Etapas 2

¿Cuántas veces en la vida te planteas cómo vestirte para cometer un asesinato? No muchas, ¿verdad?

Está bien, tal vez me estaba pasando. Quizá no iba a matar a nadie, pero era muy probable que esa tarde corriera la sangre.

Las manecillas del reloj seguían avanzando y yo aún no tenía ni idea de qué ropa ponerme para aparecer por aquel bar. Sabía que me encontraría con él y con la dichosa Susana alias “muñequita guión bajo rubia”. La cosa se ponía fea. Muy fea. Sobre todo porque cuanto más lo pensaba, más aumentaba mi ira.

Irene había sido breve. Demasiado. Sin embargo, los datos que me había dado eran más que suficientes para que en mi cabeza yo proyectara la escena que temía encontrarme. Y por supuesto no iba a aparecer por allí con la ropa de vagabundo que llevaba en ese momento. ¡Oh, claro que no!

No pensaba humillarme delante de él. Fingiría ir en busca de mi amiga. Mientras tanto, tendría que escoger un conjunto apropiado para la ocasión y maquillarme a conciencia. Susana no era del montón. Ya lo creo que no. Hablábamos de una tía que me sacaba dos cabezas, con unas piernas kilométricas, unas tetas imposibles de ignorar, y una de esas voces dulces y melodiosas que a todo hombre le gusta oír entre gemidos diciendo guarradas.

Tenía que enfrentarme a eso y a un Miguel muy cabreado y borracho. No, no  iba a ser fácil decidir mi indumentaria.

Finalmente, acabé con un sobrio jersey negro de cuello alto , mis pitillos denim y unos botines negros de medio tacón. Al fin y al cabo, era mejor estar cómoda y preparada para lo que fuese a suceder.

Agarré mi cazadora de piel roja y me pinté los labios del mismo color. Teniendo en cuenta que no contaba con mucho tiempo para decidirme, el resultado no me disgustó.

Llegué a la calle San Francisco con el pulso descontrolado y las ideas confundiéndome las emociones. Tenía la boca seca y un mal presentimiento me había perseguido durante todo el camino. Hacía demasiado que no sentía esa sensación de inseguridad, y volver a revivirla fue realmente desagradable.

Antes de llegar a la puerta de aquel bar, me detuve. Necesitaba pensar qué le iba a decir, pero, claro, eso dependía de lo que me encontrase al girar la siguiente esquina.

Así que, sin más dilaciones, continué avanzando y justo cuando enfoqué la fachada del bar, los vi. Me costó identificarlos entre las personas que se agolpaban en la terraza del local.   Estaba bastante concurrido a esa hora. Todo el mundo parecía tener una excusa perfecta para celebrar algo y emborracharse. Todos menos yo…

A la primera persona que reconocí fue a Marian. Hablaba con…él. Sí, era él. Mis pies se pararon en seco para contemplarles.

Miguel estaba apoyado en la pared, llevaba una camisa azul de rayas diplomáticas por fuera de los pantalones y sujetaba su americana con una mano. Era más que obvio que se había peleado con alguien.

Tenía el cabello despeinado y a esa distancia no estaba muy segura de que lo que tenía cerca de la boca era sangre, pero cuando avisté cómo se llevaba un clínex al labio  con la otra mano, mis sospechas fueron confirmadas.

Lo único positivo de aquella escena era que Susana no estaba allí. Marian parecía estar echándole un buen sermón y él miraba hacia otro lado con indiferencia.

Sentí el impulso de intervenir, quería acercarme y preguntarle de una vez qué demonios estaba sucediendo, pero quizá era mejor esperar a que ellos resolvieran sus diferencias.   Desde allí, donde me encontraba, intenté leer los labios de Miguel, pero no lo conseguí. La disputa se intensificó a juzgar por los gestos de ambos y, finalmente, Marian se dio la vuelta y se marchó. Su semblante derrotado mientras se alejaba me conmovió.

Quise correr tras ella, sin embargo, era Miguel quien acaparó toda mi atención. Él se pasó una mano por el pelo y se movió de un lado a otro, nervioso y mascullando palabras ininteligibles.

—¡Joder! —me pareció entender que decía.

Fue entonces cuando decidí que había llegado el momento de plantarle cara. Así que me adelanté sin pensarlo ni un segundo más y de pronto…ella. Cómo no. Susana.

Salió del bar con dos copas en las manos, sonriendo y moviéndose al ritmo de la música que se filtraba al exterior y le ofreció una a Miguel. En el cuello, a modo de bufanda, llevaba una guirnalda roja y en lo único que pensé fue en estrangularla con ese estúpido adorno. Me detuve de nuevo con el corazón tan inerte como mis pies. Solo observé. Por un instante creí que él rechazaría esa copa, pero ella insistió poniéndole morritos y él aceptó premiándola con una amplia sonrisa.

Y mientras yo sentía cómo la sangre abandonaba mi rostro, luché con mi cuerpo por no perder las formas. Ellos continuaron conversando animados y despreocupados. Sabía que de un momento a otro ambos me verían. De hecho, él solo tenía que apartar sus ojos del escote de Susana y me descubriría allí de pie, en mitad de la calle, completamente paralizada y decepcionada.

Pero no sucedió de esa manera. Tuve tiempo suficiente para asimilar que estaban flirteando en mis narices. Tiempo suficiente para avivar mi ira y alimentar mis ganas de matarlos lentamente. Mi

cabeza no dejó ni un segundo de imaginarlos juntos de nuevo. A él parecía importarle un pimiento que Marian se hubiera marchado dolida. Ahora toda su atención estaba en los movimientos sensuales de Susana. En aquella conversación que a él le resultaba tan divertida…

Sin embargo, fue Irene quien me sacó de mis diabólicas cavilaciones.

—¡Sara!

Desvié la mirada hacia ella y luego me di cuenta que la feliz parejita me había descubierto. La sonrisa de Miguel se desvaneció en un santiamén. Supongo que a pesar de estar borracho como una cuba, adivinó que lo había pillado coqueteando. Mi amiga giró la cabeza para ver con sus propios ojos lo que yo estaba contemplando, y sin decirme nada se apresuró hasta mí.

Respiré y de repente mis articulaciones volvieron a activarse. Me adelanté para unirme a Irene, ignorándole. O al menos esa era mi intención.

—Hola, Irene.

—Sara, está muy borracho. Deberías llevártelo —murmuró ella entre dientes, de espaldas a Miguel.

Él no se movió de donde estaba. Ahora ya no se reía de aquello que Susana, en un estado de embriaguez lamentable, le decía

apoyándose en su hombro.

—Ni hablar… Hoy ya he visto todo lo que tenía que ver —mascullé asesinándolo con la mirada.

Pero mientras Irene hacía el intento de contarme cómo habían sucedido los acontecimientos, él dejó su copa en una mesa alta que había junto a la puerta del bar y no tardó en plantarse frente a mí. Guardó el clínex con el que se estaba limpiando la sangre del labio en su bolsillo derecho del pantalón.

—Vaya, vaya, al final te has decidido a venir —dijo colgándose la chaqueta al hombro.

Irene llevaba razón, cuando lo observé de cerca vi que estaba mucho más ebrio de lo que yo había percibido anteriormente.

—Hola, Sara —canturreó Susana, siguiéndole y colocándose a su lado.

Ella le dio un sorbo a su gin tonic y se atusó la melena.

Ni siquiera me tomé la molestia de saludarla.

—No he venido por ti —protesté dirigiéndome a él.

—Yo no he dicho eso —murmuró él encogiéndose de hombros.

Lo miré de arriba abajo sin importarme que Susana e Irene fueran espectadoras. Estaba hecho un desastre. Su camisa  mostraba salpicaduras de sangre y tenía un bolsillo descosido. Mi cabreo aumentó.

—¿Te has propuesto convertirte en el gilipollas número uno de estas Navidades?

Él se lanzó una ojeada y luego balbuceó:

—Bueno, es posible.

Dios, quería abofetearlo y gritarle que era un estúpido y un inmaduro, pero en vez de eso miré a Susana y articulé:

—Bien, en ese caso, será mejor que te quedes aquí con Susana y me dejes en paz.

Ella no se movió de donde estaba. No dijo nada. Y di gracias a Dios porque así fuera.

Agarré a Irene del brazo, que seguía sin abrir la boca, y la insté a meternos en el bar. No obstante, él me apresó la muñeca.

—Hoy me has dejado solo en la comida. Todos mis compañeros han ido con sus parejas y tú no has venido —dijo enfadado.

Me zafé de su capción de mala gana.

—Pues no parece que hayas perdido el tiempo.

Cuando he llegado se te veía muy alegre y risueño. Susana, intuyendo que la cosa empezaba a ponerse fea, se dio media vuelta y desapareció. Después de todo no era tan tonta…

Irene lo intentó, pero yo la tenía sujeta con fuerza del antebrazo. Por nada del mundo quería quedarme a solas con él.

—Susana es mi amiga. ¿Es que ahora ya no puedo tener amigas?

—Vete a la mierda —farfullé.

—No empieces a montarte tu película, Sara. Solo estábamos charlando —dijo haciendo un esfuerzo por sonar convincente.

Le respondí con una mirada fulminante.

—Sara, te esperaré dentro —murmuró Irene con su mano sobre la mía.

La dejé ir y me crucé de brazos. Me enfrenté a sus ojos, de nuevo.

