2º Epílogo: ¿Quién sorprende a quién?

2º Epílogo: ¿Quién sorprende a quién?




Tenía el corazón a punto de perforarme el pecho. Las pulsaciones eran tan aceleradas que temía sufrir un infarto de un momento a otro. Y la garganta… tuve que hacer un esfuerzo enorme para tragar saliva e intentar respirar con normalidad. Y, lo peor de todo, es que yo lo sabía. Sabía que aquello podía pasar. De hecho, yo misma había provocado esa situación. No entendía por qué mi cuerpo estaba reaccionando de esa manera ante la inminente noticia. Hasta ese momento había contado con la posibilidad de que ocurriera, pero la confirmación había sido tan imperiosa que iba a necesitar un desfibrilador para recuperarme del shock.

Volví a mirarlo, no había ninguna duda. Una raya era negativo y dos… ¡Dios mío…! Dos rayas y encima casi fluorescentes… solo podía significar una cosa: que estaba embarazadísima.

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¡Joder, qué guapa es!

¡Joder, qué guapa es!

La sonrisa de mi padre se agranda en cuanto las puertas de la terminal del aeropuerto de Jerez se abren y me ve. Es un día muy propicio para reencontrarse con familiares y lo cierto es que verle, me causa la misma alegría que a él.

Llevo ya varios años viviendo en Madrid, pero no termino de acostumbrarme. Es reconfortante volver a casa de vez en cuando, aunque solo sea para pasar unos días.

Mi padre me funde en un enorme y cálido abrazo y me da un par de palmaditas en la espalda.

―¿Cómo estás, hijo?

―Bien, papá, muy bien.

Son las siete y veinte de la tarde de un 31 de diciembre. En Cádiz hace frío. El clima de mi ciudad natal es muy distinto al de Madrid. Allí el frío es más seco. De camino al coche percibo que el viento me  acaricia el rostro, miro al cielo y las nubes, con un extraño color escarlata, anuncian una cercana tormenta.

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Pero no eres tú…

Pero no eres tú…

El metro de Madrid a esa hora es un hervidero de transeúntes. La gente va de aquí para allá como si fueran máquinas programadas. Llevo ya varios años viviendo aquí, pero a veces aún me sorprende la movilidad cotidiana urbana y su diversidad racial. De vez en cuando me sirve de entretenimiento para alejarme de lo que verdad me preocupa. Me concentro en observar a personas desconocidas y me pregunto cómo serán sus vidas. De ese modo consigo olvidarme del hecho de que me he prometido en matrimonio con una mujer a la que no amo realmente y, por supuesto, del alcance de sus consecuencias.

Cuando llego a mi casa Claudia me espera con las maletas preparadas. Este fin de semana vamos a Cádiz. Uno de mis primos se casa y mi madre ha insistido muchísimo en que asista a la boda. Aunque creo que, en realidad, lo que le interesa es comunicar delante de todos que Claudia y yo vamos a casarnos.

Sobre las siete de la tarde llegamos a Cádiz. Y aunque mi madre ha insistido en que nos instalemos en casa ese fin de semana, he dicho que no. Conozco a mis padres, especialmente a mi madre, es adorable, pero sé que con Claudia en casa no nos dará ni un segundo de respiro. Además, la relación que tengo con mi hermano es más lamentable  cada año que pasa y no quiero que Claudia se vea en medio de todo eso. Así que está decidido: nos quedaremos en un hotel. No obstante, nada más llegar, lo primero que hacemos es ir a visitar a mis padres. Esa noche cenamos con ellos.

En cuanto entro en casa mi madre se funde en mis brazos y luego se gira hacia Claudia con la que se deshace en elogios. Mi novia sonríe de pura alegría y se aferra a mi cintura.

Al cabo de unos cuarenta minutos estoy sentado a la mesa del salón con mi padre. Bromeo con él y le digo que se está quedando calvo, lo que me reporta una colleja considerable.  Pero yo adoro a mi padre,  es uno de esos tíos buenazos que solo vive para su familia. A día de hoy todo lo que soy se lo debo a él…

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¡Odio la Navidad!

¡Odio la Navidad!

