Me ha costado un poco ponerle título a esta entrada. Últimamente ando bastante confusa en cuanto a títulos, pero bueno, me temo que eso aún no os lo puedo explicar.

Cómo bien sabéis, el pasado 13 de junio ¡Estoy en apuros! salió a la luz bajo el sello Zafiro de la editorial Planeta.

Sara y Serra se pasean desde entonces por todas las plataformas digitales luciendo sus mejores galas. Sin embargo, Irene y Víctor son otro cantar.

Mi correo arde en llamas con preguntas sobre esta enigmática pareja, y he de deciros que para nada me he olvidado de ellos. De hecho, empiezo a conocerlos tan bien que ya casi parece que viven conmigo.

No obstante, su historia, porque la habrá, necesita un tiempo para macerarse. Ando absorbida lidiando con ambos… Todavía no puedo deciros fecha sobre su publicación. Pero no os quepa duda que haré cuanto esté en mi mano por no decepcionaros.

Dicho y aclarado este asunto, me gustaría compartir con vosotros un capítulo que algun@s habréis leído en la primera versión de ¡Estoy en apuros! ,pero que luego decidimos suprimir en esta última edición.

Es tan solo un pequeño tentempié, eso sí, espero que lo disfrutéis al máximo.

Y por supuesto si aún nos has leído ¡Estoy en apuros! es mejor que no sigas con esta entrada. Espero que le des una oportunidad y ojalá que más tarde vuelvas por aquí.

Por el contrario, si la acabaste y te quedaste con ganas de saber más, te propongo dos opciones:

1.Puedes leer un par de relatos sobre Sara y Serra pinchando aquí.

2.Pero si tu caso es ese en el que necesitas averiguar urgentemente algo más sobre la pirada de Irene y su jefe, entonces ponte cómod@ y continua leyendo.

UN TENTEMPIÉ DE NOMBRE IRENE

Mi madre es una romántica. Siempre lo ha sido. A menudo la oigo decir que en las historias de amor, donde realmente ha existido amor verdadero, no debe faltar un final feliz. Pero claro, ella se pasa los días enteros viendo telenovelas. Supongo que ella entiende el amor de un modo muy distinto al resto de los mortales. Además, la suerte estuvo de su parte cuando conoció a mi padre. Él es honrado y trabajador. Quizá mi padre no sea demasiado listo pero es el hombre más bueno que conozco. Y no lo digo porque sea mi padre. Es que llegué a un momento de mi vida en el que decidí que él sería la única figura masculina en la que confiaría por el resto de mis días.

Mi hermano era otro cantar. A veces lo miraba y pensaba por qué no había heredado algo de mi padre. Al menos un poco de esa sensibilidad. Pero no. Él era de otra especie. Quizá estaba hecho del mismo material genético que el cabronazo de mi jefe…

Y sí, ahí estaba de nuevo, rondando en mi cabeza.

Dos semanas deberían haber sido suficientes para arrancármelo del pensamiento. Pero no. Allí, tumbada en mi cama, con aquellos apuntes en mi regazo, aún no entendía qué hacía yo un sábado por la mañana comparando a mi hermano con semejante gilipollas.

Por aquel entonces, en lo único que debía concentrarme era en las pruebas de acceso a la universidad. Me quedaba un verano por delante bastante apurado. Algunas asignaturas las dominaba, pero otras, como filosofía o historia, podían dañar mi nota final; y conseguir una buena puntuación era fundamental para acceder al grado de Fisioterapia en Cádiz. Por lo tanto, que Víctor no apareciera por la Clínica en los próximos tres meses o a ser posible en los próximos diez años, sería un gran alivio para mí.

Tras aquel desatinado revolcón en ese aseo, tan solo me había cruzado con él una vez, y había sido cuando yo ya recogía mis cosas para marcharme. Pero desde ahí Víctor me evitaba. No quería enfrentarse a mí. Probablemente era incapaz de mirarme a los ojos y admitir que era un ser despreciable, adúltero y mentiroso.

