Más feliz que una perdiz

Más feliz que una perdiz

 Hola a tod@s!

Este verano me siento realmente féliz. Hace apenas un mes que “Ríndete, Carolina” echó a volar y, aunque al principio esas alas temblaban temerosas, ahora parece que el vuelo se hace firme y lo más importante: constante. Y sí, digo constante, porque así son los mensajes que recibo a diario de muchos lectores compartiendo conmigo sus impresiones. Ante eso tan solo puedo dar las gracias y deciros que es todo un orgullo para mí. Me siento conmocionada y con muchas ganas de continuar y eso es muy bueno, os lo aseguro. Por eso, y por complacer a algunas personas que me lo han pedido, he decidido dejaros el primer capítulo de “Ríndete, Carolina”. Así que ahí va…

 

Prólogo

 

 Me encanta el cine, la manera en la que directores y guionistas logran transmitir tantas sensaciones y emociones al mismo tiempo. ¿Cómo es posible llevar a la pantalla todos esos pensamientos?, ponen rostros a seres inventados, a situaciones imaginadas…, es realmente divertido. Una vez oí en la televisión que los guionistas son narradores de su propia realidad, ellos describen situaciones vividas, las transforman, decoran y luego las prestan a personajes para que las hagan suyas.

Lo cierto es que me atrae, me fascina lo que hacen, lo que inventan y crean. Es apasionante. Sus narraciones tienen un principio y un final.

Lo que más me gusta del cine es que siempre hay alguien tras la pantalla que sabe lo que va a ocurrir, que sabe cómo termina la historia porque es quien la ha inventado. Es «ese» alguien el que dispone si el protagonista se casa con su amada, muere o si se marcha dejando a su familia. Si hereda una fortuna o es absorbido por extraterrestres… Ese «ser» toma las riendas y decide cómo va a ser la historia. Si tendrá un final feliz o no.

Desearía ser la guionista de mi propia vida, todos deberíamos serlo. Ser nosotros mismos los que decidiéramos el final de nuestras historias.

Eso sí que sería divertido.

Miraba a un lado y a otro en aquella nítida habitación, y solo podía pensar en cómo puede cambiar tu vida en un abrir y cerrar de ojos. Desde luego ese año pasó ante mí como una película. Cada momento, cada instante tenía una melodía.

Y allí estaba yo, en ese diminuto espacio, rodeada de todos mis seres queridos. Un murmullo de palabras tranquilizadoras y halagadoras acariciaba mis oídos, y la estimulante fragancia que desprendían las margaritas blancas, lirios, jacintos y las lavandas envolvieron aquel momento de una profunda sensación de ternura y amor.

Todo cuanto amaba se hallaba en aquella habitación…

 

Capítulo 1

«Y estoy aquí para recordarte
del desorden que dejaste cuando te fuiste.
No es justo que me niegues
de la cruz que sostengo, que tú me diste,
tú, tú, tú tienes que saber…».

You Oughta Know – Alanis Morissette

 

 

   Todavía era de día cuando llegué a casa de Rafa, sobre las nueve de la noche, pero aún no había anochecido. Me encantaba esa época del año, los días resultaban más largos y lo único que me apetecía era aprovechar el tiempo. Salir a pasear, hacer deporte al aire libre… El invierno había llegado a su fin y la primavera en Cádiz era palpable y celestial. Sin embargo, últimamente no estaba disfrutando mucho de aquellos placeres gratuitos.

Un día más, mi irritante novio se había empeñado en quedarse en su casa para ver, televisada, una absurda competición de artes marciales. Y yo, que por aquel entonces no tenía solución, accedí a sus fútiles prioridades.

―Cierra la puerta, por favor.

Ni hola, ni nada. Solté el bolso sobre el banco de abdominales que conformaba uno de los pocos objetos decorativos de su dormitorio y me senté a su lado, en la cama.

Él permaneció tumbado, sin prestarme mucha atención. En esos momentos su único interés era ver a aquellos karatecas dándose de hostias.

―¿Te apetece que salgamos un rato cuando acabe… esto? ―le pregunté, señalando la televisión.

Me hizo un gesto con la mano para que me callase, sin apartar la vista de la pantalla, como si quisiera oír a los karatecas, cuando en realidad no decían nada en absoluto, excepto gritar.

―Carol, hoy estoy muerto ―me respondió con un brazo bajo la nuca y el otro alargándolo a la mesilla para hacerse con el mando de la tele.

