La inspiración tiene que pillarte trabajando. Creo que fue Picasso quien lo dijo. Y es muy cierto. La inspiración no es eso que te inunda el cerebro por arte de magia.

De pequeña solía imaginar a los artistas en su rincón de trabajo mirando al infinito y con un montón de flores imaginarias revoleándoles las cabezas. Pero no, no es así como llega. La inspiración es una búsqueda constante. Es eso que aparece cuando crees que ya no puedes devanarte más los sesos. Cuando tienes la espalda contracturada a consecuencia de la tensión y tu silla parece tener clavos en el respaldo. Cuando la presión es tan intensa que empiezas a pensar que quizá te estás equivocando de profesión y en realidad deberías hacer algo más sencillo aunque ello signifique no sentirte tan realizada.

Las ideas, las muy puñeteras, no aparecen por arte de magia. Claro que no. Pero es que nada en la vida aparece así. Ni siquiera el amor. Todo hay que sembrarlo, regarlo, cultivarlo. Sobre todo el amor.

Fue esta teoría la que me condujo a la historia de Cristina y Raúl. No, ellos no surgieron como meros personajes secundarios de mi primera novela Ríndete, Carolina. Fue algo más complicado.

Pasé muchas horas tratando de resolver que rondaba por la mente de estos dos. Tuve que dejar la historia apartada durante un tiempo para poder entenderlos y llegar al final que quería para ellos y tras una larga pausa, conseguí resolver el puzzle.

¿Cómo? Pues te invito a descubrirlo.

Aquí tienes su principio.

Nada será fácil para ellos, pero espero que consigan llegar a tu corazón con la intensidad que aún viven en el mío.

 

1

 UN AMOR, UN CORAZÓN

El aroma a agua salada, la suave y cálida brisa, el murmullo de las risas de mis amigas perdiéndose en la inmensidad de la playa y la melódica voz de Bob Marley abanderando la banda sonora del momento, fueron parte de los recuerdos de aquella primera vez.

Ni siquiera me di cuenta de que se había acercado a nuestra mesa hasta que lo tuve delante, con su metro ochenta de altura, con su revuelto cabello castaño y con aquellos provocadores ojos de los que jamás supe descifrar exactamente el color. Eran de una extraña mezcla entre gris y azul. Tan extraños como la intrigante y contemplativa luna que nos acechaba. No obstante, el color era lo de menos…, lo más atrayente y embriagador de su bonito y aniñado rostro era su mirada enloquecedora y sensual. Supe al instante que jamás podría ignorarla.

—Hola, ¿podría sentarme con vosotras? Mis amigos son muy aburridos y, al parecer, vosotras os lo estáis pasando muy bien. Por cierto, soy Raúl —dijo con una voz tremendamente masculina.

Asentí y mi boca me traicionó curvándose y reprimiendo una sonrisa.

—Claro, Raúl, siéntate —respondió mi amiga Raquel antes de que yo dijera nada, indicándole que lo hiciera en el asiento continuo al mío. Era obvio que mostraba interés por mí.

En esa mesa estábamos Marta y Raquel, mis amigas, y mi hermana Carolina. Él se había acercado hasta allí sin dejar de observarme, como si quisiera anunciarnos a todas que su presa era yo. Lo cual me resultó terriblemente excitante.

Lo observé de cerca y era incluso más guapo. Dientes blancos y alineados. Casi perfectos. Una mandíbula no excesivamente cuadrada y recubierta de vello oscuro…No era una belleza novelesca. Pero sí lo suficientemente atractivo como para distraerme de todo lo demás. Me recordó a ese modelo estadounidense que había sido imagen de Dolce & Gabbana: Noah Mills, y que tanto me gustaba. Solo que Raúl tenía los ojos más claros que ese joven y, por suerte para mí, parecía bastante interesado en quedarse con nosotras.

Esa noche no tenía pensado conocer a ningún chico, de hecho, era lo último que me apetecía. Acababa de regresar de Ámsterdam, prácticamente huyendo de un tortuoso desacierto sentimental, pero ver a Raúl trastocó mis planes. Pensaba que tal vez unos meses en Cádiz, con mi hermana, me vendrían bien para reponerme de la decepción de que Marcus, mi error sentimental, estuviera casado. Mi idea era alejarme por un tiempo.

Él era mi jefe en la revista para la que estaba trabajando como fotógrafa en esos momentos. Ansiaba olvidarlo y convencerme de que podíamos trabajar juntos, sin necesidad de mezclarlo con el placer. Pero lo último que quería era confundirme otra vez. Sin embargo, ver a Raúl fue como una bocanada de aire fresco. Me pareció tan sexi y divertido que no pude evitar sentirme atraída por él al instante.