La clave estaba en seguir el consejo de mi amiga Sara y olvidarme de eso de enrollarme con mi jefe. Había sido una idea estúpida desde el primer momento. Así que ahora que ya sabía, casi con total seguridad, que esa tal Bárbara era su novia, lo mejor para todos sería no mezclar atún con el betún. Además, él se mostraba bastante arrepentido, lo cual me provocaba más rabia si era posible. De repente, su comportamiento había variado conmigo. Como si no quisiera desencadenar una guerra entre nosotros dos, y la última vez que me lo había encontrado ya pude hacerme un esclarecido simulacro de lo que sería en adelante nuestra, ya de por sí, dificultosa relación laboral.

—Hola, Irene —había dicho con la cabeza gacha al entrar en la Clínica un par de días antes. Yo estaba de espaldas, sacando mi bolso del armario que teníamos en una de las paredes. Eran las dos en punto de la tarde y si hubiese llegado un minuto más tarde posiblemente no me habría cruzado con él.

—Ah, hola —respondí con desinterés, dándome la vuelta y ordenando mi mesa. Por supuesto ni siquiera pude ver cómo iba vestido, porque no lo miré.

—¿Todo bien?

—Perfectamente —dije interpretando de un modo magistral, apagando el ordenador.

—Bien…Voy a…Bueno…, hasta luego.

—Adiós.

Nada más. Luego, de soslayo, lo vi perderse por el pasillo.

Lo único que supe de él esas dos semanas fue que pasaba más tiempo en las otras clínicas. Y desde entonces era su padre quien, con frecuencia, aparecía por nuestro centro de trabajo.

Lo sé, esa hubiese sido la mejor manera de sobrellevar aquella peculiar relación jefe y empleada, pero a veces el destino hace de las suyas y se empeña en complicar aún más lo que ya está tan enrevesado.

Aquel sábado en el que yo tan relajada repasaba mis apuntes de lengua e intentaba comprender las oraciones subordinadas adverbiales condicionales y concesivas, mi adorable hermano irrumpió en mi habitación.

—Irene, necesito que me acompañes a comprarme una camisa y un pantalón.

—Sí, hombre, en eso estaba yo pensando ahora mismo —resoplé, mordisqueando un bolígrafo.

—Irene, es en serio. He quedado esta noche con una chica. Y desde que voy al gimnasio se me han quedado pequeñas todas las camisas. Mira lo que me ha salido aquí —dijo mostrándome un bíceps enorme, más bien presumiendo de cuerpazo.

Puse los ojos en blanco. Pero pese a que me parecía de lo más pedante y creído del mundo, sabía que llevaba razón. No solo le habían crecido los músculos de sus brazos, también estaba más alto. Tanto que yo parecía a su lado pariente de Lisa, la mujer de David el Gnomo.

—Olvídame, Fran. Estoy estudiando.

—Venga, Irene, porfa. Tú tienes mejor gusto que yo. Además, ¿prefieres quedarte aquí tirada toda la mañana en vez de acompañar a tu pobre hermano a comprarse ropa?

—Exacto.

Sin embargo, ese día, Fran se puso demasiado pesado y al final mi madre intervino en nuestra discusión y me acusó de que yo únicamente iba a lo mío. Dijo que no entendía por qué desde hacía algún tiempo andaba siempre tan malhumorada. Fran era el ojito derecho de mi madre, con lo cual eso jugó en mi contra. Acabé sintiéndome francamente mal y después de almorzar fui yo la que entró en su habitación y le pedí que me perdonara. Se hizo un poco de rogar, pero media hora después me vi montada en el coche de mi padre de camino al centro comercial de Bahía Sur, en San Fernando.

Él conducía risueño, hablándome de la chica con la que había quedado y yo intentaba no perder el hilo de su conversación. Fue extraño. Era la primera vez que veía a Fran tan ilusionado por salir con alguien. Quizá los bíceps no era lo único que estaba sufriendo una transformación en su cuerpo…

Nos recorrimos las tiendas charlando de un montón de cosas y de pronto me di cuenta que era imprescindible para mí pasar más tiempo con mi hermano. Después de todo, él parecía estar buscando una amiga con la que sincerarse sobre los sentimientos que empezaba a sentir por esa tal Lucía. Y que hubiese recurrido a mí me llenó de orgullo.