—¿Por qué tienes sangre en el labio? —le pregunté dispuesta a obtener una respuesta clara y concisa.

Suspiró y luego soltó una risita amarga.

—Sousa me ha dado un puñetazo. Y tú, si quieres, puedes darme otro. Me lo merezco, ¿no?

Me humedecí los labios.

—¿Todo esto es por Marian? ¿Estás así porque ella y Sousa son pareja?

—¿Para eso has venido? Otra vez vamos a hablar de lo mismo… —masculló.

—No, claro que no. Ni siquiera he venido para hablar contigo. Así que puedes ir a buscar a Susana y acabar lo que probablemente estabas dispuesto a hacer.

Me giré, pero esta vez me sujetó el brazo.

—¿Acabar el qué? ¿Estás celosa? —dijo ocultando una sonrisita cargante.

Lo miré a los ojos y le brillaban. Era la primera vez que lo veía tan borracho y admito que no me gustó en absoluto.

—¿Celosa? No, Miguel, estoy decepcionada. Creí que por fin empezábamos a tener una relación de verdad. Pero me acabo de dar cuenta que esta es tu apocada manera de enfrentarte a algo que no apruebas.

—¿Pero qué dices? ¡No tienes ni idea de lo que hablas! —vociferó, llamando la atención de la gente que se encontraba tranquilamente acomodada en la terraza de aquel bar.

—¡No te atrevas a gritarme! —le amenacé de forma deliberada, ignorando a los curiosos testigos de nuestra monumental disputa—.He llegado aquí y te he encontrado con los ojos en las tetas de una

tía con la que follaste cuando ya estabas conmigo. No sé si tu repugnante borrachera te dejará entender lo que va a pasar a partir de ahora, pero créeme que hoy más que nunca sé de lo que hablo.

—¡¿Vas a dejarme?! ¡¿Es eso lo que me estás

diciendo?! —exclamó rabioso.

Hice un esfuerzo por no dejarme llevar por la furia que sentía.

—Vete a tu casa, Miguel. No pienso seguir hablando contigo en este estado.

Se frotó la frente, miró al suelo y otra vez a mí.

—Creí que era nuestra casa.

—Yo también creí que eras un hombre sensato y ahora solo veo a un imbécil borracho delante de mí.

Silencio.

Él alzó los brazos, rendido. Ese último comentario le hizo daño y en parte me alegré de que así fuera.

—Bien, como quieras, me largo…

—Sí, márchate.

Se puso la chaqueta sin apartar sus ojos de los míos, luego se pasó una mano por el pelo y antes de darse la vuelta

chasqueó la lengua.

—Ven conmigo —susurró.

—No, hoy no.

Percibí desencanto y frustración en su mirada, pero aun así no me amilané.

Me quedé allí el tiempo suficiente para ver cómo se alejaba de mí. Estaba confusa y no sabía qué hacer. Por un lado quería asegurarme de que llegara a su casa sano y salvo , pero por otro…necesitaba darle un escarmiento. Él estaba actuando de un modo desmedido. Jamás le había visto tan cabreado y resentido. Era obvio que había algún matiz en toda aquella historia de Sousa y Marian que yo no sabía.

Miré al suelo e intenté recomponerme interiormente. Algunas personas de las que permanecían a mi alrededor me observaban con algo parecido a lástima. Y lo cierto era que mi rostro no podía ocultar la desilusión y contrariedad que me recorría.

Pensé entrar en el bar y decirle a Irene que me iba a mi casa. Pero ni siquiera me quedaron ánimos para eso. Simplemente me marché.

 

Dos días son tan solo cuarenta y ocho horas. Quizá no es mucho. Quizá el tiempo pase rápidamente cuando eres una persona medianamente feliz, pero ese no era mi caso. Yo no era feliz sin él. Y a esas alturas ya sabía que no lo sería nunca. Pensar continuamente en mi desafortunada realidad me estaba consumiendo. Así que no reflexioné sobre las consecuencias de lo que me dispuse a hacer, tan solo me planté en la puerta de

su piso el lunes de esa semana cuando acabé mi jornada de trabajo y abrí con mi llave.

Ahora que lo pienso, me estaba engañando a mí misma. Repetirme mentalmente que mi invasión en su propiedad era para recoger algunas de mis cosas, concretamente mis planchas del pelo, era una excusa insustancial. Sobre todo, porque me daba igual el aspecto de mi cabello.

De hecho, mi coleta maltrecha y aquella ropa corriente que había escogido al azar esa misma mañana, daban prueba fehaciente de que no me encontraba en mi mejor momento emocional. En realidad, lo único que quería era una reacción por su parte. Necesitaba saber qué le estaba pasando. Y si llevarme mis cosas de su casa lo hacía reaccionar, era justo lo que haría.

En su apartamento todo estaba ordinariamente limpio. Quizá había algunas prendas de más sobre su cama y en el baño, pero por lo demás nada que despertara mi curiosidad. Agarré lo que necesitaba para que se diera cuenta de que había estado allí y me marché.

Pero a eso de las diez y media de la noche, cuando ya había vuelto a mi casa y me preparaba, sin mucho atino, algo de comer sobre la encimera de la cocina, oí la cerradura de la puerta. Era él, abriendo con su llave. La misma que yo le había facilitado tan solo unos meses antes.

Enderecé los hombros e intenté actuar con naturalidad. El corazón me latía descontrolado.

Nuestras miradas se encontraron mientras él cerraba la puerta.

Lo observé fijamente, calibrando la pérdida de brillo en aquellos ojos esmeralda y la dureza de sus facciones. Llevaba una sudadera gris con capucha y encima una cazadora sport. No hizo el amago de quitársela. Simplemente se guardó las llaves en el bolsillo de su vaquero y se plantó en medio del salón con una actitud airosa.

—¿Te has llevado tus cosas de mi piso? —inquirió con el cejo visiblemente fruncido.

—Así es. Necesitaba mis planchas del pelo y… estaban allí —respondí con un hilo de voz, rompiendo nuestro contacto visual.

—¿Y todo lo demás? ¿El cepillo de dientes y tu ropa? —dijo dando un paso hacia mí.

—Bueno, me alegra saber que te preocupas por mis efectos personales. Creí que después de dos días sin saber nada de ti, igual no te dabas ni cuenta de que me los había llevado.

Intenté concentrarme en la tarea de prepararme aquel sándwich.

—Tú también podrías haberme llamado. Te pedí que te vinieras conmigo y no lo hiciste.

—Estás hablando del sábado, ¿verdad? Espera, déjame que piense. ¿No fue ese el día en el que te pillé borracho y babeando ante el escote de tu amiguita Susana? —Él cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra e hizo un gesto con la cara de exasperación—. Ah, y si no recuerdo mal le pegaste a alguien ese día, ¿no? —Solté el cuchillo con el que estaba cortando un tomate en rodajas y me di la vuelta para meterlo en la pila de fregar—. Si te refieres a ese día, no, no me apetecía demasiado estar contigo.

—No le miré las tetas a Susana. No me interesan sus tetas en absoluto —dijo imperturbable.

—Sí, ya…

—Sí, es verdad. Ni siquiera sé porqué no viniste al almuerzo. Yo no te he hecho nada.

Solté una risa con desgana y negué con la cabeza.

—Quizá no me gusta demasiado cómo estás canalizando el asunto de Marian. Quizá, y solo quizá, creo que estás actuando de un modo egoísta e infantil y que en estos momentos en lo único que estás pensando es en ti mismo.

—¡Era el mejor amigo de mi padre! —masculló.

Luego comenzó a moverse de un lado a otro.

—¡¿Y qué?!

—¿Cómo que “y qué”? Maldita sea, los amigos no hacen esas cosas. No se follan a las mujeres de sus colegas. ¡Pero, claro, eso ya no tiene validez si tu amigo se muere, ¿no?!

—Miguel… —susurré con voz tranquilizadora.

Su rostro delataba signos de cansancio.

Aquel asunto le estaba haciendo bastante daño.  Hasta ese momento no me di cuenta que tal vez revivir la muerte de su padre le habría abierto viejas heridas.

El corazón se me rompió.

—¿Es que acaso el código de la amistad se rompe en cuanto asesinan a tu mejor amigo? Como está muerto ya no cuenta, ¿no? —dijo desolado.

—No. No es así, pero tienes que entender que ella quiera rehacer su vida —alegué, dejando lo que estaba haciendo y apoyando

mis manos sobre la encimera.

—¿Y tiene que ser con Sousa?

—Tiene que ser con la persona que ella elija —repliqué.

Él me escrutó.

—¿No me entiendes, verdad? ¿Crees que lo que me pasa es infantil? ¿Crees que no debería molestarme que Marian sea feliz con el mejor amigo de mi padre? Pues lo siento, pero me molesta. Me cabrea pensar que ellos están juntos y mi padre está muerto. Me enfurece aceptar que fuera él quien muriera en esa redada. Me…me… Tú no tienes ni idea… —dijo sin dejar de moverse.

—Podrías contármelo —murmuré.

Salí de la cocina para acercarme más a él y me crucé de brazos a un metro de distancia.

—¿Por qué tendría que hacerlo? Te has llevado tus cosas de mi casa. ¿Qué significa, Sara?

Sus ojos bailaron en los míos.

Se metió las manos en los bolsillos de su vaquero y esperó mi respuesta.

