabello y me retoqué el colorete. Era consciente de que me había hecho ilusiones pensando que si le hacía ver que ya no era una cría atraería su atención, pero evidentemente eso no ocurriría. Él nunca me vería como algo más que a una niña pequeña. Mikel era un hombre de mundo, jamás se fijaría en alguien como yo. Y menos siendo la hija de su mejor amigo.

Me separé del lavabo y me estiré mi vestido azul eléctrico con los dedos. Pensé en esa mujer, tan alta y tan exuberante y comprendí cuáles serían mis opciones con él.

Abandoné el aseo y me encaminé hacia los sillones. Recé en silencio para que Mikel se hubiera largado. Pero al pasar junto a la barra lo vi de pie, apoyado, esperando a que un camarero terminara de servir sus copas. Ella permanecía sentada, toqueteando su teléfono. Inevitablemente él se encontraba en mi camino. Al verme se giró:

―Miranda ―dijo agarrándome del brazo―, ¿ese de ahí es tu novio?

Lo miré a los ojos. El alcohol se los había enrojecidos. No me gustaba en absoluto verlo en ese estado.

―No, no es mi novio. Es un amigo.

Él hizo una mueca con la boca, en la que creí vislumbrar una irritante sonrisa.

―¿Estás enfadada conmigo? ―me preguntó antes de darle otro sorbo a su copa.

―En realidad, sí. No me ha gustado cómo le has hablado esta tarde a mi padre en mi casa.

No era cierto, tan solo intentaba averiguar por qué habían discutido. Pero él, ante mi último comentario, adoptó una postura defensiva y en alerta.

―Eso no es asunto tuyo ―masculló, soltando la copa en la barra.

―Todo lo que tenga que ver con mi padre es asunto mío― respondí, cruzando los brazos a la altura de mis pechos, en actitud desafiante.

Recorrió mi rostro y entrecerró los ojos. Luego me observó de arriba abajo con descaro.

―¿Sabes? Últimamente ya no te comportas como una niña. Ya hablas como una mujer y te vistes como una mujer… ―susurró ojeando mi vestido.

Sabía que actuaba de aquella manera porque estaba borracho, de otro modo jamás me hubiera mirado con semejante insolencia.

Apartó su mirada cuando comprendió que su comportamiento me violentaba. Volvió a beber.

―Y tú, últimamente, ya no te comportas como un hombre, ahora tan solo actúas como un gilipollas —rezongué.

Sonrió amargamente, apoyando sus antebrazos sobre la barra. Observé su perfil. Un mechón de su flequillo despeinado le caía sobre la frente. Quise apartárselo.

―¿Qué es lo que te ha puesto tan furiosa? ―preguntó, ladeando la cabeza y mirándome con curiosidad.

―Me pone furiosa que no estés mostrando respeto.

―¿Respeto? —subrayó, enarcando una ceja.

―Sí, respeto por Sylvi ―recalqué, sin disimular mi irritación.

―¡Já!, ¿por Sylvi? —Vació el contenido de su vaso de un último trago y se movió hasta situarse más cerca de mí—. ¿Muestras tú acaso respeto por Sylvi?

Aquello había sido un golpe bajo.

Sentí que el corazón iba a reventarme la tela del vestido. Retrocedí un paso intuitivamente.

―¿Qué quieres decir? —tartamudeé.

Él se irguió delante de mí, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón.

―Ya sabes lo que quiero decir. Ya eres una mujer, ¿no? Entiendes perfectamente de lo que estoy hablando.

―No, no te entiendo.

Tragué saliva con dificultad.

―Me estás pidiendo que muestre respeto por tu tía, cuando tú llevas semanas insinuándote a mí. Tú que eres su sobrina… ―dijo aquello con una expresión insondable.

Su seguridad estuvo a punto de desplomarme.

Esbocé una sonrisa histérica y me toqué el pelo en un gesto de nerviosismo.