¿Conoces esa sensación…? Esa que sientes la primera vez que la miras y sabes que ella será para ti. Que nada ni nadie puede cambiar eso… Aunque ello implique ir en contra de todas las reglas de la moralidad. Si es que esas reglas existen… A veces, somos nosotros mismos quienes nos imponemos los límites, quienes decidimos qué es lo que está bien y lo que está mal. Por eso, sabía que sería mía.
Con ella no hubo límites ni reglas, no hubo márgenes ni confines. Con ella solo era cuestión de tiempo. Un tiempo que a mí me resultó una eternidad… Un tiempo injusto, malgastado, desaprovechado. Y no lo digo por mí, sino por ella. No hubiese sido tan cruel y doloroso si hubiese sabido que, por aquel entonces, él la quería, aunque, igualmente, no me habría detenido, pero estaba seguro de que no era así. Mi  hermano no la amaba como ella merecía. La genética, a veces, traiciona a la razón y a la lógica. Y lo que para mí debió ser prohibido, se convirtió en mi único objetivo.
Ese año pasé la Navidad en Cádiz, con mis padres, y  me prometí a mí mismo que sería la última…
Me había instalado en Sevilla. Acababa de comprar un apartamento en el barrio de Santa Cruz, y los proyectos con la empresa de Miguel Navarro iban de maravilla. Además, Raúl, su hijo, y yo ya éramos  grandes amigos, con lo cual trabajar con ellos era casi un hobby.
―Vamos a tomarnos una copa, creo que hoy nos la merecemos ―me decía Raúl eufórico, guardando en un archivador de su despacho los documentos firmados  que aseguraban que el próximo año comenzarían las obras en aquel edificio del Parque Torneo.
―No puedo, Raúl. Verás, es que había pensado en dedicar la tarde a comprar muebles.
―¿Muebles?
―Sí, para el apartamento. Hace como un mes que vivo allí y aún está desierto. Quiero terminar de decorarlo de una vez por todas.
―Pues entonces es tu día de suerte. Déjame que te lleve a la tienda de unos amigos de mi familia. Te ayudo con los muebles, pero luego tienes que venir a tomarte una copa conmigo ―propuso él, poniéndose el abrigo.
―Hecho.
Media hora más tarde atravesábamos las puertas correderas de aquella lujosa tienda en la calle Adriano, de Sevilla. Desde fuera no parecía que allí dentro hubiera un auténtico oasis de buen gusto. La gran mayoría de aquellas piezas eran antigüedades de inspiración asiática y colonial, pero todo estaba combinado en ambientes modernos donde predominaba el hierro y la madera. Contemplaba abstraído los extraordinarios detalles decorativos como alfombras, marcos, velas y mantas con los que habían complementado aquel opulento despliegue de interiorismo, cuando apenas me percaté que Raúl me llamaba para presentarme a una mujer. Antes de que me diera tiempo a girarme y observarla, mi amigo comentó:
―Héctor, mira, ella es Patricia. Si de verdad quieres que tu casa sea perfecta, entonces es ella la que puede ayudarte.
En aquel instante aparté la vista del diván de piel atigrada que tenía ante mí y me di media vuelta. Era preciosa, una verdadera belleza. Sí, señor. Alta, delgada, con un hermoso cabello largo y oscuro, una  sonrisa magnífica y unas curvas de infarto. Iba vestida de negro y en su camisa llevaba una diminuta placa con su nombre. Extendió el brazo para saludarme al mismo tiempo que me observaba de arriba abajo.
―Hola, Héctor, encantada ―dijo ella con un tono de voz tremendamente sensual.
―Igualmente ―respondí de inmediato, agarrando su mano. En ese momento supe que entre ella y yo habría algo más que una mera relación comercial.
―¿Qué es lo que buscas exactamente? ―preguntó ella sin dejar de observarme.
―Quiero decorar mi casa y por lo que veo tenéis auténticas maravillas aquí.
―Así es. Si queréis pasamos a mi oficina y te explico mi modo de trabajo. ¿Te parece?
―Perfecto ―respondí, sosteniéndole la mirada.