El olor a gel de baño en su piel me llegó a pesar de que ambos intentábamos mantenernos distanciados.

—Significa que no puedo estar con alguien que no es del todo sincero conmigo. Me cuesta creer que estés así solo porque ellos dos estén juntos.

—Mi padre le salvó la vida. Murió para salvar la suya, maldita sea —confesó—.Sousa se saltó uno de los pasos del procedimiento y entró en aquel piso antes de lo que tenían previsto. —Se frotó la nuca—. Y…mi padre fue en su búsqueda. Luego vino el tiroteo y todo lo demás…

No supe qué decir. Las palabras se me quedaron colapsadas en el nudo que tenía en la garganta.

Él se alejó de mí. Estaba luchando con todas sus fuerzas por no llorar, y verlo de esa manera me desgarró.

Tragué saliva.

—Lo siento, lo que sucedió fue horrible, pero…

—¡Pero nada! —gritó, provocándome un sobresalto—.Mi padre está muerto por un error de Sousa, y ahora yo debo aceptar que este se folle a su mujer. No, Sara. No pienso conformarme con esto.

—¡¿Y qué piensas hacer?! ¿Pegarte con él cada vez que se cruce contigo? Por Dios Santo, sois compañeros de trabajo. No puedes ver las cosas de esa manera.

—Ojalá pudiera pensar como tú. Pero no puedo. No de momento.

Lo vi dirigirse hacia la puerta y la idea de que se marchara de allí aquella noche me aterrorizó.

—Miguel… —supliqué.

—¿Qué? ¿Estás conmigo o con ellos, Sara? ¿Vas a decirme que la relación de Marian va a estropear la nuestra? Si te has llevado las cosas de mi casa porque piensas dejarme, quiero que me lo digas aquí y ahora.

Lo que me había contado acerca de Sousa era algo que ambos debíamos ir asimilando poco a poco. Le conocía demasiado para

saber que su ira se iría diluyendo. Solo era cuestión de tiempo, pero si quería hacerle entrar en razón antes, teníamos que resolver nuestras diferencias.

—Me las he llevado porque estoy cabreada contigo. Te encontré borracho y coqueteando con Susana, aunque te empeñes en negarlo. No me has llamado en dos días y todavía no sé cuándo pensabas hacerlo.

—Llevo en comisaría desde el domingo al mediodía —dijo rascándose la frente. Del caso en el que estaba trabajando en

esos momentos lo único que sabía era que habían muerto dos niños inocentes y que el padre era adicto al crack y estaba en búsqueda y captura. Sé que se esforzaba muchísimo por no arrastrar a casa el estrés que le generaban los casos de ese tipo, pero a veces era inevitable—. Te he enviado un mensaje cuando he salido de trabajar diciéndote que me pasaría por aquí después de ducharme. Pero cuando he llegado a mi casa me he llevado la sorpresa de que ya habías estado allí.

—No…no lo he visto —tartamudeé pensando en que hacía horas que no miraba mi teléfono móvil. Y era cierto. Había estado tan ocupada imaginando cosas absurdas que ni siquiera imaginé que tal vez no me había llamado porque estaba trabajando.

—Bien, ¿entonces? —dijo acercándose a mí.

—¿Entonces qué?

—¿Vas a dejar este piso y venirte a vivir conmigo de una vez?

Era un momento delicado para responder a esa pregunta, pero sus ojos me decían que esta vez no estaba bromeando. Le preocupaba demasiado el hecho de que yo pudiera salir huyendo de su casa cuando las cosas se ponían feas entre nosotros, y a mí me atormentaba la idea de no tener a dónde ir si algún día todo se complicaba.

Aun así, mi respuesta fue escueta y precisa.

Suspiré reprimiendo mis ganas de lanzarme a sus brazos.

—Sí —afirmé.

Las arrugas de su frente se suavizaron lentamente y una sonrisa resplandeciente luchó para curvar sus labios.

—No vuelvas a hacerlo —dijo tirando de mi muñeca para envolverme en la calidez de su cuerpo.

Sabía que se refería al hecho de llevarme las cosas de su casa.

—Tú tampoco —respondí sin añadir nada más.

Y no hizo falta. Él ya entendió por dónde iba.

Me pinzó la barbilla y antes de estrellar sus labios con los míos, bisbiseó:

—Te quiero, nena.

Luego su beso se intensificó y mis manos se colgaron de su cuello.

Sus labios, su cara, su pelo, su olor…Todo él afianzó mi teoría de que la vida sería una triste sucesión de fotogramas sin sensaciones si nos limitábamos a vivirla el uno sin el otro.

Me cargó sobre él, sujetándome por el trasero mientras yo enterraba mis manos en su pelo y le besaba con desesperación. Cuando llegamos a la habitación él me dejó sobre la cama de pie y nos deshicimos de nuestras prendas sin dejar de besarnos.

Su lengua recorrió mi mandíbula y luego descendió lamiendo mi clavícula y más abajo mis pechos.

Tiré de él para acomodarnos sobre los almohadones con mis dedos desabrochando torpemente los botones de su pantalón.

Él me ayudó y no dejamos de mirarnos y devorarnos con los ojos mientras nos quitábamos la ropa interior.  Le rodeé la cintura con mis piernas y luego… su voz.

—Me has asustado —susurró salpicando de besos mi cuello.

Y supe con certeza qué había sentido. Pude leer en su mirada el miedo que escondía su corazón. Probablemente el mismo que el mío. Quizá por eso me había sentido tan conectada a él desde el principio.

Él temía perder de nuevo a alguien crucial y yo…yo empezaba a darme a cuenta que dependía de él tanto como él de mí.

Creo que a partir de ese día comprendí que ya nos habíamos convertido en indispensables el uno para el otro. Imprescindibles. Hasta entonces me negaba a aceptar que el precio del amor es traducir a lo esencial lo que sientes por esa otra persona. Pero, ¿de qué iba a servir negarlo? Ya ninguno de los estábamos solos. Quizá precisarnos y desearnos de esa manera era la clave de la felicidad.

—Solo intentaba atraerte a mí —declaré acariciándole la mejilla con mi dedo índice.

—¿Más? —inquirió penetrándome despacio.

Entrando en mi interior y despojándome de todos mis temores.

—Siempre más —jadeé, arqueándome bajo su cuerpo.

Nos abrazamos y él intensificó el ritmo de sus caderas…

Mis manos se deslizaron por su espalda y lo aseguré a mí.

Al fin y al cabo, no había nada en el mundo que deseara con más fuerza. Nada que tuviera tanto sentido. Nada tan real y a la vez temerario.

Por complicado que fuera, yo ya no estaba dispuesta a vivir sin él.

Más tarde, en mitad de la noche, con sus dedos serpenteando mi brazo y el calor de su pecho adherido a mi espalda, hablamos sobre ese caso que tanto le preocupaba.

Me limité a oír su voz susurrante y me acurruqué en su cuerpo, consciente de que aquel sería mi único lugar seguro en el mundo. Y él hizo lo mismo.

—Necesito tenerte en casa cuando llego del trabajo. Quiero una razón para sobrellevar la crueldad con la tengo que lidiar a diario.

Asentí y giré la cabeza para besar sus labios.

—Eres el motivo más hermoso que tengo. No te alejes de mí.

A la mañana siguiente llevé todas mis cosas a su piso.

 

La Navidad de aquel año, se convirtió en una de las más significativos de nuestra relación. Celebramos Nochebuena en la casa rural de sus tíos, arropados con el calor de la chimenea y envueltos en un delicioso aroma a comida casera y pasteles horneados. Yo ya me sentía una parte incuestionable de esa familia. Ellos se habían encargado de que así fuera. Y él…él se aseguró de que  aquella sensación  altamente confortable no

desapareciera de mi vida.

Nos reunimos todos. Es decir, sus tíos, Marian con el pequeño Bruno, él y yo.

Miguel, durante ese mes, llegó a una especie de tregua con su madrastra, que consistía en ignorar la vida sentimental de Marian y

limitarse a mantener una relación cordial con Sousa. No sé si lo hizo por Marian o por mí, pero eso era lo de menos…Lo importante era que poco a poco ellos volvían a recuperar la complicidad.

La cena fue inolvidable, y no solo por el hecho de que era la primera vez que pasaba esas fiestas con una familia de verdad, si no porque una vez más me demostró que su corazón era grande y noble.

Recuerdo que eran aproximadamente las diez de la noche cuando Victoria posó los últimos entrantes sobre la mesa y nos pidió que

tomáramos asiento. Marian y yo insistimos en ayudarla pero no lo permitió. La televisión estaba encendida y emitían uno de esos programas entrañables que suelen grabar para ese día.

Miguel jugaba con Bruno en sus rodillas e intentaba hacerle sostener una cucharilla con la nariz, mientras tanto, el pequeño inundó el salón con sus carcajadas. Por aquel entonces me no me habría importado pasarme la noche observándoles. La vida entera si era necesario…

—Venga, campeón, a comer —dijo Marian sentándose en la silla que había junto a Miguel y removiendo una especie de puré que a Bruno parecía encantarle.

Ramón agarró el mando de la tele y cambió de canal hasta que se detuvo en uno de videos musicales. La banda de OneRepublic interpretaba esa canción titulada Say.

Bajó el volumen lo suficiente para que aquella música fuera la  conductora de nuestras conversaciones y risas.

Victoria como buena anfitriona se encargó de que la comida llegara a nuestros platos.