El centro comercial a esa hora de la tarde estaba bastante concurrido. El caso era que entre aquella maraña de gente distinguí la cabeza de Víctor sobresaliendo, y mi expresión mutó de la paz al nerviosismo en una milésima de segundo. Iba con alguien, aunque a esa distancia era incapaz de identificar a su acompañante. Él aún no me había visto, pero eso no tardaría mucho en suceder, dado que estábamos a punto de cruzarnos. A medida que me acercaba atisbé que él y la mujer que lo acompañaba, porque era una mujer, se detuvieron frente a una tienda de helados. Tan solo puede observar con claridad que ella lucía una melena castaña y moldeada a la altura de los hombros. Tenía que actuar con rapidez. Fran seguía hablándome conforme avanzábamos, y yo no podía apartar mis ojos de la escena que tenía ante mí…

Víctor le ofrecía un helado a la susodicha con una sonrisa sincera y fascinante abarcando su rostro. La punzada de celos que me recorrió de la cabeza a los pies fue devastadora.

Y justo en ese instante en el que su mirada y la mía colisionaron entre aquella multitud de consumistas, lo hice. Me agarré a los hombros de mi hermano y me subí a su espalda entre risas forzadas. Obviamente, Fran no tenía ni idea de qué estaba haciendo anclada a su espalda cual orangután, así que, sujetando mis piernas, comentó extrañado:

—¿Qué coño haces, Irene?

Le di un beso en la mejilla con mis brazos alrededor de su cuello y murmuré:

—Sígueme el rollo, porfi. Hay un tío ahí que es gilipollas y quiero que crea que eres mi novio.

—¿Ah, sí? ¿Está por aquí cerca el gilipollas? Dime quién es —dijo él esta vez sonriendo, mirando a un lado y a otro, y asegurándose de que me tenía bien sujeta.

—No­ —protesté agarrándole la cara, evitando que se encontrara con aquel Víctor estupefacto. A juzgar por la expresión de mi jefe, también para él había sido una sorpresa encontrarse conmigo—. Quiero que se lo crea de verdad.

No pasé desapercibida las miradas escandalizadas de algunas personas a nuestro alrededor mientras mi hermano y yo interpretábamos ser una de esas parejas felices y pasionales que no tienen reparo en demostrar su amor públicamente. Él cargando conmigo como si fuera una mochila, y yo dándole besos en la cara. Solo que al cabo de unos segundos le pedí que me dejara en el suelo y él se negó. Le dio por hacerse el gracioso conmigo en brazos y se puso a corretear fingiendo que era un caballo. Acabé asestándole una colleja y mascullando entre dientes que o dejaba de hacer el tonto o me largaba sin ayudarle a comprar su camisa.

Dejé atrás a Víctor y a esa desconocida mujer a la que no pude verle el rostro. Pero al menos me había salido con la mía. Me había visto. Sí. Su gesto se había transformado ante la escena que mi hermano y yo habíamos interpretado. Estaba completamente convencida de que se había tragado eso de que mi hermano era mi novio.

Me giré un par de veces con disimulo para ver si aún seguía allí, pero ya había desaparecido…

—¿Quién es ese tío, Irene?

—Nadie, ya te lo he dicho.

—Para no ser nadie, te tomas bastantes molestias en darle celos.

—¡Bah! Ha sido una estupidez —dije, haciéndole un gesto con la mano—. Por cierto…, ¿te he dicho ya que voy a estudiar una carrera? —Cambiar de tema era lo mejor para calmar mi estado de ánimo.

Recuerdo que estaba comentándole a Fran mi intención de estudiar Fisioterapia si conseguía superar las pruebas de acceso a la universidad, cuando de pronto él se detuvo delante del escaparate de Massimo Dutti y me señaló una camisa preciosa con un bonito estampado geométrico.

—¿Te gusta esa?

—Sí, creo que te dará un toque interesante. Vamos, entra a probártela.