Ella nos condujo al fondo de la galería y nos invitó a pasar a su despacho. Al entrar, un hombre de unos sesenta años, alto y con gafas estaba sentado tras la mesa. Se levantó y se acercó a saludar a Raúl. Al  parecer, era el padre de Patricia y el dueño de toda aquella majestuosa exposición. Estuvimos en aquel habitáculo el tiempo suficiente para que ambos me convencieran de decorar mi casa, y lo cierto era que después de ver todas esas despampanantes piezas, incluida la decoradora…,no fue muy difícil persuadirme. Antes de marcharnos de allí, ella me extendió su tarjeta y al ponerla sobre mi mano, sus dedos rozaron intencionadamente los míos.
―Si te parece, quedamos un día después de Navidad y vamos a ver tu apartamento. Me harán falta las medidas ―aclaró ella, que a esas alturas no ocultaba su interés hacia mí.
―De acuerdo.
―¿Me dejas tú una tarjeta tuya? ―demandó ella con una sonrisa pícara.
Raúl me lanzó una mirada de complicidad y yo, sin titubear, rebusqué en el bolsillo de mi pantalón para ofrecerle una de las mías. Estaba complemente seguro de que ella tenía las mismas intenciones que yo: pasar juntos un buen rato. Al salir al exterior, Raúl me dio un codazo.
―¿Qué te ha parecido?
―¿El qué: los muebles o ella? ―inquirí con socarronería.
―Ambos ―aseveró Raúl con una amplia sonrisa.
―Creo que me gustará bastante decorar mi casa.
―Sí, yo también lo creo ―repitió él, dándome una palmadita en el hombro.
El día veinticuatro de diciembre, sobre las siete de la tarde, arranqué mi coche y me puse rumbo a Cádiz. No es que me hiciera especialmente ilusión pasar la Navidad con la familia. Pero mi madre era demasiado insistente y, al fin y al cabo, no me gustaba disgustarla. En principio, mi idea era pasarla en Sevilla con Raúl y los suyos, pero eso fue antes de que mi madre me amenazara con ir a buscarme y arrastrarme con ellos.
Aquella noche me llevé una grata sorpresa cuando llegué a casa y mis padres me anunciaron que cenaríamos los tres solos. Mi hermano no estaría con nosotros. Esa era la parte agradable de la noticia; la mala era que mi única ilusión en Navidad era verla a ella, aunque fuese del brazo de él. Al parecer, cenaban en casa de uno de los tíos de Carolina y luego iban a una fiesta que habían organizado los amigos de mi hermano. Con lo cual, no me deleitaría contemplándola aquella noche…
En mi casa, siempre que Rafa no estuviera, todo era cálido y reconfortante. Allí podía sentir que de verdad me querían. Estuvimos toda la cena hablando de mi trabajo y de mi nuevo apartamento.
―Puedo ir esta semana si quieres y te ayudo a limpiarlo ―decía mi madre, sirviéndome más pavo en el plato.
―Pero, mamá, si está vacío. Además, contrataré a alguien para que lo limpie una vez que termine de hacerle las reformas que tengo previstas.
―Nunca dejas que te ayude en nada ―replicó ella, poniendo los ojos en blanco.
Al terminar de cenar retiramos los platos y me senté con mi padre en el sofá. Él se sirvió una copa de bourbon y yo seguí tomando el mismo vino que había estado bebiendo durante la cena. Mientras tanto, mi madre comenzó a colocar sobre la mesa unas bandejas con turrones de varios tipos. Pero cuando creí que disfrutaría de aquella velada tranquilamente, el timbre de la puerta sonó y mi vecina Carmen y su marido hicieron su aparición. Ella entró con una pandereta en la mano haciéndola sonar de un modo impertinente y cantando horrorosos villancicos. Su hijo mayor, Pedro, y amigo mío de la infancia, entró tras ellos. Y, al menos, eso sí que fue una agradable visita. Así que él y yo nos saludamos amistosamente y nos pusimos al día de nuestras vidas. Él, al igual que yo, vivía fuera de Cádiz y esos días estaba de vacaciones.