Apenas habíamos empezado a degustar los primeros aperitivos cuando el timbre de la puerta sonó. Victoria miró a su marido con un gesto de curiosidad. Obviamente no esperaban a nadie más aquella noche.

—Espero que no os importe que haya invitado a un amigo a cenar —dijo Miguel sorprendiéndonos a todos.

Marian estaba dejando a Bruno sobre su carrito y en cuanto oyó a Miguel pronunciar esas palabras, se giró para buscarme. En aquel

instante creo que las dos deseamos lo mismo con la misma intensidad.

Fue Ramón quien se apresuró a abrir. Y de pronto… apareció con Sousa en el salón. A decir verdad aquel hombre era la versión elegante y condenadamente atractiva del agente con el que yo había hablado en la comisaría el día que descubrí toda la verdad.

El rostro de Marian se iluminó de felicidad. Y el mío seguramente delataba una profunda perplejidad.

—¿Llego muy tarde? —preguntó Sousa con una botella de vino en una mano y en la otra un tape que olía a gloria bendita.

Miguel bailó sus ojos hasta los míos por encima de la mesa. Me contempló con aquella aceitunada mirada que me prometía el mundo entero si a mí se me antojaba…con aquella expresión que revelaba cazar la eternidad si así yo se lo pedía…  y luego murmuró:

—Llegas justo a tiempo…

 

¡Feliz 2016, familia!

 

Relato extra de ¡Estoy en apuros!

AVISO: SI AÚN NO HAS LEÍDO ¡ESTOY EN APUROS! ESTE RELATO NO ES PARA TI.

Etapas 1

Vivir con un policía no resultó ser tan fácil como yo había pensado… Por supuesto que no. Sobre todo porque Miguel ya no era policía, era subinspector y yo estaba convencida de que en un par de años, como mucho, ascendería a la categoría de inspector. Con lo cual su trabajo era cada vez más arduo y peligroso. Los casos a los que él y su equipo se enfrentaban no tenían nada de ficción. Aquello era la realidad en carne y hueso. Una realidad en la que a diario moría gente inocente y otros indeseables se iban de rositas. Había días que el estrés hacía estragos en su estado de ánimo. Y aunque en ese momento no vivíamos oficialmente juntos, yo me pasaba la mayor parte del tiempo en su piso. Por aquel entonces apenas llevábamos seis meses saliendo, pero nuestra relación progresaba a pasos agigantados.

En el Centro las cosas iban avanzando tal y como las habíamos previsto. Mi ambiente laboral, una vez que logré ordenar mi vida sentimental, dio un giro gradual y todo comenzó a marchar positivamente. Pero he de decir que, en algunas ocasiones, lo único que empañaba mi felicidad era el persistente recuerdo de mi madre y saber que su día a día se reducía a una celda de cuatro lóbregas paredes. No fue fácil vivir con ello, aunque Miguel y su familia se encargaron de llenar ese vacío que yo pensaba que jamás podría cubrir. Bueno, ellos y Marian.

Es sorprendente lo mucho que puedes cambiar el concepto sobre una persona cuando decides indagar sobre ella y conocerla. Y eso fue exactamente lo que hice con la madrastra de Miguel. Al principio creí que no llegaría a simpatizar con ella, pero aquella percepción de inspectora dura, fría e implacable pronto se transformó en la de una amiga, confidente y yo diría que casi hermana. Porque así fue como con el paso del tiempo la amistad entre Marian y yo cobró importancia.

La primera vez, desde que Miguel y yo empezábamos a hacer vida de pareja, que sentí la urgente necesidad de estrangularlo fue una tarde de viernes en diciembre. Básicamente porque no pude asimilar que fuera tan obtuso y cabezota. Por no querer entender lo que era inevitable. De hecho, su comportamiento me decepcionó tanto que fui incapaz de reaccionar como una persona civilizada.

Aquel día, yo acababa de llegar al apartamento de Miguel. Eran aproximadamente las nueve de la noche y él aún estaba trabajando. Habíamos hablado por teléfono esa tarde y él me había pedido que lo esperase allí para cenar.

Estaba quitándome la cazadora cuando oí el timbre de la puerta. Al abrir, pensando que sería Miguel, me encontré con un impresionante metro setenta y cinco de inspectora Varela. Solo que en aquel momento, en su mirada, no había nada de esa impetuosa policía.

Todo lo contrario. Por primera vez, desde que conocía a Marian, me di cuenta de que tenía ante mí a su versión más auténtica.

—Hola, Sara, ¿puedo hablar un momento contigo?

—Claro, pasa. Acabo de llegar—respondí instándola a entrar.

Estaba nerviosa, era más que evidente por el modo en el que se frotaba las manos una vez que se hubo quitado el abrigo. Le pedí que se sentara y le ofrecí algo de beber, pero rechazó mi invitación amablemente.

Cuando me acomodé a su lado en el sofá y la miré a los ojos, entendí que algo importante le estaba ocurriendo. Tenía la mirada llorosa y se humedecía los labios.

—¿Qué ocurre, Marian? Me estás asustando.

—Oh, no, no, tranquila. Es…solo que esta mañana he tenido un percance con Miguel.

—¿Un percance?

Arrugué el entrecejo y ella se llevó las manos a la cara y se la frotó.

—Sí, Sara. Creo que tú eres la única persona que puede ayudarme en estos momentos. No ha querido escucharme y me temo que está bastante molesto. Verás…estoy saliendo con alguien y ese alguien es Sousa, el mejor amigo de su padre.

En cuanto dijo eso, la imagen de ese atractivo inspector de cabello castaño y espeso penetró en mi cabeza. Asentí lentamente, invitándola a que siguiera hablando.

—Miguel no se lo ha tomado demasiado bien. Pensaba hablar tranquilamente con él y explicarle que lo mío con Sousa ha sido algo repentino, incluso para mí. Pero lo ha descubierto antes de que yo se lo contara. —Se quedó en silencio unos segundos, jugueteando con su alianza—.Jamás llegué a imaginar que volvería a enamorarme de alguien con la misma intensidad que lo hice de Alejandro. De hecho, sé que nunca volveré a sentir por nadie lo que sentía con él. Pero…con Sousa he vuelto a recobrar la ilusión, Sara. Cuando mataron a Alejandro creí que yo también me moriría. No puedes hacerte ni una idea lo que significa que te arranquen todos tus sueños y esperanzas de la noche a la mañana. Todo, Sara. Todo lo que imaginé con él desapareció de un día para otro y me encontré sin el hombre al que amaba y sin un padre para mi pequeño. No ha sido fácil, créeme. Mi trabajo es bastante complicado para sobrellevarlo con un bebé que nunca tendrá una figura paterna. Te juro que hasta hace unos meses no creí que fuera capaz de fijarme en nadie, pero con Sousa…no sé explicarte cómo ha sucedido… Solo sé que con él puedo tener algo parecido a lo que tuve con Alejandro.

Hasta ese momento no fui consciente de lo duro que habría sido para Marian perder al gran amor de su vida. Yo sentía por Miguel exactamente lo mismo que ella decía sentir por Alejandro y, de repente, ponerme en su piel fue demasiado doloroso.

—Estoy segura que sí —murmuré para consolarla. Ella exhaló una dulce sonrisa y continuó hablando.

—El caso es que esta mañana, Miguel ha entrado en mi despacho y nos ha pillado besándonos. Ha sido un mazazo para él, Sara. Sé de sobra que si hubiese sido cualquier otra persona del departamento no se lo habría tomado así, pero Sousa y Alejandro estaban muy unidos y el hecho de que yo esté saliendo con el mejor amigo de su padre supone un problema considerable para él.

No supe qué responder. Y ella percibió el desconcierto en mi expresión.

—Hablaré con él —dije tras unos largos segundos.

—En realidad, lo que más me preocupa es que esto afecte a mi relación con él, Sara. Quiero que siga viendo a Bruno y por supuesto quiero seguir formando parte de su vida. De vuestra vida —recalcó. Aún seguía frotándose las manos—. He cometido un error ocultándoselo, pero solo lo hice porque quería estar segura de que lo mío con Sousa era de verdad…

Una pausa me anunció que estaba a punto de echarse a llorar. No tenía ni idea de qué era lo que Miguel le habría dicho al sorprenderlos en su despacho, pero desde luego no tenía pinta de ser agradable.

—No te preocupes, Marian. Lo entenderá —le aseguré, dándole un apretón en su rodilla.

En cuanto Miguel entrara por la puerta pensaba hablar con él seriamente sobre el asunto.

—Mañana tenemos el almuerzo de Navidad con los compañeros del departamento, ¿vendrás?

—Sí, sí…claro.

De hecho, me hizo una ilusión tremenda que Miguel insistiera tanto en que le acompañase.

—Por favor, intenta explicarle lo que te he dicho. Tal vez tú puedas hacer que el ambiente de mañana sea menos tenso.

Pero cuando ambas estábamos incorporándonos oí el traqueteo de la llave en la cerradura. Ella me miró con ojos asustados. Era obvio que ninguna de los dos lo esperaba tan pronto de vuelta. Así que cuando hizo su aparición en el salón y nos sorprendió de pie despidiéndonos, su gesto se contrajo.

Se le veía cansado. No llevaba uniforme. Ya apenas lo usaba. Casi siempre iba vestido de calle. En ese instante llevaba unos tejanos azules, un jersey azul marino de punto y su cazadora de piel marrón.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó de mala gana a Marian, desprendiéndose de su chaqueta.