―¿Pretendes que me trague esta mierda?

―Es la final de la competición, no falta mucho para que acabe ―respondió él tranquilamente, subiendo el volumen.

―Rafa… ¿Te ocurre algo? Últimamente estás de una dejadez que no te reconozco.

―¡¿Qué me va a pasar, joder?! ¡Que quiero ver la puta competición!

―Vete a la mierda ―le espeté, levantándome de la cama.

Agarré mi bolso de un tirón y me encaminé hacia la puerta. Me negaba a pasarme otra noche sentada junto a él, en su cama, perdiendo el tiempo.

Pensé que se levantaría detrás de mí y me rogaría que no me fuera. Pero era obvio que después de tanto tiempo a su lado, aún no me había enterado de lo gilipollas que era.

Lo miré por última vez antes de salir y respiré profundamente, intentando contenerme. Él ni caso. Luego, le obsequié con un sonoro portazo.

Una semana después…

En algún lugar de mi subconsciente deseaba que aquello fuera tan solo una broma pesada. Tuve que asegurarme al asiento porque por un momento pensé que podría caerme. Volví a releer el e-mail y me fijé, por enésima vez, en el título que le había puesto al asunto: «Despedida».

¿Cómo alguien podía llegar a convertirse en una persona tan ruin?

¡Una maldita semana! Siete malditos días me había pasado preguntándole a mi novio qué diablos le ocurría. Que por qué estaba tan distante y ausente últimamente, y ninguna de las veces había sido capaz de ser sincero, de mirarme a los ojos y decirme que ya no estaba enamorado de mí. No, él había optado por encender su estúpido ordenador, sentarse delante de él, abrir torpemente su correo, y escribir aquellas cuatro y absurdas líneas.

Mi gesto de incredulidad tuvo que ser demasiado paradójico, porque cuando Emilio asomó la cabeza por la puerta de su despacho y vio la insondable expresión de mi cara… me preguntó:

―Carolina, ¿te encuentras bien? Estás muy pálida.

Emilio cumplía varias funciones en mi vida: mi jefe, compañero de trabajo y, lo más importante aún, uno de mis mejores amigos. Una persona por la que sentía una enorme admiración. Tenía cuarenta y ocho años y era uno de esos tipos legales, fiables. Uno de esos en peligro de extinción. Sobre su mesa mostraba orgulloso una foto de su encantadora familia. Parecía sacada de un reportaje para la revista «¡Hola!». Cada vez que miraba esa foto, la sensación de no llegar a tener una familia como él se me antojaba amarga y desconsolada.

―Esta noche no he dormido muy bien, eso es todo ―titubeé sin apartar la vista del ordenador e intentando cerrar el correo, para que mi compañero no pudiese ver las estúpidas cuatro líneas que yo acababa de leer. Bastante bochornoso era ya para mí.

―¿Tienes listas las nóminas del señor Fernández? Necesita que se las mandes.

―Por supuesto, ahora mismo se las envío ―respondí, intentando deshacerme de la idea de que mi novio acababa de cortar conmigo con un e-mail.

―Bien, gracias.

¡Diez años! Diez largos y aburridos años me había pasado aguantándole lo inaguantable, y todo para que, al final, me dejara… ¡¿A través de un correo electrónico?!

Durante todo ese tiempo habíamos pasado por un montón de crisis, pero siempre terminábamos en el mismo punto, es decir, envuelta en una relación trivial y aburrida. Una relación en la que él se limitaba a poner a prueba mi autoestima constantemente. Me había creído una tras otras todas las pantomimas que ese imbécil me contaba y, encima, para rematar, probablemente me habría puesto los cuernos.

¡Dios, no me podía sentir más humillada! Supuse que todavía era pronto, que era normal que empezara a odiarle con todas mis fuerzas y que le deseara todos los finales trágicos de las películas que había visto, pero lo cierto era que odiaba sentirme así…

―Carolina. ―La voz de Emilio volvió a sacarme de mi reciente pesadilla―. Te has equivocado y has enviado las nóminas a mi correo. ¿Seguro que te encuentras bien? ―me preguntó, esta vez acercándose a mí.