Al final, la casa de mis padres se llenó de vecinos y amigos dispuestos a disfrutar al máximo aquella noche y Pedro y yo decidimos que aquel ambiente se estaba desbordando, así que propuso ir a tomarnos unas copas al bar de un colega suyo. Y lo cierto era que cualquier cosa sería mejor que ver a mi vecina Carmen hacer su acostumbrado striptease navideño. Aquella fue una noche normal y corriente. De hecho, la más normal de todas las navidades que había pasado en Cádiz. Cena agradable con mis padres y, luego, un par de copas sin mucho alcohol, en un bar del centro con los amigos de Pedro, donde curiosamente me encontré con algunos compañeros del colegio y nos reímos bastante. Sin embargo, a eso de las cuatro de la mañana decidí marcharme a casa. Estaba agotado, así que me despedí de Pedro que a esas horas estaba en una de las esquinas del local cantando pasodobles de Carnaval y salí de allí antes de que me obligaran a tomarme otro cubata. Una gélida brisa me obligó a cerrarme la cazadora de piel negra y meter las manos en los bolsillos. Caminé con premura  hasta que alcancé un taxi y le indiqué la dirección de casa de mis padres. El taxista me dio conversación y pasé el trayecto charlando de esto y lo otro con ese completo desconocido. No obstante, a una altura determinada de la avenida me pareció ver a una chica caminando sola. Me giré rápidamente con el corazón acelerado y descubrí que estaba en lo cierto. Era ella.
―Déjeme aquí mismo, por favor. ―Saqué un billete de diez euros y le dije a ese buen hombre que se quedara con el cambio.
Me detuve en la acera. Desde aquella distancia, ella seguro que no podría verme.
«¿Qué demonios hacía sola a esas horas por la calle?»
El imbécil de mi hermano lo había vuelto a hacer…
De pronto, atisbé que cambiaba de dirección y torcía en una de las calles que colindaban con la avenida… La seguí con sigilo sin que ella me viera. Llevaba un abrigo negro abotonado y su bolso colgando del brazo. Desde atrás contemplé sus bonitas piernas con aquellas medias negras. Su pelo lucía suelto. Tenía el cabello bastante largo, casi a la altura de la cintura. De espaldas su apariencia era tan juvenil y vulnerable que me moría por acercarme a ella y estrecharla. Pero a medida que avanzaba me di cuenta de que estaba bastante afectada por el alcohol. Su manera de andar dando pequeños tumbos la delataba. A pesar de querer guardar la compostura supe que estaba borracha. Se detuvo en el portal de su casa y comenzó a escarbar en su bolso. Me oculté entre dos coches para asegurarme de que entraba sana y salva, pero de repente el bolso se le cayó al suelo y todas sus pertenencias se esparcieron por el ancho de la acera. Se giró y fue entonces cuando pude observar su bonito rostro. Tenía la pintura de los ojos difuminada como si hubiese estado llorando y se la veía tan triste y desecha que el corazón se me encogió en el pecho solo de pensar que alguien pudiera hacerle daño. Se agachó para recoger sus cosas, pero su estado de embriaguez era lamentable, así que, en ese instante, decidí que todo me daba igual y me adelanté a ayudarla.
―¡Héctor! ¿Qué haces aquí? ―parloteó arrastrando las palabras, cuando me vio agachado frente a ella ayudándola a recoger su pintalabios y sus llaves.
―Pasaba por aquí y me ha parecido verte. ¿Qué haces sola a estas horas en la calle? ¿Dónde está mi hermano? ―le pregunté ofreciéndole sus efectos.
Ella se puso en pie torpemente tras recoger sus cosas y mientras cerraba el bolso me recorrió el rostro con la mirada.
―Tu hermano no me quiere, Héctor. Soy una idiota. Hemos ido a una fiesta en un bar y se ha pasado toda la noche coqueteando con una camarera ―soltó todo eso balanceándose y haciendo todo lo posible porque yo la entendiera.
―Y si no te quiere, ¿qué haces con él todavía?
Me contempló durante unos largos segundos, en silencio, con aquella mirada ebria y dolorida y luego se dio media vuelta para sentarse en el escalón del portal.
―No quiero estar sola ―declaró, tocándose el cabello con una expresión extenuada―Soy patética, ¿verdad?
Me senté a su lado. Nuestros hombros casi se rozaban.
―No, no lo eres. Solo eres joven ―aseveré, deleitándome con su perfil.
―Lo dices como si tú fueras un viejo.
Ella apoyó los codos en sus rodillas y dejó caer su barbilla en las palmas de sus manos en un gesto adorablemente infantil.
―Soy más viejo que tú ―repliqué.
Me miró paseando su mirada por mi cara y luego preguntó:
―¿Qué pasó con esa chica que llevaste a la boda?
―No era para mí.