Ella abrió la boca para responder, pero el comportamiento de Miguel me resultó tan inapropiado que no la dejé hablar.

—Ha venido a verme a mí, ¿algún problema? —protesté cruzándome de brazos, encarándolo.

Él paseó su mirada de ella a mí, muy cabreado, y luego mientras se daba media vuelta para encerrarse en el dormitorio tan solo masculló:

—Voy a ducharme, cuando salga espero que se haya marchado.

Marian respiró profundamente y sin decir nada, se dirigió a la puerta.

La situación era tan incómoda que en ese momento deseé buscar un hueco donde ocultarme.

—Adiós, Sara —murmuró ella, abatida.

—Marian, dale tiempo. Acabará entendiéndolo.

—Ojalá lleves razón.

Luego se marchó y yo tomé aire antes de dirigirme al cuarto de baño.

—¿Puedes explicarme qué está pasando? —inquirí, irrumpiendo sin llamar y plantándome delante de la mampara de la ducha.

Desde esa posición pude contemplar a la perfección su ancha espalda y una estupenda panorámica de su trasero. Pero intenté no desviarme del propósito de esa conversación.

Él cerró el grifo y me miró de soslayo. No me moví mientras salía y rodeaba sus caderas con una toalla.

Últimamente llevaba la barba más larga que de costumbre, lo cual le daba a sus facciones un acelerado aire de madurez.

—Te estoy hablando, Miguel. ¿No piensas contarme qué ocurre?

—Tú ya lo sabes, ¿no? ¿Para qué preguntas entonces? —respondió secándose el pelo con otra toalla.

—¿Tanto te molesta que Marian salga con un hombre? ¿Pensabas que iba a estar de luto toda la vida? Por el amor de Dios, es una mujer muy joven.

—Me importa un carajo lo que Marian haga con su vida. Lo que me molesta es que se esté follando al mejor amigo de mi padre. Joder, ¿no había más polis en el departamento? —gruñó pasando por mi lado encaminándose hacia el dormitorio.

Supe de inmediato que no resultaría tan fácil hacerlo entrar en razón.

Le seguí.

—Me lo ha contado todo. Me ha dicho que pensaba contártelo, pero que quería hacerlo cuando estuviera segura de que Sousa y ella iban en serio. Esto también la ha pillado a ella por sorpresa, Miguel.

—Sí, ya, seguro… —graznó entre dientes desprendiéndose de la toalla para ponerse un pantalón de chándal, sin calzoncillos…

Céntrate, Sara.

—Sí, es así. Y tendrás que aceptarlo.

Me lanzó una mirada desintegradora antes de meter la cabeza en su sudadera gris.

—No pienso aceptar una mierda. Y te pido por favor que dejemos esta conversación.

Era la primera vez que teníamos una discusión en su casa y lo cierto es que ninguno de los dos supo manejar la situación con pericia.

Negué con la cabeza y miré al suelo.

Él volvió a escapar de mí y se fue directo a la cocina. Pero yo no estaba dispuesta a dejar las cosas de esa manera.

Lo observé abriendo la nevera y rebuscando en su interior.

—Creo que deberíamos hablar sobre ello—dije en un tono más suave, apoyándome en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos de mi vaquero—.Sé que no es fácil para ti, pero, Miguel, sabías de sobra que tarde o temprano ella tendría que rehacer su vida. ¿Qué importa con quien sea?

Sin embargo, mis últimas palabras provocaron en él una reacción inesperada. Resopló y luego cerró de golpe el frigorífico.

—¿Vas a seguir mucho tiempo con lo mismo? Porque te aseguro que he tenido hoy un día horrible y lo último que necesito en este momento es tu estúpida terapia psicológica.

En cuanto dijo eso sentí unas ganas terribles de darle una bofetada. Tantas que di un paso atrás para alejarme de él.

Apreté los dientes sin apartar mis ojos de los suyos. Nos retamos durante lo que a mí me pareció una eternidad.

—Me voy a mi apartamento. Hoy no tengo ganas de estar aquí —dije sin más dando media vuelta.

—¿Cómo que te vas? —gruñó a mi espalda. Esta vez era él quien me seguía a mí.

—Lo que has oído. Mi estúpida terapia psicológica y yo nos largamos —protesté, poniéndome el abrigo y colgándome el bolso al hombro.

—¿Es que no puedes entender que no quiero hablar de eso hoy?

Me giré para verle la cara antes de marcharme.

—Lo entiendo perfectamente. Pero ahora soy yo la que no quiere hablar contigo de nada.

Abrí la puerta y salí al rellano. Cuando estuve a punto de bajar el primer escalón él me agarró del brazo.

—No puedes hacer esto. Se supone que vamos a vivir a juntos. ¿Qué harás cada vez que discutamos? ¿Largarte?

—No lo sé, quizá ha llegado la hora de replanteármelo. Diviértete mañana en el almuerzo.

Me zafé de su agarre y lo dejé allí plantado.

Cuando la brisa helada de aquella noche de diciembre me acarició el rostro cerré los ojos con fuerza. Tal vez me había pasado un poco con lo de no acompañarlo a la comida Navideña, pero en ese instante estaba demasiado cabreada para pensar con claridad.

Me marché a mi casa con la esperanza de que él me llamara o viniera detrás de mí. Sin embargo, nada de eso ocurrió. A esas alturas empecé a darme cuenta de que Miguel era tan testarudo y cabezota como yo.

Aquel viernes lo pasé sola en mi apartamento. Furiosa y decepcionada, haciendo zapping en mi sofá con la mente alejada del televisor. A las tres de la mañana tras dar varias cabezadas decidí acostarme en mi cama, pero cuando me deslicé bajo el nórdico, discerní que esa era la primera vez desde hacía mucho tiempo que dormiría sin él…

Al día siguiente me desperté tan temprano que casi no había amanecido. Intenté distraerme limpiando y ordenando mi armario. Miré tantas veces el móvil que fui incapaz de contarlas. Empecé a maldecir en voz baja. Me había prometido a mí misma que dejaría pasar lo del día anterior siempre y cuando me llamara para pedirme de nuevo que lo acompañara, pero el reloj de mi cocina me anunció que eran las doce del mediodía y mis escasas y optimistas perspectivas se fueron al garete. El almuerzo sería sobre la una y yo no había recibido noticias suyas.

Me movía de un lado a otro con el teléfono en la mano. De pronto oí el timbre de la puerta. Me temblaron las rodillas solo de pensar que podía ser él. Sí, seguro que era él…

Sin embargo, cuando abrí, me encontré a mi buena amiga Irene haciendo una pompa enorme con un chicle.

—¿Estás aquí? Uff, pensé que había venido para nada —dijo colándose en el interior de mi apartamento—. ¿No tenías hoy esa comida con los polis? —preguntó escaneándome de la cabeza a los pies.

Obviamente aquella indumentaria de vagabundo que solía usar para estar en mi casa no se parecía en absoluto al conjunto que tenía preparado para ese almuerzo.

—No voy a ir. Miguel y yo hemos discutido —dije tras cerrar la puerta.

—¿En serio? ¿Por qué?

—Por una estupidez, pero no tengo ganas de hablar sobre eso—respondí tumbándome en el sofá—. Pero… ¿y tú no tenías hoy también la comida de tu empresa? —inquirí contemplando sus pantalones rajados y aquellas botas con tachuelas.

—Sí, sí. He venido para que me dejes algo de ropa. Salí esta mañana de compras, pero no he encontrado nada apropiado para una ocasión como esta. Ven, necesito que me ayudes—dijo entrando en mi dormitorio dispuesta a desordenarme el armario. Propio de ella.

—¿En qué habías pensado? —inquirí cruzándome de brazos a su lado mientras ella movía las perchas de un lado a otro.

—Pues no tengo ni idea. Quiero ir muy sexi. En realidad, lo que quiero es que Víctor se muera cuando me vea. Pero que se muera de verdad, el muy capullo.

Sonreí. La situación de Irene con su jefe era cada vez más cómica. Al menos del modo en el que ella me lo narraba todo. Al parecer, después de que un día se dieran el lote en el baño de la clínica, ella descubrió que él tenía novia. Una novia que vivía en el extranjero y a la que él solía visitar muy a menudo. Desde entonces Irene le había dejado bien clarito que serían tan solo jefe y empleada y prácticamente se habían declarado la guerra. Pero a veces su comportamiento me decía que lo que realmente pretendía era conquistarlo.

—¿No decías que pasarías de él en esa comida? —dije sentándome en mi cama.

—Y pienso hacerlo. Pero ya sabes lo que pasa en estos festejos navideños. La gente se emborracha, se da abrazos, dice tonterías. Vomita. Vamos, lo normal. Y si eso ocurre. Si me da por hacer alguna de esas cosas quiero estar bien guapa.

—Bueno, espero que lo de vomitar no suceda si vas a ponerte alguno de mis vestidos.

—Vale, evitaré esa parte —dijo sacando una de las perchas de la que colgaba mi vestido rojo de cuello alto y acabado en tejido de canalé de Boohoo—. Este me gusta.

—Es bastante ajustado —le advertí.

—Entonces será perfecto —añadió ella guiñándome un ojo.

Media hora después se marchó de allí y yo volví a quedarme sola con mi pésimo estado de ánimo.