Un rayo de sol cayó en oblicuo sobre su cara en el momento en que se apoyó sobre mi mesa. En la oficina, cuando la luz del sol se posaba sobre nuestros escritorios, podíamos hacernos una idea de que el verano estaba cerca. Generalmente, los días soleados y radiantes de abril me levantaban el ánimo, pero aquella mañana… Rafa se aseguró de aplastármelo.

―Lo siento, Emilio. Me he despistado.

¡Maldito Rafa!

―No importa, envía las nóminas y márchate a casa, ya es casi la hora y se te ve un poco cansada ―añadió él, mirándome por encima de las monturas negras de sus gafas, al mismo tiempo que alargaba el brazo para coger una carpeta de mi mesa.

Emilio sabía que algo me sucedía. No era propio de mí cometer errores durante mi jornada de trabajo. En otras circunstancias le habría dicho que no, que no era para tanto, pero en ese momento me sentía sin fuerzas, así que hice lo que me dijo. Me levanté, todavía exhausta, cogí mi bolso y mi chaqueta, y me marché sin decir ni una palabra.

Mis compañeros siguieron inmersos en sus tareas, apenas se percataron de mi estado de ánimo. Pero al salir, María se apartó de su mesa y me sostuvo la puerta.

―¿Cielo, qué pasa? ―Me retuvo del brazo.

Observé su pelo liso y caoba cayendo a la altura de sus hombros, y el perfecto maquillaje de sus párpados enmarcando unos bonitos ojos avellanas.

―Rafa me ha dejado a través de un e-mail ―murmuré de forma que solo me oyera ella.

―¿En serio?

Asentí con la cabeza. Ella hizo un gesto de disconformidad con sus ojos.

―¿Estás bien? ¿Quieres que te acompañe a tu casa?

―No, tranquila, estoy bien. Solo necesito descansar un poco.

Lo único que quería era salir de la asesoría y llegar a mi casa. Necesitaba leer nuevamente el dichoso correo. Ansiaba entender qué estúpida razón le había llevado a escribirme ese ridículo mensaje, en vez de decírmelo en mi cara.

―Luego te llamo y charlamos más tranquilas, ¿de acuerdo?

―De acuerdo.

―Todo pasa, cariño ―susurró María, acercándose a darme un beso en la mejilla.

Trabajar con María, probablemente, era uno de los estímulos más confortables y satisfactorios de mi existencia. María tenía cincuenta y tres años, era hermana de mi jefe y trabajaba en la asesoría desde que se abrió.

Yo era asesora laboral. Llevaba seis años allí, empecé de prácticas y desde entonces seguía en la oficina. No es que me apasionara lo que hacía, pero me encantaba el ambiente de trabajo. Mis compañeros eran estupendos y me sentía muy arropada por ellos. Éramos tan solo seis personas, cuatro eran hombres. Todos estaban casados, menos yo. Bueno, y María que estaba separada. Tenía una hija de veintidós años que en esos momentos estudiaba Psicología en Madrid. Se había separado hacía diez años y no había tenido otra relación estable desde entonces.

María era una de esas féminas independientes, modernas y renovadas. La vida no había sido muy considerada con ella, no tuvo más remedio que sobrevivir y adaptarse a la idea de criar a una hija adolescente prácticamente sola. Y todo porque su marido escogió ponerle los cuernos con la madre de la mejor amiga de su hija. ¡Sí, señor! Todo eso me lo contó María en una cena navideña de empresa.

Así que, cuando María me dijo en la puerta de la asesoría «todo pasa», yo sabía muy bien a lo que se refería. Si una mujer que ha sufrido en su propia piel los terribles efectos de la traición… te dice que todo pasa, jamás debes cuestionar su veracidad. Viniendo de ella, realmente me ayudó.

¿Pero de qué me sorprendía? De Rafa ya nada debía asombrarme. Era capaz de hacer las cosas más estúpidas e irracionales que jamás hubiera imaginado.

A las dos y media de la tarde abandoné mi lugar de trabajo, abrumada. Tenía la sensación de que todo aquello no era más que una terrible confusión. Estaba segura de que Rafa pronto se arrepentiría y volvería a mí, como hacía siempre. Pero entonces, ¿por qué tenía aquel desagradable presentimiento instalado en mi estómago? ¿Sería ese e-mail el punto final de nuestra relación?