―¿Así que hay alguien para ti? ―inquirió con picardía.
―Por supuesto. Pero aún no está disponible ―aseguré mirándola a los ojos, dispuesto a cualquier cosa esa noche.
―Tu hermano siempre dice que eres un tío raro. Sin embargo, a mí me caes bien. Además, eres muy guapo.
Obviamente el grado de alcohol en su sangre hacía estragos, de otro modo estaba seguro que ella no habría dicho eso. Aun así me parecía tan bonita y graciosa que no pude evitar sonreír.
―Vaya, gracias. Tú también eres preciosa.
―Pero tu madre dice que no estás hecho para tener novia.
―¿Hay alguien de mi familia que diga algo normal de mí?
Ella sonrió y empujó su hombro con el mío. Pero unos segundos después su expresión varió de nuevo y otra vez esa tristeza nubló su semblante.
―Echo de menos a mis padres ―lanzó, así de repente. Y sin yo esperarlo se puso a llorar. Enterró la cara en sus manos y sentí cómo sollozaba.
El corazón se me partió en mil pedazos en aquel momento. Y lo único en lo que pude pensar era en lo mucho que odiaba al canalla de mi hermano. ¿Cómo había sido capaz de dejarla sola en una noche como esa? De haberlo tenido en ese momento delante de mí…, le habría dado su merecido. Me acerqué un poco más ella y, aunque dudé unos segundos si abrazarla o no, rodeé su hombro e intenté consolarla. Ella, al sentir mi brazo se pegó a mi pecho y se acurrucó sin dejar de llorar.
―Venga, Carolina, tranquilízate ―susurré sobre su pelo, acariciándole la espalda.
El olor de su perfume me noqueó a esa corta distancia. Ella, en toda su totalidad, era un puro pecado para mí. ¡Dios!, era tan bonita y perfecta que en aquel momento hubiera dado media vida por cogerla en brazos y llevármela lejos de todo eso…
―Lo siento, Héctor, no sé qué me pasa hoy. Deben ser las fiestas y que es el primer año que mi hermana está fuera en estas fechas. ¡Oh, Dios, qué vergüenza! ―dijo alejándose de mí, atusándose el pelo y limpiándose las lágrimas.
―No te preocupes ―respondí para tranquilizarla.
De repente ambos nos quedamos mirándonos durante unos segundos y yo me propuse no interrumpir ese contacto visual. A esas alturas de la noche ya todo me daba igual. Sin embargo, ella apartó la mirada y se llevó una mano a la frente.
―Esta noche he bebido demasiado.
―Eso parece ―murmuré con una sonrisa ladeada.
―Gracias, Héctor. Eres un encanto.
Maldita sea, esa frase me sonó a cero posibilidad.
―¿Quieres que te ayude a subir? ―le pregunté en cuanto avisté que le costaba introducir la llave en la cerradura.
―No, no, gracias. Estoy bien. Eres muy amable. De hecho eres…, eres… demasiado guapo. Vale…, será mejor que me calle de una vez ―murmuró, abriendo la puerta y dando un traspié al entrar en su edificio.
Sujeté la puerta para que ella tuviera mejor acceso y la animé a continuar. Estaba realmente graciosa, y eso de que estuviera sincerándose empezaba a ponerse interesante.
―No es necesario que te calles, puedes decirme lo que piensas sobre mí.
Probablemente, ella, al día siguiente, no recordaría ni una palabra de todo eso, sin embargo, yo… Yo lo recordaría toda la vida.
―Pues pienso que eres el hombre más guapo y sexy que he visto en mi vida. Y no lo digo solo yo. Mi amiga Alicia también lo piensa. ―Tras ese comentario vino un hipo y un ligero balanceo.
Sonreí abiertamente y me llevé una mano a la nuca.
―¿Quieres que te diga yo lo que pienso de ti? ―pregunté, repantigándome en el quicio de la puerta.
―Venga, dilo ―aceptó ella, recolocándose el bolso en el hombro e intentando adoptar una postura decente.
Crucé los brazos a la altura del pecho y la miré tan profundamente que sentí el desconcierto en su expresión.
―Pues que eres la chica más atractiva, bonita, lista, divertida y sensual que jamás he conocido y que aún…, aún no entiendo cómo alguien como tú sigue con un tipo como mi hermano.
A medida que las palabras fueron saliendo de mi boca sus labios se fueron curvando en una hermosa y adorable sonrisa, pero en cuanto oyó mi última frase se puso seria y arrugó el entrecejo.