Almorcé un triste sándwich de jamón y queso mientras leía una novela de suspense repantingada en el sofá. Sobre las cuatro de la tarde el sueño comenzó a rondarme y me dormí con aquel libro sobre mi pecho. Pero a eso de las seis mi teléfono sonó con insistencia. Me desperté de un sobresalto y cuando agarré el aparato con la firme convicción de que sería Miguel, vi el rostro de Irene iluminando la pantalla. Puse los ojos en blanco y respondí la llamada.

—¿Qué te ocurre ahora? —dije con tonito.

—Sara, estoy en el pub irlandés de la Plaza San Francisco. Serra, está aquí. Tienes que venir.

—No pienso ir a ninguna parte, Irene. Estoy cabreada con él.

—No me has entendido. Tienes que venir sí o sí. Acaba de pelearse con uno de sus compañeros. No te puedes hacer ni una idea la que se ha armado en el bar. Ahora mismo está aquí fuera hablando con Marian. Creo que se ha pasado bastante con las copas. Pero a su lado está también esa tía con la que se enrolló aquel día en la fiesta de Paco. La tal Susana. Y parece muy dispuesta a darle consuelo.

—Está bien, ahora voy —mascullé sintiendo cómo la sangre comenzaba a hervir en mis venas.

 

 

Un tentempié de nombre Irene

Un tentempié de nombre Irene

AVISO IMPORTANTE:

Si aún no has leído ¡Estoy en apuros! te aconsejo que no leas este relato, pero si eres demasiado curios@…adelante.

Irene y Víctor tendrán su propia historia, así que esto solo es un poco del comienzo.

 

 

UN TENTEMPIÉ DE NOMBRE IRENE

Mi madre es una romántica. Siempre lo ha sido. A menudo la oigo decir que en las historias de amor, donde realmente ha existido amor verdadero, no debe faltar un final feliz. Pero claro, ella se pasa los días enteros viendo telenovelas. Supongo que ella entiende el amor de un modo muy distinto al resto de los mortales. Además, la suerte estuvo de su parte cuando conoció a mi padre. Él es honrado y trabajador. Quizá mi padre no sea demasiado listo pero es el hombre más bueno que conozco. Y no lo digo porque sea mi padre. Es que llegué a un momento de mi vida en el que decidí que él sería la única figura masculina en la que confiaría por el resto de mis días.

Mi hermano era otro cantar. A veces lo miraba y pensaba por qué no había heredado algo de mi padre. Al menos un poco de esa sensibilidad. Pero no. Él era de otra especie. Quizá estaba hecho del mismo material genético que el cabronazo de mi jefe…

Y sí, ahí estaba de nuevo, rondando en mi cabeza.

Dos semanas deberían haber sido suficientes para arrancármelo del pensamiento. Pero no. Allí, tumbada en mi cama, con aquellos apuntes en mi regazo, aún no entendía qué hacía yo un sábado por la mañana comparando a mi hermano con semejante gilipollas.

Por aquel entonces, en lo único que debía concentrarme era en las pruebas de acceso a la universidad. Me quedaba un verano por delante bastante apurado. Algunas asignaturas las dominaba, pero otras, como filosofía o historia, podían dañar mi nota final; y conseguir una buena puntuación era fundamental para acceder al grado de Fisioterapia en Cádiz. Por lo tanto, que Víctor no apareciera por la Clínica en los próximos tres meses o a ser posible en los próximos diez años, sería un gran alivio para mí.

Tras aquel desatinado revolcón en ese aseo, tan solo me había cruzado con él una vez, y había sido cuando yo ya recogía mis cosas para marcharme. Pero desde ahí Víctor me evitaba. No quería enfrentarse a mí. Probablemente era incapaz de mirarme a los ojos y admitir que era un ser despreciable, adúltero y mentiroso.

La clave estaba en seguir el consejo de mi amiga Sara y olvidarme de eso de enrollarme con mi jefe. Había sido una idea estúpida desde el primer momento. Así que ahora que ya sabía, casi con total seguridad, que esa tal Bárbara era su novia, lo mejor para todos sería no mezclar atún con el betún. Además, él se mostraba bastante arrepentido, lo cual me provocaba más rabia si era posible. De repente, su comportamiento había variado conmigo. Como si no quisiera desencadenar una guerra entre nosotros dos, y la última vez que me lo había encontrado ya pude hacerme un esclarecido simulacro de lo que sería en adelante nuestra, ya de por sí, dificultosa relación laboral.

—Hola, Irene —había dicho con la cabeza gacha al entrar en la Clínica un par de días antes. Yo estaba de espaldas, sacando mi bolso del armario que teníamos en una de las paredes. Eran las dos en punto de la tarde y si hubiese llegado un minuto más tarde posiblemente no me habría cruzado con él.

—Ah, hola —respondí con desinterés, dándome la vuelta y ordenando mi mesa. Por supuesto ni siquiera pude ver cómo iba vestido, porque no lo miré.

—¿Todo bien?

—Perfectamente —dije interpretando de un modo magistral, apagando el ordenador.

—Bien…Voy a…Bueno…, hasta luego.

—Adiós.

Nada más. Luego, de soslayo, lo vi perderse por el pasillo.

Lo único que supe de él esas dos semanas fue que pasaba más tiempo en las otras clínicas. Y desde entonces era su padre quien, con frecuencia, aparecía por nuestro centro de trabajo.

Lo sé, esa hubiese sido la mejor manera de sobrellevar aquella peculiar relación jefe y empleada, pero a veces el destino hace de las suyas y se empeña en complicar aún más lo que ya está tan enrevesado.

Aquel sábado en el que yo tan relajada repasaba mis apuntes de lengua e intentaba comprender las oraciones subordinadas adverbiales condicionales y concesivas, mi adorable hermano irrumpió en mi habitación.

—Irene, necesito que me acompañes a comprarme una camisa y un pantalón.

—Sí, hombre, en eso estaba yo pensando ahora mismo —resoplé, mordisqueando un bolígrafo.

—Irene, es en serio. He quedado esta noche con una chica. Y desde que voy al gimnasio se me han quedado pequeñas todas las camisas. Mira lo que me ha salido aquí —dijo mostrándome un bíceps enorme, más bien presumiendo de cuerpazo.

Puse los ojos en blanco. Pero pese a que me parecía de lo más pedante y creído del mundo, sabía que llevaba razón. No solo le habían crecido los músculos de sus brazos, también estaba más alto. Tanto que yo parecía a su lado pariente de Lisa, la mujer de David el Gnomo.

—Olvídame, Fran. Estoy estudiando.

—Venga, Irene, porfa. Tú tienes mejor gusto que yo. Además, ¿prefieres quedarte aquí tirada toda la mañana en vez de acompañar a tu pobre hermano a comprarse ropa?

—Exacto.

Sin embargo, ese día, Fran se puso demasiado pesado y al final mi madre intervino en nuestra discusión y me acusó de que yo únicamente iba a lo mío. Dijo que no entendía por qué desde hacía algún tiempo andaba siempre tan malhumorada. Fran era el ojito derecho de mi madre, con lo cual eso jugó en mi contra. Acabé sintiéndome francamente mal y después de almorzar fui yo la que entró en su habitación y le pedí que me perdonara. Se hizo un poco de rogar, pero media hora después me vi montada en el coche de mi padre de camino al centro comercial de Bahía Sur, en San Fernando.

Él conducía risueño, hablándome de la chica con la que había quedado y yo intentaba no perder el hilo de su conversación. Fue extraño. Era la primera vez que veía a Fran tan ilusionado por salir con alguien. Quizá los bíceps no era lo único que estaba sufriendo una transformación en su cuerpo…

Nos recorrimos las tiendas charlando de un montón de cosas y de pronto me di cuenta que era imprescindible para mí pasar más tiempo con mi hermano. Después de todo, él parecía estar buscando una amiga con la que sincerarse sobre los sentimientos que empezaba a sentir por esa tal Lucía. Y que hubiese recurrido a mí me llenó de orgullo.

El centro comercial a esa hora de la tarde estaba bastante concurrido. El caso era que entre aquella maraña de gente distinguí la cabeza de Víctor sobresaliendo, y mi expresión mutó de la paz al nerviosismo en una milésima de segundo. Iba con alguien, aunque a esa distancia era incapaz de identificar a su acompañante. Él aún no me había visto, pero eso no tardaría mucho en suceder, dado que estábamos a punto de cruzarnos. A medida que me acercaba atisbé que él y la mujer que lo acompañaba, porque era una mujer, se detuvieron frente a una tienda de helados. Tan solo puede observar con claridad que ella lucía una melena castaña y moldeada a la altura de los hombros. Tenía que actuar con rapidez. Fran seguía hablándome conforme avanzábamos, y yo no podía apartar mis ojos de la escena que tenía ante mí…

Víctor le ofrecía un helado a la susodicha con una sonrisa sincera y fascinante abarcando su rostro. La punzada de celos que me recorrió de la cabeza a los pies fue devastadora.

Y justo en ese instante en el que su mirada y la mía colisionaron entre aquella multitud de consumistas, lo hice. Me agarré a los hombros de mi hermano y me subí a su espalda entre risas forzadas. Obviamente, Fran no tenía ni idea de qué estaba haciendo anclada a su espalda cual orangután, así que, sujetando mis piernas, comentó extrañado:

—¿Qué coño haces, Irene?