―Es evidente que estás borracho, Mikel.

―Un poco quizás —murmuró como si estuviera pensando en ello—, pero no tanto como para no darme cuenta de que te gusto, Miranda.

Sus ojos tan profundos y oscuros como la noche que nos envolvía parecían leer cada uno de mis pensamientos.

Un nudo me ahogó la garganta.

―Eres un imbécil, tú deliras… No me gustas en absoluto ―repliqué angustiada, colocándome el cabello detrás de las orejas.

―¿Ah, no? ―Me sostuvo la mirada lo suficiente para darme cuenta de que aquello no era ningún juego.

―No ―respondí abrumada.

―Bien. Porque por muy bonita, irresistible y sensual que me resultes, jamás intentaría nada contigo. Eres la hija de mi mejor amigo y encima eres menor de edad. No le haría algo así a Frank, aunque me muriera de deseo por hacerte mía.

Aquellas palabras tuvieron en mí un efecto abrasador. Las manos me sudaban y mis mejillas se encendieron al rojo vivo. No pude evitar deslizar mi mirada por su pecho y su cuello. Aquella camisa le quedaba tan bien que parecía llevarla tatuada al cuerpo. Y sus labios, Dios mío, sus labios eran tan perfectos, tan gruesos y apetecibles… Deseé besarlo, luché con una fuerza sobrehumana por apartar mis ojos de él.

Me sentía avergonzada y confundida.

―Yo…

Su chica apareció entre nosotros, rompiendo aquella extraña y desconcertante conexión. Se contoneó a su lado como una gatita en celo.

―Mikel, te estoy esperando.

Él le pasó la copa y luego la agarró por la cintura.

―Bueno, Miranda, me alegra haber aclarado contigo este malentendido.

Hubo una pausa demasiado tensa. No supe exactamente si su semblante era el de un hombre convencido de sus palabras o si, por el contrario, la turbación que me transmitían sus gestos era tan real como la mía.

Suspiré esforzándome por hacer llegar aire a mis pulmones.

―No había nada que aclarar, Mikel. Me temo que el único que ve cosas donde no las hay eres tú. Hasta luego.

Les dediqué a los dos la sonrisa más cínica que encontré y me di media vuelta con sus ojos pegados a mi espalda.

Regresé a mi sitio y continué observándolo desde mi posición, pero esta vez yo no era la única. Él no me quitaba el ojo de encima. Y para colmo, Jayden se había empeñado en terminar la noche conmigo en su cama. Con lo cual sus caricias y sus arrumacos empezaban a resultarme repulsivos. Ahora lo único que captaba mi interés era la escena que tenía frente a mí: Mikel con aquella fulana a su lado, besando su cuello, frotándose contra él, susurrándole Dios sabía qué al oído. Y él contemplándome, sentado en ese sofá con las piernas entreabiertas, con un brazo en el respaldo y el otro en la cintura de la chica. En aquella postura estaba tan tremendamente provocativo y tentador que los pensamientos me quemaban las entrañas. Pero… ¡joder sus palabras…! Eran sus palabras lo que no conseguía sacarme de la cabeza: «…aunque me muriera de deseo por hacerte mía».

No, no había sido un sueño, lo había dicho alto y claro. ¿Me deseaba…? Y si era así, el verme allí con Jayden le gustaría tan poco como a mí ver a esa mujer refregándose contra él. Con lo cual en ese momento mi única opción era ponerlo celoso.

Me giré hacia Jayden y sin dejar de mirar a Mikel, lo besé. Este acogió mi beso sin pegas. Me sentí como una despreciable sabandija por mi actuación, no obstante, recordé uno de los muchos proverbios de mi padre: «Cuando quieras algo que nunca has tenido, tendrás que hacer cosas que nunca antes habías hecho».

Y sí, me propuse utilizar a aquel chico en mi propio beneficio y haría cosas que no me gustaran si eso significaba poner celoso a Mikel.