―Porque lo quiero. Y es lo único que tengo aquí.
Hubo entre nosotros un eterno silencio y luego ella exhaló:
―Adiós, Héctor.
Eso fue lo último que dijo antes de darse la vuelta y meterse en el ascensor. Aquellas palabras me hicieron tanto daño en el pecho que necesité unos segundos para asimilarlo. Esa era la única realidad que había. Ella lo amaba. Ante eso nada podía hacer yo, salvo esperar que algún día ese amor muriera. Me llevé una mano al pelo y cerré los ojos durante unos segundos antes de decidir alejarme de ella para siempre. Luego, al salir de su portal, a unos metros de distancia, me fijé que un taxi se había detenido y alguien bajaba de él. Me apresuré hacia el otro lado de la calle y observé a mi hermano dirigirse hacia el portal de Carolina. Él estaba aún más borracho que ella. Sin embargo, desde donde yo me encontraba no pude oír la conversación que ambos mantuvieron a través del telefonillo. Solo sé que la puerta se abrió y él desapareció en el interior de aquel edificio. Luego me alejé. Ya tenía suficiente.
Al día siguiente, en cuanto me desperté, decidí volver a Sevilla. Mis padres esperaban a Carolina y a Rafa para almorzar, pero yo no pensaba quedarme. Así que antes de que ellos llegaran recogí mis cosas, le dije a mi madre que me había surgido un compromiso y me despedí de ambos. Me dirigí a la plaza de garaje de mi padre donde había dejado aparcado mi coche y al salir al exterior los vi. Llegaban agarrados de la mano, charlando tranquilamente, como si la noche anterior nada hubiese ocurrido entre ellos. No me vieron. Tan solo conversaban mientras él rebuscaba las llaves de casa en el pantalón. La contemplé a ella y, por primera vez desde que la conocía, sentí una incontrolada furia. Aceleré evitando que aquello me afectara aún más, pero en la última gasolinera de la avenida detuve el coche para repostar y justo en ese instante el móvil vibró en mi bolsillo. Un mensaje:
Hola, Héctor. Soy Patricia. Estaba pensando en tomar las medidas de tu apartamento hoy. Siempre y cuando estés libre y no estés celebrando la Navidad. ¿Qué me dices?
Pensé durante unos segundos la respuesta y luego llegué a la siguiente conclusión:
Odio la Navidad. Te espero a las ocho en mi casa. Siempre y cuando aceptes mi invitación a cenar.
Ella no tardó en contestar.
Me parece perfecto.
Unas horas más tarde, y antes incluso de la cena, me deshice de la pinza que llevaba en su pelo mientras ella desabrochaba lentamente los botones de mi camisa, luego, la deslizó por mis hombros y acarició mi torso con las palmas de sus manos.
―Me gustas, Héctor ―susurró, acercándose a mí y plantándome un húmedo beso en la mandíbula ―Me gustas mucho…
―Quítate esto ―le ordené, paseando mis dedos por su escote y memorizando el color de sus labios.
Llevaba un vestido de punto gris con un cierre lateral, dio un paso hacia atrás y se desnudó ante mi ardiente mirada. Cuando aquella prenda cayó al suelo, me quedé fascinado contemplando su voluptuoso cuerpo con ese magnífico conjunto de encaje y satén.
―Joder, nena, estás muy buena ―mascullé.
Ella sonrió con aire de suficiencia y se plantó a escasos centímetros de mí. Llevé mis manos a sus caderas y pellizqué sus nalgas. Metí la cabeza en la curva de su cuello y comencé a lamer su piel, al mismo tiempo que una de mis manos tanteaban sus pechos. Sentí su respiración jadeante en mi oído y sus dedos enlazarse en mi nuca. Luego susurró con sus labios pegados al lóbulo de mi oreja:
―Hoy me has dicho que odias la Navidad.
La miré a los ojos, confuso, y de pronto recordé la verdadera razón.
―Así es ―respondí, deteniendo lentamente mis caricias.
Sin embargo, ella no tuvo la menor intención de parar aquello. Todo lo contrario, regó un camino de besos por mi cuello y mi pecho y fue descendiendo poco a  poco. Se arrodilló ante mí con la mirada cargada de deseo y perversión y, luego, sus dedos fueron directos a la hebilla de mi pantalón.
―Pues yo haré que cambies de opinión…

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