Le di un beso en la mejilla con mis brazos alrededor de su cuello y murmuré:

—Sígueme el rollo, porfi. Hay un tío ahí que es gilipollas y quiero que crea que eres mi novio.

—¿Ah, sí? ¿Está por aquí cerca el gilipollas? Dime quién es —dijo él esta vez sonriendo, mirando a un lado y a otro, y asegurándose de que me tenía bien sujeta.

—No¬ —protesté agarrándole la cara, evitando que se encontrara con aquel Víctor estupefacto. A juzgar por la expresión de mi jefe, también para él había sido una sorpresa encontrarse conmigo—. Quiero que se lo crea de verdad.

No pasé desapercibida las miradas escandalizadas de algunas personas a nuestro alrededor mientras mi hermano y yo interpretábamos ser una de esas parejas felices y pasionales que no tienen reparo en demostrar su amor públicamente. Él cargando conmigo como si fuera una mochila, y yo dándole besos en la cara. Solo que al cabo de unos segundos le pedí que me dejara en el suelo y él se negó. Le dio por hacerse el gracioso conmigo en brazos y se puso a corretear fingiendo que era un caballo. Acabé asestándole una colleja y mascullando entre dientes que o dejaba de hacer el tonto o me largaba sin ayudarle a comprar su camisa.

Dejé atrás a Víctor y a esa desconocida mujer a la que no pude verle el rostro. Pero al menos me había salido con la mía. Me había visto. Sí. Su gesto se había transformado ante la escena que mi hermano y yo habíamos interpretado. Estaba completamente convencida de que se había tragado eso de que mi hermano era mi novio.

Me giré un par de veces con disimulo para ver si aún seguía allí, pero ya había desaparecido…

—¿Quién es ese tío, Irene?

—Nadie, ya te lo he dicho.

—Para no ser nadie, te tomas bastantes molestias en darle celos.

—¡Bah! Ha sido una estupidez —dije, haciéndole un gesto con la mano—. Por cierto…, ¿te he dicho ya que voy a estudiar una carrera? —Cambiar de tema era lo mejor para calmar mi estado de ánimo.

Recuerdo que estaba comentándole a Fran mi intención de estudiar Fisioterapia si conseguía superar las pruebas de acceso a la universidad, cuando de pronto él se detuvo delante del escaparate de Massimo Dutti y me señaló una camisa preciosa con un bonito estampado geométrico.

—¿Te gusta esa?

—Sí, creo que te dará un toque interesante. Vamos, entra a probártela.

Fuimos directos a los probadores y poco después una chica joven y muy amable le tendió la prenda para que se la probase. Fran ya se había quitado su camiseta y aquella muchacha parecía en estado shock contemplando los pectorales de mi hermano. Así que mientras ella le sugería otro tipo de camisas y polos que podían combinar con el intenso azul de sus ojos, yo aproveché para sentarme en el taburete que había en una esquina del probador y toquetear mi móvil. Bueno, para eso y para pensar.

¿Sería esa mujer la tal Bárbara? ¿Cuánto tiempo llevarían juntos? ¿Estaba él realmente enamorado de ella? Seguro que sí. Su sonrisa plena mientras le ofrecía el helado no dejaba de repetirse en mi cabeza. ¡Oh, Dios, maldito Víctor! ¿En qué estúpido momento se me habría ocurrido responder a ese beso?

—Irene, ¿qué tal esta?

Sacudí mis pensamientos y levanté la vista hacia mi hermano.

—Me gusta. Esa chica llevaba razón. Resalta el color de tus ojos.

—¿Seguro?

—Sí, espera. Voy a por un pantalón que le haga juego —dije levantándome, dispuesta a tomar las riendas. Al fin y al cabo mi hermano me había pedido que lo acompañara y lo asesorara. Así que intenté olvidarme de Víctor y ayudar a Fran.

La dependienta que había estado atendiéndonos anteriormente, ahora estaba ocupada con otro cliente. Me fui directa a una estantería donde había una pila de pantalones chinos que podrían conjuntarle de maravilla y alcancé el primero que encontré.

Lo desplegué buscando la talla y el precio y una voz demasiado conocida y peligrosa para mí, murmuró en mi hombro:

—No creo que sean de tu talla.

Respiré antes de girarme.

—Vaya, Víctor, qué sorpresa.

Intenté alejarme disimuladamente de él para poder ordenar mis pensamientos.

Aquella era la primera vez que lo veía vestido de un modo tan informal. Llevaba una sencilla camiseta blanca con un texto escrito en inglés impreso sobre el pecho y unos vaqueros desgastados. Me pareció avistar que calzaba unas deportivas blancas, y mientras lo escaneaba de arriba abajo no pude evitar pensar que esa ropa parecía más de mi estilo que del suyo. Su pelo castaño casi negro estaba desordenado y de nuevo se había dejado crecer la barba. Otra vez esa barba que me volvía loca de remate…

—Bonitos pantalones —dijo con las manos en los bolsillos de sus jeans y bajando su mirada hasta mi short vaquero. Sin mostrar remordimientos mientras contemplaba mis muslos expuestos.

—Sí, son preciosos —respondí yo nerviosa, extendiendo los chinos beige que tenía en las manos.

—Son para tu novio, ¿no? —inquirió señalando la prenda. Luego sus ojos clavados en los míos.

—Así es —afirmé alzando la barbilla.

—Era el tío ese que imitaba ser un canguro ahí fuera, ¿verdad? —Yo me humedecí los labios conteniendo mis ganas de decirle una burrada—. ¿Desde cuándo estáis saliendo? —continuó.

—Bueno, supongo que esa información no es de tu interés —repliqué, dirigiéndome de nuevo a la estantería y removiendo la ropa que había en ella.

Él sonrió, dio un paso hacia mí fingiendo que él también miraba aquellas prendas, y al instante siguiente murmuró:

—Es posible, pero a él seguro que sí le interesa saber que la chica con la que está saliendo se besa con su jefe.

Un señor que estaba muy cerca de nosotros ojeando unos jerséis nos miró atónito.

Suspiré. Tenía que controlarme. Sabía exactamente qué decir para sacarme de quicio el muy capullo…

—Creo que le interesaría casi tanto como a Bárbara. ¿No es Bárbara? —solté encarándolo.

De repente su expresión varió. No supe exactamente si en su rostro había ofuscación o quizá era decepción. Pero verme pronunciar ese nombre no le gustó en absoluto.

En ese instante habría jurado que su cabeza daba vueltas sin parar.

—Tu novia, ¿no? —insistí dispuesta a hundir el dedo en la llaga. Sin duda había acertado—. Bien, pues déjame que te diga una cosa, Víctor. A partir de ahora tú y yo solo hablaremos de cuestiones de trabajo. Es decir, dentro de la Clínica y siempre y cuando tengas que decirme algo acerca de las funciones que desempeño. Fuera de ella, te agradecería que evitaras incluso saludarme. Me caes mal, ¿sabes? Me caíste mal casi desde el principio. Y ahora que sé que tienes novia y que encima eres un adúltero y un mentiroso, me caes aún peor. —Cruzó los brazos, se miró los zapatos y me pareció que iba a interrumpirme, pero no lo dejé hablar. Alcé una mano pidiéndole que cerrara su bocaza, y lo hizo. Continuó escuchándome con la cabeza ladeada—. Así que, si te parece que no hago mi trabajo correctamente o simplemente crees que me he pasado diciéndote que no te soporto, estás en tu derecho de despedirme, en ese caso lo aceptaré. Si no, me gustaría seguir en mi puesto sin necesidad de aguantar tus impertinencias.

Guardó silencio durante unos segundos. Los suficientes para darme cuenta que las líneas de su frente se habían suavizado.

—Nunca te había visto los labios pintados de ese tono —dijo, provocando con su comentario que mi sangre hirviera. ¿Se estaba burlando de mí? ¿Es que acaso no me había oído? Aunque era verdad, aquella barra de labios era nueva. Concretamente la nueva Bourjois Rouge Edition Velvet color Fuchsia.

Contraje las mandíbulas y él añadió:

—Que yo sepa no he vuelto a molestarte en la Clínica.

—Exacto. Pero acabas de hacerlo aquí y ahora.

—Estamos fuera de horas laborales. Solo bromeaba…

—Pues no eres muy gracioso que digamos.

—Eso no lo sabes. Apenas me conoces. —Descruzó los brazos y volvió a meterse las manos en los bolsillos.

—Créeme, lo poco que sé de ti no me hace ninguna gracia.

Lo taladré con la mirada, como si de ese modo pudiera desintegrarlo.

Chasqueé la lengua para seguir poniéndolo de grana y oro, pero una voz melodiosa a su espalda nos sobresaltó a ambos.

—Víctor.

Él se giró y allí estaba esa mujer. Solo que conforme se iba acercando, me di cuenta de que era una señora madura. Bastante atractiva, eso sí. Alta y refinada. Pero a él le sacaba al menos veinte años. Llevaba un vestido sencillo que me dio la impresión de ser caro. Y en su mano un bolso que probablemente duplicaba mi sueldo.

—Mamá —dijo él girándose. Era su madre…—, mira ella es Irene. La chica que trabaja en la recepción de la Clínica de San Fernando.

—Ah, sí, Irene. ¿Con que tú eres Irene? —dijo la mujer estudiándome de la cabeza a los pies. ¿Había oído hablar de mí?—. Encantada.

Apenas pude reaccionar cuando ella se colocó delante de mí y me plantó dos besos.