Me detuve en el escaparate de la tienda de bolsos que hacía esquina con la calle Cánovas del Castillo. Cada mañana, al entrar y al salir de la asesoría, dedicaba unos minutos a admirar las prohibitivas colecciones de bolsos de aquella sofisticada tienda que había junto a la asesoría, pero ese día apenas me fijé en ellos, creo que fue la rutina la que me obligó a detenerme. Ese día, en mi cabeza, solo aparecían las cuatro absurdas líneas del estúpido mensaje de Rafa.

Volví a casa callejeando por el centro. Deambular por el casco antiguo de mi ciudad era un verdadero placer. Cádiz era una ciudad preciosa. Y no es que lo diga yo, el mismo Lord Byron la bautizó como la «Sirena del Océano». Tan llena de historia y belleza que pasear por sus plazas, jardines, iglesias y playas era transportarse a otra época. Una de esas ciudades abarrotada de leyenda y embrujo. Desde luego si sus murallas hablasen… estoy segura de que no harían más que susurrar versos y coplillas.

Corté camino y atravesé la Plaza de las Flores y, a pesar de que mi estado de ánimo era nefasto, toda aquella algarabía de establecimientos populares, bares, comercios y puestos de flores retardaron mi inminente calvario. El día estaba resplandeciente y el agradable aroma que desprendía aquel aluvión de azucenas, lirios, claveles, gladiolos y girasoles alcanzó mi sentido olfativo y suavizó mi malestar.

Pero, a pesar de que el camino era cautivante, mis pensamientos eran más negativos que nunca, y de repente sonó el móvil. Empecé a escarbar en mi bolso, apartando todo tipo de objetos inservibles que iba encontrando: un bolígrafo que no pintaba, un paquete de clínex vacío, tickets de compras de Dios sabe qué. Hasta que, finalmente, encontré el ansiado teléfono. Descolgué sin mirar el número.

―¿Sí?

―Carol, cariño, soy Cris.

En cuanto oí su voz, me di cuenta de lo mucho que la necesitaba a mi lado en esos momentos. Era ella: mi hermana.

Vivíamos juntas, ella era dos años más pequeña que yo, aunque hacía algunos meses que se había marchado a Ámsterdam a estudiar con una beca, pero en el verano volvería. La echaba tanto de menos… Sobre todo ahora.

Al menos, aquella conversación hizo que me olvidara momentáneamente de mi patética situación y me centré en conversar con mi hermana el resto del camino. Sin embargo, en algún momento de nuestra cháchara me sentí con la necesidad de contarle lo que acababa de ocurrirme.

―Carolina, en junio volveré a Cádiz a pasar el verano contigo. Ya verás qué bien vamos a estar, juntas de nuevo. Olvida a ese idiota, tienes que pasar página. Después de lo malo siempre llega algo bueno y, desde luego, tú te mereces lo mejor. Por favor, tienes que salir a divertirte. Eres muy joven, Carolina, ¡acuéstate con otros chicos! Dale un giro a tu vida. Lo necesitas.

De pronto sus palabras se me antojaron perezosas. El solo pensamiento de imaginarme con otro chico me ponía los vellos de punta. Rafa era la única persona con la que había estado en mi vida. Empecé con él a los diecisiete años. En la cama era un amante bueno, un poco egoísta a veces, como en todo lo demás, pero había disfrutado del sexo, o eso creía…

―Te lo dije, Carol, deberías haberte venido conmigo. Vente a Ámsterdam, esto es distinto. Empezaremos de cero.

Por un momento, la idea me pareció tentadora, pero yo no era muy aventurera. Aquí tenía un trabajo en el que me sentía muy cómoda. Mis compañeros eran adorables y mi sueldo no estaba del todo mal. Además, yo adoraba mi ciudad, creía que no había otro sitio en el mundo en el que se pudiera vivir mejor. No me sentía capaz de abandonar todo esto, el mar, mi casa, mi gente… Cristina era muy distinta a mí, le encantaban las nuevas experiencias, correr riesgos.

Yo, sin embargo, necesitaba estabilidad, control. Aquí tenía algo que era seguro. Siempre pensé que Cádiz era un buen sitio para crear una familia. Una ciudad tranquila y segura…

No, lo que ella me proponía no era para mí.

Colgué el teléfono con la esperanza de que el tiempo pasara rápido y Cristina, al fin, volviese a mi lado. Sabía de sobra que los días posteriores a este no serían nada fáciles , y la soledad amenazaba con invadirme de nuevo.