—¿Sueles hacer esto siempre? —le pregunté con descaro cuando se hubo acomodado a mi lado.

—¿El qué? —quiso saber con divertida curiosidad.

—Pues esto: asaltar una mesa con cuatro mujeres y con una frase tan simple y manida como esa.

—¿Te ha parecido simple?

Marta y Raquel nos miraban risueñas mientras él y yo dialogábamos. Carolina parecía tener la cabeza en otra parte. Concretamente en el hermano de su ex que, de pura casualidad, se encontraba en el grupo de amigos de Raúl, conversando con otros chicos.

—Sí —respondí, ocultando una sonrisilla—. Poco original —puntualicé.

Parpadeó un par de veces, apoyó un codo en la mesa y se pasó el pulgar por la barbilla, analizando mi expresión.

—Entonces, según tú, ¿qué debe decir un hombre para entablar conversación con una mujer que le interesa?

—No lo sé, sencillamente algo original.

—Eso no me ayuda. Necesito alguna pista. —Se giró hacia Marta y Raquel en busca de apoyo y, de pronto, se dio cuenta de que Carolina miraba fijamente a uno de sus amigos.

—Veo que no paras de observar a mi amigo Héctor. Espera, te lo presento. ¡Héctor!

Mi hermana me miró pidiéndome auxilio en silencio. Estaba segura de que Carolina no tenía ninguna gana de encontrarse aquella noche con el hermano de su ex. Aunque, a decir verdad, ese no era un excuñado normal y corriente. Era una bendición para la vista.

Al cabo de unos minutos, después de que Héctor se uniera a nuestra mesa y él y mi hermana se fundieran en una interesante conversación, Marta y Raquel optaron por dialogar entre ellas. Mientras tanto, Raúl bromeaba conmigo.

—Está bien, sigamos con la lección.

—¿Qué lección? —dije moviendo sensualmente el sorbete de mi mojito.

—Me estabas enseñando a ligar. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí!, por el principio. Chico conoce chica; qué es lo primero que debe decir. Según tú algo original. Por favor, ¿podrías ponerme un ejemplo? —pidió con sus rosados y apetecibles labios en tensión para no reírse. Cruzó los brazos sobre su amplio pecho y se acomodó en la silla, esperando mi respuesta.

—Un ejemplo…, así que necesitas un ejemplo…, pues… no lo sé, podrías haberte acercado a nuestra mesa y preguntarle a mi amiga Raquel si ese color de pelo es natural o teñido.

Soltó una carcajada. Y… Dios, su risa me caló la piel.

—¿Y eso te parece original?

—Sí, habría dicho mucho de tu personalidad. Probablemente significaría que eres un hombre atento que se preocupa por el color de pelo de su pareja. Eso es algo que a las mujeres nos gusta. Nos satisface ir a la peluquería y que después de dejarnos una pasta en mechas y tintes, nuestra pareja se dé cuenta del cambio.

Obviamente estaba bromeando…

—¿Quieres decir entonces que la primera intervención tiene que reflejar algo de uno mismo?

—Más o menos —afirmé dándole un sorbo a mi copa.

—Pero esa pregunta es arriesgada. Quizá ella se enfade porque cuestione el color de su cabello.

—¿Crees que una chica que se hace esas cosas en la cabeza se va a enfadar porque quieras hablar de su pelo? —consideré, señalando a Raquel que conversaba con Marta, ajena a nosotros, y le mostraba algo en su teléfono móvil.

Mi amiga era una de esas mujeres que no temía a la peluquería. De hecho, aparecía cada semana con un peinado diferente.

—Vale, creo que lo he pillado. Hagamos una prueba —propuso él, apoyando los brazos sobre la mesa y acercándose aún más a mí. En ese instante, su rodilla se rozó con la mía y una corriente eléctrica me paralizó.

—De acuerdo.

Carraspeó un poco, adrede, haciendo como si estuviera ensayando una escena, y luego pasó su bonita mirada de mis labios a mis ojos.

—¿Ese tono de labios es natural o los llevas pintados? —interrogó, acercando ligeramente su cara a la mía.

Sonreí ante su pregunta.

—Es un gloss labial.

—No me lo creo. Creo que es tu color. Es imposible que un lápiz de labios consiga ese efecto.

Esto último lo dijo exagerando y dándose de entendido, moviendo los dedos y señalando mi boca.

—Te equivocas, es de la marca L’Oreal y, precisamente, ese es el efecto que consigue.