Fuimos directos a los probadores y poco después una chica joven y muy amable le tendió la prenda para que se la probase. Fran ya se había quitado su camiseta y aquella muchacha parecía en estado shock contemplando los pectorales de mi hermano. Así que mientras ella le sugería otro tipo de camisas y polos que podían combinar con el intenso azul de sus ojos, yo aproveché para sentarme en el taburete que había en una esquina del probador y toquetear mi móvil. Bueno, para eso y para pensar.

¿Sería esa mujer la tal Bárbara? ¿Cuánto tiempo llevarían juntos? ¿Estaba él realmente enamorado de ella? Seguro que sí. Su sonrisa plena mientras le ofrecía el helado no dejaba de repetirse en mi cabeza. ¡Oh, Dios, maldito Víctor! ¿En qué estúpido momento se me habría ocurrido responder a ese beso?

—Irene, ¿qué tal esta?

Sacudí mis pensamientos y levanté la vista hacia mi hermano.

—Me gusta. Esa chica llevaba razón. Resalta el color de tus ojos.

—¿Seguro?

—Sí, espera. Voy a por un pantalón que le haga juego —dije levantándome, dispuesta a tomar las riendas. Al fin y al cabo mi hermano me había pedido que lo acompañara y lo asesorara. Así que intenté olvidarme de Víctor y ayudar a Fran.

La dependienta que había estado atendiéndonos anteriormente, ahora estaba ocupada con otro cliente. Me fui directa a una estantería donde había una pila de pantalones chinos que podrían conjuntarle de maravilla y alcancé el primero que encontré.

Lo desplegué buscando la talla y el precio y una voz demasiado conocida y peligrosa para mí, murmuró en mi hombro:

—No creo que sean de tu talla.

Respiré antes de girarme.

—Vaya, Víctor, qué sorpresa.

Intenté alejarme disimuladamente de él para poder ordenar mis pensamientos.

Aquella era la primera vez que lo veía vestido de un modo tan informal. Llevaba una sencilla camiseta blanca con un texto escrito en inglés impreso sobre el pecho y unos vaqueros desgastados. Me pareció avistar que calzaba unas deportivas blancas, y mientras lo escaneaba de arriba abajo no pude evitar pensar que esa ropa parecía más de mi estilo que del suyo. Su pelo castaño casi negro estaba desordenado y de nuevo se había dejado crecer la barba. Otra vez esa barba que me volvía loca de remate…

—Bonitos pantalones —dijo con las manos en los bolsillos de sus jeans y bajando su mirada hasta mi short vaquero. Sin mostrar remordimientos mientras contemplaba mis muslos expuestos.

—Sí, son preciosos —respondí yo nerviosa, extendiendo los chinos beige que tenía en las manos.

—Son para tu novio, ¿no? —inquirió señalando la prenda. Luego sus ojos clavados en los míos.

—Así es —afirmé alzando la barbilla.

—Era el tío ese que imitaba ser un canguro ahí fuera, ¿verdad? —Yo me humedecí los labios conteniendo mis ganas de decirle una burrada—. ¿Desde cuándo estáis saliendo? —continuó.

—Bueno, supongo que esa información no es de tu interés —repliqué, dirigiéndome de nuevo a la estantería y removiendo la ropa que había en ella.

Él sonrió, dio un paso hacia mí fingiendo que él también miraba aquellas prendas, y al instante siguiente murmuró:

—Es posible, pero a él seguro que sí le interesa saber que la chica con la que está saliendo se besa con su jefe.

Un señor que estaba muy cerca de nosotros ojeando unos jerséis nos miró atónito.

Suspiré. Tenía que controlarme. Sabía exactamente qué decir para sacarme de quicio el muy capullo…

—Creo que le interesaría casi tanto como a Bárbara. ¿No es Bárbara? —solté encarándolo.

De repente su expresión varió. No supe exactamente si en su rostro había ofuscación o quizá era decepción. Pero verme pronunciar ese nombre no le gustó en absoluto.

En ese instante habría jurado que su cabeza daba vueltas sin parar.