Media hora después, estaba en mi casa. Cris y yo vivíamos en un pequeño y confortable apartamento en pleno paseo marítimo, frente a la playa de Santa María del Mar. Un espacio sencillo y acogedor, formado, básicamente, por un salón luminoso con cocina americana, dos habitaciones y un pequeño cuarto de baño. En un bloque de pisos, grande y antiguo, pero que se conservaba en muy buen estado. Nuestro apartamento estaba en la quinta planta, con lo cual, las vistas al mar eran magníficas. Mi hermana se había encargado de posar su firma en la concisa magnitud de aquella estancia. Le encantaba comprar muebles antiguos y restaurarlos. Cada vez que aparecía con alguna de esas antigüedades, yo me echaba las manos a la cabeza. Pero lo cierto era que terminaba por gustarme todo lo que ella engalanaba.

Vivir frente al mar era algo que me fascinaba. Podía pasarme las tardes observando cómo el sol se fundía en el horizonte. Era grandioso saber que vivíamos a tan solo unos pocos kilómetros de distancia del continente africano. Creo que, en cierto modo, la diversidad salvaje de la naturaleza y la exuberante belleza de aquella tierra, se reflejaba en nuestros atardeceres gaditanos y convertía a la hermosa isla de Cádiz en un sitio único en el mundo.

Un lugar mágico. Una ciudad para reír, para disfrutar, para deleitarse, para sentir y para enamorarse. Sin embargo, yo empezaba a sentirme perdida…

Solté el bolso y lo primero que hice fue coger el portátil. Abrí mi correo electrónico y allí estaba, en el buzón de entrada. Solo a él se le habría ocurrido llamar al asunto: «Despedida». Podría haber escogido muchas formas de dejarme; no sé, una carta, un mensaje, una llamada de teléfono…, pero no, él había optado por escribirme un e-mail. Quizás tan solo se debía a su repentina novedad por sentirse partícipe al mundo cibernético. ¡Qué sé yo…! Todo eso me parecía surrealista, pero, a pesar de todo, lo volví a leer, me moría de curiosidad por saber qué había tras ese simple y ruin mensaje, qué le había impulsado a escribirme eso.

 

«Hola, Carol, siento no poder decirte esto a la cara, pero no creo que debamos seguir saliendo. Hace tiempo que quiero contártelo, pero no he visto el momento. He dejado en mi casa todas tus cosas en una caja, y tu bicicleta está en el trastero de mis padres. Llama a mi madre que ella te lo dará todo. Lo nuestro no ha funcionado. Ya no estoy enamorado de ti, lo siento».

 

Me quedé durante un buen rato leyéndolo una y otra vez. Cinco líneas de palabras necias, vacías y frívolas. Casi tanto como él. Acto seguido borré el correo y les pedí a mis ángeles que lo sacaran de mi cabeza a la misma velocidad con la que aquellas palabras se habían esfumado de la pantalla. Luego, apagué el ordenador.

La realidad era que, a mis veintisiete años, había pasado diez con una persona que no me había valorado ni respetado, y lo peor de todo era que yo siempre fui consciente. No sé por qué, pero nunca tuve la valentía de dar el paso y ser yo quien le dejara. Ahora me sentía fatal, sentía que había tirado a la basura diez años de mi vida; desperdiciados junto a la persona más superficial, estúpida y caprichosa que había conocido jamás.

Todos mis planes, mis ilusiones… Todo se había esfumado, ya no quedaba nada. Sentía que en mi vida sentimental siempre tomaba decisiones equivocadas. Hacía mucho que debí haber terminado mi relación con ese innombrable. Desde el momento en que me di cuenta que no tenía futuro alguno.

Aquella noche fue horrible, pero a la mañana siguiente me obligué a ver las cosas bajo otra perspectiva. El trabajo me reconfortó, allí me sentía arropada, mis compañeros me cuidaban. Emilio se acercó un par de veces a mí y me preguntó si quería café. Tenía trabajo atrasado, así que rechacé su invitación amablemente.

María se levantó alguna que otra vez y me preguntó qué tal me encontraba. Estaba deseando que se lo contara, así que le dije que cuando termináramos de trabajar nos tomaríamos unas cervezas. Ella era una buena amiga y siempre daba sabios consejos.