—Igualmente —musité cohibida.

—Me gusta tu camiseta —anunció.

—Muchas gracias. Las diseño yo misma —dije muy nerviosa, agarrando el borde de la tela y mostrándole los corazones de lentejuelas que había cosido a mano en uno de los laterales.

—¿De verdad?

No tenía la menor idea del porqué le había dicho eso. Lo único que sabía era que ella se mostró bastante interesada en mi afición por el diseño de moda y, sobre todo, en esa prenda en concreto. A su lado, Víctor no dejaba de observarme mientras su madre me retenía con preguntas comprometidas.

—Bueno, ¿y qué tal en la Clínica? ¿Te tratan bien mi marido y mi hijo? —inquirió agarrándose al brazo de Víctor y lanzándole una miradita cómplice.

—Sí, muy bien, señora —titubeé.

—Ay, por Dios, no me llames señora. Mi nombre es Araceli.

—De acuerdo, Araceli. Quizá es un poco más complicado trabajar con su hijo que con su marido. Pero nos llevamos bien —bromeé con mis ojos fijos en los de él, armándome de valor.

Ella lo miró, sonriendo, y este se encogió de hombros. Para ser sincera, allí, junto a su madre y contemplándome de ese modo, me resultó adorable… Pero no, no era eso lo que yo quería. Víctor no era adorable. ¡Era un maldito cabronazo que le ponía los cuernos a su novia!

Aun así, habría seguido allí, respondiendo a las cuestiones de su madre, de no ser porque mi hermano salió del probador, supuse que harto de esperarme, y sin yo esperarlo se colocó a mi lado.

—Irene.

—Fran —carraspeé—, te iba a llevar este pantalón —dije enseñándole el chino beige que sujetaba en mis manos.

—No te preocupes, me quedo solo la camisa.

—V-Vale.

En fin, la situación no fue fácil. No obstante, mientras Víctor y su madre no apartaban los ojos de mi hermano, supe que tenía que reaccionar de un momento a otro.

—Hola —dijo Araceli.

—Hola —respondió Fran mirando a Víctor de arriba abajo. Más bien, devolviéndole la hostil ojeada que este último le había asestado.

Sabía que debía presentarlos. El silencio incómodo que llenó la distancia que nos separaba no hizo más que avisarme de que debía decir algo urgentemente.

—Fran, él es Víctor, mi jefe; y ella es su madre, Araceli.

—Encantada —se adelantó Araceli, extendiéndole la mano a mi hermano—. ¿Eres su novio?

Y sí, en ese instante todo sucedió muy rápido. Víctor me miró, yo lo miré a él. Mi hermano también me miró y luego volvieron a mirarse entre ellos. Fue uno de esos triángulos de miradas bastante espinosos. Fran no llegó a responder. Creo que supo de inmediato a quién tenía ante él. Agarró la mano de Araceli y fui yo la que se apresuró a decir:

—Sí, es mi novio.

Mi hermano me lanzó una sonrisa traviesa y cuando acabó de saludar a la madre de Víctor, me rodeó la cintura y me apretó contra él.

—Así que este es… Víctor. Tu jefe.

Me arrepentí de inmediato. Conociendo a Fran y su macarrónico sentido del humor, estaba segura de que ponerme en una situación embarazosa sería una diversión para él.

El color desapareció de mi cara.

—Sí… Bueno, Fran, será mejor que nos marchemos.

Víctor no dijo nada. Solo permaneció estático junto a su madre, asesinando a mi hermano con los ojos.

—Lo que tú digas, tesorito —respondió Fran, besándome el pelo.

—Ha sido un placer, Araceli —dije.

—Lo mismo digo —murmuró ella, yo diría que desconcertada.

—Hasta luego.

Me adelanté tirando de la muñeca de Fran. No me atreví a volver a mirar a Víctor. Lo único que quería era salir de una vez por todas de esa tienda.

Mi hermano se detuvo en la caja para pagar la camisa y yo sentí de nuevo ese magnetismo extraño tirando de mí, esa necesidad casi lacerante de girarme y enfrentarme a sus ojos una vez más. Cuando lo hice, él estaba a punto de salir de aquel comercio con su madre colgada de su brazo. Ladeó la cabeza y un largo segundo duró el contacto visual entre él y yo. El tiempo suficiente para saber que mi interpretación, y la de Fran, había sido todo un éxito.

Desapareció y una violenta sensación de vacío me sacudió de la cabeza a los pies. Pensé que hacerle creer que tenía novio iba a aliviar la pesadumbre que se había apoderado de mí desde aquel beso. Pero no. Descubrir que verme con otro le ponía enfermo, solo hizo que lo que sentía por él se intensificara.

—Dios… —susurré frotándome la cara.

—Tu jefe. Resulta que el gilipollas es tu jefe.

—Cállate, Fran.

—Vale, hermanita. ¿Quién es ahora el irresponsable?

—He dicho que te calles.

Y lo hizo. Mi hermano no volvió a mencionar ni una sola palabra. De hecho, creo que mi silencio le preocupó tanto que cuando llegamos a mi casa y vio cómo volvía a encerrarme en mi cuarto, no pudo evitar entrar detrás de mí.

—Irene, dime la verdad —dijo cerrando la puerta para que mi madre no nos oyera—, ¿qué te ha pasado con ese tío?

—¡¿Qué?! Nada, Fran, nada —declaré, terminando de ponerme mi pijama de verano.

—¿Qué pasa? ¿Te trata mal? —inquirió él dando un paso hacia mí.

—¡No! Venga, Fran, déjalo, quiero estudiar un rato.

Me sentía extenuada y nostálgica y lo único que me apetecía era aislarme durante unas horas.

—Me da igual que sea tu jefe, Irene. Si me entero de que te ha hecho algo malo, le daré una paliza.

Fue entonces cuando lo miré y me di cuenta de que quizá mi actitud lo había alarmado.

Sonreí para restarle importancia y me acerqué a él.

—Que no, tonto, tú tranquilo. Hasta hoy me ha pagado puntualmente. Si deja de hacerlo, seré yo misma quien se la de.

Le di un beso en la mejilla para calmarle.

—Y ahora, ponte tu camisa nueva que vas a llegar tarde a tu cita.

—Está bien, pero quiero que sepas que me cae mal —dijo un segundo antes de salir de mi habitación.

Yo negué con la cabeza exhalando una sonrisa y cuando estuve sola murmuré:

—Ya somos dos…

Me derrumbé en la cama, dispuesta a pasarme el sábado por la noche en compañía de la sintaxis de las oraciones. Pero estudiar después de aquel encontronazo con Víctor no resultó ser una tarea fácil… Agarré mis cascos y mientras la voz rota de Ella Eyre en esa canción de Together me agitaba los sentimientos, hice un esfuerzo enorme por concentrarme en los folios que tenía delante.

A eso de las once de la noche sentí mi móvil vibrar y antes incluso de mirarlo, tuve la insólita intuición de que sería él.

Me acomodé sobre los almohadones para leerlo y cuando vi su nombre en la pantalla…

«Hoy ni siquiera me has dejado hablar y necesito que sepas un par de cosas. La primera: mi madre dice que eres muy guapa. Y la segunda: creo que te has pasado bastante diciéndome que no me soportas».

Me mordí el labio y tardé varios segundos en responder. Solo que mi respuesta fue breve. Busqué en los emoticonos un tren, un avión, un coche y una moto, y le di a enviar.

«¿Ya estamos con los acertijos?», escribió él.

«¿No lo entiendes? Es fácil. Significa que elijas en qué transporte puedes irte a la mierda, Víctor».

«Entiendo. ¿Tan cabreada estás?».

¿Cabreada? ¡Qué modo tan sutil de calificar mi estado!

«No estoy cabreada. Simplemente quiero que tengamos una relación laboral normal. ¿Es mucho pedir?».

«Para nada. Es lo justo. Llevabas razón».

«¿En qué parte, concretamente?».

«En la de que no debí besarte».

Afilé la mirada. Deseé con todas mis fuerzas tenerlo delante en ese momento para poder gritarle a la cara lo imbécil que era.

«Vaya, ¿ahora tienes remordimientos? ¿Hasta ahora no te has dado cuenta de que no debes besar a tus empleadas porque tienes novia?».

«No. No es por eso», contestó.

«¿Ah, no? ¿No tienes novia? ¿O no tienes remordimientos?».

«Sí, Irene. Tengo una relación. Es complicado…».

Leer ese mensaje me produjo un dolor desconocido, irreconocible… La furia y la decepción viajaron hasta la boca de mi estómago y no supe cómo lidiar con ellas.

Suspiré profundamente antes de volver a contestar.

«No tiene nada de complicado, Víctor. Tú tienes novia y yo acabo de empezar a salir con alguien. Fin del asunto. Piensa en los transportes y elige el que más te guste. Chao».

Su respuesta llegó un par de minutos más tarde.

Un cohete. Solo eso. Pensé que no diría nada más, pero tras ese emoticono llegaron las siguientes palabras:

«Quédate tranquila, atenderé a tu petición de una relación laboral normal, pero necesito que sepas que no debí besarte porque ahora ya no quiero besar a nadie más. Chao, Irene».

Solté el móvil y guardé los apuntes.

La oraciones subordinadas serían el menor de mis problemas…

Lo que estaba por llegar…, ya os lo contaré yo misma más adelante.

(más…)

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