—Tu novia, ¿no? —insistí dispuesta a hundir el dedo en la llaga. Sin duda había acertado—. Bien, pues déjame que te diga una cosa, Víctor. A partir de ahora tú y yo solo hablaremos de cuestiones de trabajo. Es decir, dentro de la Clínica y siempre y cuando tengas que decirme algo acerca de las funciones que desempeño. Fuera de ella, te agradecería que evitaras incluso saludarme. Me caes mal, ¿sabes? Me caíste mal casi desde el principio. Y ahora que sé que tienes novia y que encima eres un adúltero y un mentiroso, me caes aún peor. —Cruzó los brazos, se miró los zapatos y me pareció que iba a interrumpirme, pero no lo dejé hablar. Alcé una mano pidiéndole que cerrara su bocaza, y lo hizo. Continuó escuchándome con la cabeza ladeada—. Así que, si te parece que no hago mi trabajo correctamente o simplemente crees que me he pasado diciéndote que no te soporto, estás en tu derecho de despedirme, en ese caso lo aceptaré. Si no, me gustaría seguir en mi puesto sin necesidad de aguantar tus impertinencias.

Guardó silencio durante unos segundos. Los suficientes para darme cuenta que las líneas de su frente se habían suavizado.

—Nunca te había visto los labios pintados de ese tono —dijo, provocando con su comentario que mi sangre hirviera. ¿Se estaba burlando de mí? ¿Es que acaso no me había oído? Aunque era verdad, aquella barra de labios era nueva. Concretamente la nueva Bourjois Rouge Edition Velvet color Fuchsia.

Contraje las mandíbulas y él añadió:

—Que yo sepa no he vuelto a molestarte en la Clínica.

—Exacto. Pero acabas de hacerlo aquí y ahora.

—Estamos fuera de horas laborales. Solo bromeaba…

—Pues no eres muy gracioso que digamos.

—Eso no lo sabes. Apenas me conoces. —Descruzó los brazos y volvió a meterse las manos en los bolsillos.

—Créeme, lo poco que sé de ti no me hace ninguna gracia.

Lo taladré con la mirada, como si de ese modo pudiera desintegrarlo.

Chasqueé la lengua para seguir poniéndolo de grana y oro, pero una voz melodiosa a su espalda nos sobresaltó a ambos.

—Víctor.

Él se giró y allí estaba esa mujer. Solo que conforme se iba acercando, me di cuenta de que era una señora madura. Bastante atractiva, eso sí. Alta y refinada. Pero a él le sacaba al menos veinte años. Llevaba un vestido sencillo que me dio la impresión de ser caro. Y en su mano un bolso que probablemente duplicaba mi sueldo.

—Mamá —dijo él girándose. Era su madre…—, mira ella es Irene. La chica que trabaja en la recepción de la Clínica de San Fernando.

—Ah, sí, Irene. ¿Con que tú eres Irene? —dijo la mujer estudiándome de la cabeza a los pies. ¿Había oído hablar de mí?—. Encantada.

Apenas pude reaccionar cuando ella se colocó delante de mí y me plantó dos besos.

—Igualmente —musité cohibida.

—Me gusta tu camiseta —anunció.

—Muchas gracias. Las diseño yo misma —dije muy nerviosa, agarrando el borde de la tela y mostrándole los corazones de lentejuelas que había cosido a mano en uno de los laterales.

—¿De verdad?

No tenía la menor idea del porqué le había dicho eso. Lo único que sabía era que ella se mostró bastante interesada en mi afición por el diseño de moda y, sobre todo, en esa prenda en concreto. A su lado, Víctor no dejaba de observarme mientras su madre me retenía con preguntas comprometidas.

—Bueno, ¿y qué tal en la Clínica? ¿Te tratan bien mi marido y mi hijo? —inquirió agarrándose al brazo de Víctor y lanzándole una miradita cómplice.

—Sí, muy bien, señora —titubeé.

—Ay, por Dios, no me llames señora. Mi nombre es Araceli.

—De acuerdo, Araceli. Quizá es un poco más complicado trabajar con su hijo que con su marido. Pero nos llevamos bien —bromeé con mis ojos fijos en los de él, armándome de valor.

Ella lo miró, sonriendo, y este se encogió de hombros. Para ser sincera, allí, junto a su madre y contemplándome de ese modo, me resultó adorable… Pero no, no era eso lo que yo quería. Víctor no era adorable. ¡Era un maldito cabronazo que le ponía los cuernos a su novia!