Al acabar nuestra jornada, nos fuimos al bar que estaba frente a la oficina. Una taberna pequeña pero muy acogedora, donde acostumbrábamos a desayunar y a tomar algún que otro aperitivo. Nos pedimos unas cervezas y las acompañamos con un poco de queso manchego. No tenía mucho apetito, pero ella insistió en que comiera algo. Hice por no decepcionarla. Como era de esperar, María comenzó con su interrogatorio.

―Bueno, nena, cuéntame qué te ha hecho ahora el inepto de tu novio.

Lo cierto era que la compañía de María me sentaba muy bien en esos momentos.

Abiertamente le conté todo: lo del e-mail, mi decepción; la tarde y la noche que había pasado en mi casa lamiéndome las heridas; la última conversación con mi hermana, incluida sus sugerencias sobre lo de acostarme con otros chicos y, sobre todo, le hablé de todos mis miedos, inseguridades y toda la mierda que rondaba por mi cabeza. María, como yo esperaba, me dio su punto de vista más sincero.

―Cariño, realmente es lo mejor que te ha podido pasar. ―La miré apesadumbrada y ella continuó―: Carolina, quiero decir que esto te iba a suceder tarde o temprano. Ese chico no te merece, es inmaduro, superficial y aburrido. No camináis en la misma dirección. Ambos queréis cosas diferentes. Tú eres una chica muy lista, divertida y preciosa y con todo un futuro por delante. No deberías conformarte con un tipo que no te quiere lo suficiente. Es mejor que esto te haya sucedido ahora y no dentro de unos años, cuando ya estuvieseis casados y con hijos. Créeme cuando te digo que es mejor así.

―¿Cuando tu marido te engañó…, tardaste mucho tiempo en olvidarlo?

―Verás, Carol, es imposible olvidar al padre de tu hija. Pero sí, lo superé, si es a eso a lo que te refieres. Como tú también lo superarás.

―Sí, supongo. ―Me quedé un rato absorta, y luego ella me preguntó:

―¿Sabes quién es ella?

―No con seguridad, pero me hago una idea.

 

Los dos meses siguientes fueron una absoluta tortura. Me sentía tan sola que temía cometer la locura de suplicarle a Rafa un atisbo de compasión. Y lo peor de todo era que, a medida que pasaba el tiempo, me daba cuenta de que no era a él a quien añoraba, sino al patético hecho de tener una compañía, una rutina.

Me pasé un montón de tardes en mi sofá, y no es que no me gustara, probablemente era de los muebles que más me agradaban de mi casa. Era marrón, muy antiguo, pero infinitamente cómodo. Mi hermana lo había adornado con una manta color beige y unos cojines con un estampado de leopardo. Muy cursi en mi opinión, pero no estaba mal, al fin y al cabo, ella tenía mejor gusto que yo. En uno de los brazos del sofá había un boquete enorme que yo intentaba cubrir con la manta.

Maldecía a Rafa cada vez que veía aquel agujero, fue su perro. Un pastor alemán, de pelo color canela, al que él llamaba Yago. Mordió el sofá cuando era un cachorro, ahora tenía cuatro años. El perro era adorable, aunque el día que hizo aquel estropicio lo hubiera sacrificado de buena gana.

Pero a pesar de lo mucho que me gustaba mi sofá y de lo confortable que era, empecé a odiar tener que pasarme las tardes tumbada allí, sin saber qué hacer. Los libros eran mi pasatiempo favorito, pero hubiera preferido tener una vida propia, una apasionada historia de amor, en vez de tomar prestadas las que se revelaban en aquellas páginas. Odiaba saber que cualquiera de esos personajes de las novelas tenía una vida más entretenida que la mía, incluso los personajes secundarios.

Los días pasaban ante mis ojos y mi único entretenimiento era fantasear con que el amor de mi vida se presentara ante mí de una manera inusual. Deseé que algún hombre misterioso hiciera su aparición en mi existencia y pusiera mi mundo patas arriba. Como aquellos personajes de las novelas. Los que se adentran en tus pensamientos e ilusiones y se meten en tu cuerpo y en tu mente de manera adictiva.

Yo tan solo deseaba eso.

Aunque después del desengaño de Rafa, dudaba mucho que fuera posible. Mi relación no había sido precisamente idílica ni apasionada. No creía que aquello de lo que hablaban esas novelas pudiese ser real. Sin embargo, soñar era algo que me estaba permitido y, mientras tanto, yo seguiría soñando con ese hombre misterioso. Ese que trastocara mi hastiada y soporífera realidad.

 

 

 

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