Yo deseaba que Mikel, al verme besando a Jayden, reaccionara de algún modo, sin embargo, no pasó nada de eso. Mis intentos de sacarlo de sus casillas, a juzgar por su expresión, tan solo consiguieron cabrearlo mucho y se largó de la terraza con esa mujer. Al parecer, no quiso soportar ni un minuto más mis estúpidos jueguecitos y desapareció de mi vista en un santiamén. Fue tanta la rabia que me invadió al imaginármelo en su casa y en su cama con ella que me disculpé de mis amigos y me retiré al baño. Tuve que echarme agua en la cara y pararme a respirar. No podía apartar de mi cabeza la imagen de su rostro antes de salir del local. Estaba enfadado. Era obvio que no le gustaba en absoluto verme con Jayden. Pero no hizo nada, simplemente se marchó con la mandíbula contraída y el gesto contrariado y, cómo no, con aquella mujer colgando de su brazo. Tenía que hacer algo, la idea de que pasara la noche con ella me hervía la sangre, debía encontrar la forma de evitarlo.

Me puse frente al espejo. Piensa, Miranda, piensa…

Fue entonces cuando una idea ruin y mezquina me atravesó el pensamiento. Solo había una persona que podía evitar que Mikel pasara la noche con esa fulana y esa, sin ninguna duda, era Sylvi. Me armé de valor, saqué mi teléfono móvil del bolso y busqué su número entre mis contactos.

Sabía que Mikel se enfadaría mucho conmigo por eso, aun así me dio igual. Al fin y al cabo, la relación de mi tía con él estaba ya acabada, por lo tanto mis miedos a que ellos se reconciliaran eran mínimos. Pero si había algo que Sylvi dominaba, era mortificar a sus exparejas y eso era precisamente lo que yo pretendía. Mi llamada alteraría su orgullo, y en cuanto le comentara a Sylvi que había visto a Mikel con otra mujer, ella seguro que se colaría por su casa, dispuesta a chafarle la noche. No lo pensé ni un segundo más y marqué. Al tercer tono, mientras sentía mi pulso tembloroso, la irritante voz de mi tía respondió a través de la línea:

―¿Miranda? ¿Qué ocurre, tesoro?

Su voz me confesó que la había despertado. Mi estado de ánimo no me permitió discurrir que eran casi las dos de la mañana y que a esa hora probablemente mi tía estaría dormida.

Ya no había vuelta atrás…

―Sylvi… Yo… lo siento… ¿Estabas durmiendo?

―No te preocupes, cariño. ¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?

Parecía realmente preocupada y por un momento dudé si contarle o no lo que tenía en mente.

―Verás, es que no sé si debo contártelo…

―Miranda, estás empezando a ponerme muy nerviosa. Habla de una maldita vez ―farfulló cada vez más intrigada.

―Es que hoy he salido con Bárbara y unos amigos y me he encontrado con Mikel.

―¿Con Mikel? ¿Dónde?

―Estamos en la terraza del Press Lounge, pero él se acaba de marchar. El problema es que iba con una mujer y ella se ha marchado con él, ya sabes…

―¿Con una mujer…?

Le di algunos detalles más explícitos de la actitud de Mikel con la chica, con idea de enfurecerla aún más. Incluso me inventé algunas cosas. Era despreciable, ya lo sabía, pero cuando colgué el teléfono no me cabía ninguna duda de que Sylvi actuaría como una exnovia psicópata y no dejaría en paz a Mikel hasta echar a perder su romántica velada.

Mikel aún desconocía que Sylvi no estaba acostumbrada a que la dejaran. Era ella la que siempre abandonaba a sus respectivos. Y esa noche, más que ninguna otra, yo había echado leña a un fuego muy pero que muy abrasador. Mikel había herido profundamente el enorme ego de mi tía, y esta vez pagaría las consecuencias.

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