Aun así, habría seguido allí, respondiendo a las cuestiones de su madre, de no ser porque mi hermano salió del probador, supuse que harto de esperarme, y sin yo esperarlo se colocó a mi lado.

—Irene.

—Fran —carraspeé—, te iba a llevar este pantalón —dije enseñándole el chino beige que sujetaba en mis manos.

—No te preocupes, me quedo solo la camisa.

—V-Vale.

En fin, la situación no fue fácil. No obstante, mientras Víctor y su madre no apartaban los ojos de mi hermano, supe que tenía que reaccionar de un momento a otro.

—Hola —dijo Araceli.

—Hola —respondió Fran mirando a Víctor de arriba abajo. Más bien, devolviéndole la hostil ojeada que este último le había asestado.

Sabía que debía presentarlos. El silencio incómodo que llenó la distancia que nos separaba no hizo más que avisarme de que debía decir algo urgentemente.

—Fran, él es Víctor, mi jefe; y ella es su madre, Araceli.

—Encantada —se adelantó Araceli, extendiéndole la mano a mi hermano—. ¿Eres su novio?

Y sí, en ese instante todo sucedió muy rápido. Víctor me miró, yo lo miré a él. Mi hermano también me miró y luego volvieron a mirarse entre ellos. Fue uno de esos triángulos de miradas bastante espinosos. Fran no llegó a responder. Creo que supo de inmediato a quién tenía ante él. Agarró la mano de Araceli y fui yo la que se apresuró a decir:

—Sí, es mi novio.

Mi hermano me lanzó una sonrisa traviesa y cuando acabó de saludar a la madre de Víctor, me rodeó la cintura y me apretó contra él.

—Así que este es… Víctor. Tu jefe.

Me arrepentí de inmediato. Conociendo a Fran y su macarrónico sentido del humor, estaba segura de que ponerme en una situación embarazosa sería una diversión para él.

El color desapareció de mi cara.

—Sí… Bueno, Fran, será mejor que nos marchemos.

Víctor no dijo nada. Solo permaneció estático junto a su madre, asesinando a mi hermano con los ojos.

—Lo que tú digas, tesorito —respondió Fran, besándome el pelo.

—Ha sido un placer, Araceli —dije.

—Lo mismo digo —murmuró ella, yo diría que desconcertada.

—Hasta luego.

Me adelanté tirando de la muñeca de Fran. No me atreví a volver a mirar a Víctor. Lo único que quería era salir de una vez por todas de esa tienda.

Mi hermano se detuvo en la caja para pagar la camisa y yo sentí de nuevo ese magnetismo extraño tirando de mí, esa necesidad casi lacerante de girarme y enfrentarme a sus ojos una vez más. Cuando lo hice, él estaba a punto de salir de aquel comercio con su madre colgada de su brazo. Ladeó la cabeza y un largo segundo duró el contacto visual entre él y yo. El tiempo suficiente para saber que mi interpretación, y la de Fran, había sido todo un éxito.

Desapareció y una violenta sensación de vacío me sacudió de la cabeza a los pies. Pensé que hacerle creer que tenía novio iba a aliviar la pesadumbre que se había apoderado de mí desde aquel beso. Pero no. Descubrir que verme con otro le ponía enfermo, solo hizo que lo que sentía por él se intensificara.

—Dios… —susurré frotándome la cara.

—Tu jefe. Resulta que el gilipollas es tu jefe.

—Cállate, Fran.

—Vale, hermanita. ¿Quién es ahora el irresponsable?

—He dicho que te calles.

Y lo hizo. Mi hermano no volvió a mencionar ni una sola palabra. De hecho, creo que mi silencio le preocupó tanto que cuando llegamos a mi casa y vio cómo volvía a encerrarme en mi cuarto, no pudo evitar entrar detrás de mí.

—Irene, dime la verdad —dijo cerrando la puerta para que mi madre no nos oyera—, ¿qué te ha pasado con ese tío?