Chasqueó la lengua, como si mi explicación no le sirviera de nada y planteó:

—Solo hay una manera de saber si ese color es natural o los llevas pintados.

—¿Ah, sí? ¿Cuál? —pregunté siguiéndole el juego, que a esas alturas ya me fascinaba.

—Tendría que besarte, solo que suelo ser muy tímido para esas cosas y esperaré a que seas tú quien acabe suplicándome que lo haga.

Miré sus labios y de pronto sentí la irrefrenable necesidad de devorarlos… Me acerqué a su oído y su masculino perfume se mezcló con la ligera brisa que corría esa noche, obligándome a aspirarlo, luego le susurré:

—Pues yo no suelo suplicar por un beso, así que me temo que te quedarás con la duda.

—Menos mal, porque no me habría gustado verme en el compromiso de tener que comerte la boca aquí mismo.

Al decir eso, nos quedamos contemplándonos uno al otro durante un largo y tenso silencio. Él alzó una ceja y, al sonreír, un descarado hoyuelo apareció en su mejilla. La presión que sentía bajo mi vientre se intensificó y apreté los muslos con fuerza cuando el deseo me recorrió entera. Era más que evidente que ambos lo estábamos deseando.

Raquel y Marta nos interrumpieron y se levantaron para despedirse. Lo cierto es que no les estábamos haciendo mucho caso. Carolina parecía realmente enfrascada en lo que Héctor le contaba; y yo, desde que Raúl había aparecido, no podía apartar mis ojos de él.

Una vez que se hubieron marchado, él comentó analizando cada uno de los rasgos de mi cara:

—¿Te han dicho alguna vez que pareces india?

Me reí.

—No, como mucho me han dicho que no haga el indio. Mi hermana suele repetírmelo a menudo.

Él sonrió también.

—En serio, me recuerdas a esas mujeres indias americanas. No sé…, tus ojos…

Se acomodó en su asiento y llevó uno de sus codos al respaldo de su silla. Me fijé en su polo negro de manga corta con unas rayas de contraste en el cuello y en sus vaqueros azul marino, donde se ocultaban aquellas largas y probablemente bonitas piernas, y pensé en lo mucho que me gustaba un hombre con gusto para la ropa.

—En realidad, mi verdadero nombre es Pocahontas, aunque para los amigos soy Cristina —dije en un intento de hacerme la graciosa cuando su mirada se volvió más intensa y yo empezaba a ponerme nerviosa.

—Qué va, si hubieras pertenecido a una tribu de esas de apaches o cheyenes, estoy seguro que te habrían llamado algo así como… ojos verdes.

—¿Eso es un piropo?

—Por supuesto —declaró con seguridad.

—Pues… gracias —añadí con un aleteo de pestañas que lo hizo sonreír aún más.

Me quedé cortada.

Mojé los labios en mi copa sin saber qué otra cosa decirle e intenté unirme a la conversación de mi hermana y Héctor. Los observé durante unos segundos y, de repente, me fijé en que hacían muy buena pareja, si no hubiese sido porque Héctor era hermano de Rafa, habría dicho que estaba interesado en ella…

Seguí conversando y bromeando un poco más con Raúl, pero, al cabo de un rato, Carolina comentó que estaba muy cansada y que quería marcharse, lo cual me pareció una idea espantosa. Supuse que se sentía incómoda por Héctor, y asentí sin más.

Al levantarnos, Raúl atrapó mi muñeca y el roce de sus dedos en mi piel hizo que, de nuevo, una descarga eléctrica me sacudiera.

—¿Sería muy poco original que te pidiera tu número de teléfono?

—Depende de para qué lo quieras.

—No es nada personal. Es por si necesito comprar un tinte para mi madre o yo qué sé…, para que me des otra lección sobre cómo ligar con alguna chica. Te habrás fijado que soy muy torpe en esto.

—Bastante —le dije sonriendo y sacando mi móvil del bolso—. Sobre todo en esa parte en la que has intentado impresionarme con tus conocimientos sobre las tribus indias.

Él soltó una carcajada.

—Veía muchas películas del Oeste cuando era niño.

—Sí, ya, se te nota…; anda, apunta —le pedí, haciéndole un gesto hacia su teléfono mientras me seguía deleitando con su bonita sonrisa.

Nos intercambiamos los números y me despedí de él cuando Carolina casi me sacó a empujones de allí.

—Te llamaré, no lo olvides…, ojos verdes. —Fue lo último que oí.

Y claro que no lo olvidaría.

Descúbrelos en ¿Quién eres, Cristina?

Si te ha gustado, compártelo
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestEmail this to someone
error: Content is protected !!