—¡¿Qué?! Nada, Fran, nada —declaré, terminando de ponerme mi pijama de verano.

—¿Qué pasa? ¿Te trata mal? —inquirió él dando un paso hacia mí.

—¡No! Venga, Fran, déjalo, quiero estudiar un rato.

Me sentía extenuada y nostálgica y lo único que me apetecía era aislarme durante unas horas.

—Me da igual que sea tu jefe, Irene. Si me entero de que te ha hecho algo malo, le daré una paliza.

Fue entonces cuando lo miré y me di cuenta de que quizá mi actitud lo había alarmado.

Sonreí para restarle importancia y me acerqué a él.

—Que no, tonto, tú tranquilo. Hasta hoy me ha pagado puntualmente. Si deja de hacerlo, seré yo misma quien se la de.

Le di un beso en la mejilla para calmarle.

—Y ahora, ponte tu camisa nueva que vas a llegar tarde a tu cita.

—Está bien, pero quiero que sepas que me cae mal —dijo un segundo antes de salir de mi habitación.

Yo negué con la cabeza exhalando una sonrisa y cuando estuve sola murmuré:

—Ya somos dos…

Me derrumbé en la cama, dispuesta a pasarme el sábado por la noche en compañía de la sintaxis de las oraciones. Pero estudiar después de aquel encontronazo con Víctor no resultó ser una tarea fácil… Agarré mis cascos y mientras la voz rota de Ella Eyre en esa canción de Together me agitaba los sentimientos, hice un esfuerzo enorme por concentrarme en los folios que tenía delante.

A eso de las once de la noche sentí mi móvil vibrar y antes incluso de mirarlo, tuve la insólita intuición de que sería él.

Me acomodé sobre los almohadones para leerlo y cuando vi su nombre en la pantalla…

«Hoy ni siquiera me has dejado hablar y necesito que sepas un par de cosas. La primera: mi madre dice que eres muy guapa. Y la segunda: creo que te has pasado bastante diciéndome que no me soportas».

Me mordí el labio y tardé varios segundos en responder. Solo que mi respuesta fue breve. Busqué en los emoticonos un tren, un avión, un coche y una moto, y le di a enviar.

«¿Ya estamos con los acertijos?», escribió él.

«¿No lo entiendes? Es fácil. Significa que elijas en qué transporte puedes irte a la mierda, Víctor».

«Entiendo. ¿Tan cabreada estás?».

¿Cabreada? ¡Qué modo tan sutil de calificar mi estado!

«No estoy cabreada. Simplemente quiero que tengamos una relación laboral normal. ¿Es mucho pedir?».

«Para nada. Es lo justo. Llevabas razón».

«¿En qué parte, concretamente?».

«En la de que no debí besarte».

Afilé la mirada. Deseé con todas mis fuerzas tenerlo delante en ese momento para poder gritarle a la cara lo imbécil que era.

«Vaya, ¿ahora tienes remordimientos? ¿Hasta ahora no te has dado cuenta de que no debes besar a tus empleadas porque tienes novia?».

«No. No es por eso», contestó.

«¿Ah, no? ¿No tienes novia? ¿O no tienes remordimientos?».

«Sí, Irene. Tengo una relación. Es complicado…».

Leer ese mensaje me produjo un dolor desconocido, irreconocible… La furia y la decepción viajaron hasta la boca de mi estómago y no supe cómo lidiar con ellas.

Suspiré profundamente antes de volver a contestar.

«No tiene nada de complicado, Víctor. Tú tienes novia y yo acabo de empezar a salir con alguien. Fin del asunto. Piensa en los transportes y elige el que más te guste. Chao».

Su respuesta llegó un par de minutos más tarde.

Un cohete. Solo eso. Pensé que no diría nada más, pero tras ese emoticono llegaron las siguientes palabras:

«Quédate tranquila, atenderé a tu petición de una relación laboral normal, pero necesito que sepas que no debí besarte porque ahora ya no quiero besar a nadie más. Chao, Irene».

Solté el móvil y guardé los apuntes.

La oraciones subordinadas serían el menor de mis problemas…

Lo que estaba por llegar…, ya os lo contaré yo misma más adelante.

 

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