¿Cuántas veces en la vida te planteas cómo vestirte para cometer un asesinato? No muchas, ¿verdad?

Está bien, tal vez me estaba pasando. Quizá no iba a matar a nadie, pero era muy probable que esa tarde corriera la sangre.

Las manecillas del reloj seguían avanzando y yo aún no tenía ni idea de qué ropa ponerme para aparecer por aquel bar. Sabía que me encontraría con él y con la dichosa Susana alias “muñequita guión bajo rubia”. La cosa se ponía fea. Muy fea. Sobre todo porque cuanto más lo pensaba, más aumentaba mi ira.

Irene había sido breve. Demasiado. Sin embargo, los datos que me había dado eran más que suficientes para que en mi cabeza yo proyectara la escena que temía encontrarme. Y por supuesto no iba a aparecer por allí con la ropa de vagabundo que llevaba en ese momento. ¡Oh, claro que no!

No pensaba humillarme delante de él. Fingiría ir en busca de mi amiga. Mientras tanto, tendría que escoger un conjunto apropiado para la ocasión y maquillarme a conciencia. Susana no era del montón. Ya lo creo que no. Hablábamos de una tía que me sacaba dos cabezas, con unas piernas kilométricas, unas tetas imposibles de ignorar, y una de esas voces dulces y melodiosas que a todo hombre le gusta oír entre gemidos diciendo guarradas.

Tenía que enfrentarme a eso y a un Miguel muy cabreado y borracho. No, no  iba a ser fácil decidir mi indumentaria.

Finalmente, acabé con un sobrio jersey negro de cuello alto , mis pitillos denim y unos botines negros de medio tacón. Al fin y al cabo, era mejor estar cómoda y preparada para lo que fuese a suceder.

Agarré mi cazadora de piel roja y me pinté los labios del mismo color. Teniendo en cuenta que no contaba con mucho tiempo para decidirme, el resultado no me disgustó.

Llegué a la calle San Francisco con el pulso descontrolado y las ideas confundiéndome las emociones. Tenía la boca seca y un mal presentimiento me había perseguido durante todo el camino. Hacía demasiado que no sentía esa sensación de inseguridad, y volver a revivirla fue realmente desagradable.

Antes de llegar a la puerta de aquel bar, me detuve. Necesitaba pensar qué le iba a decir, pero, claro, eso dependía de lo que me encontrase al girar la siguiente esquina.

Así que, sin más dilaciones, continué avanzando y justo cuando enfoqué la fachada del bar, los vi. Me costó identificarlos entre las personas que se agolpaban en la terraza del local.   Estaba bastante concurrido a esa hora. Todo el mundo parecía tener una excusa perfecta para celebrar algo y emborracharse. Todos menos yo…

A la primera persona que reconocí fue a Marian. Hablaba con…él. Sí, era él. Mis pies se pararon en seco para contemplarles.

Miguel estaba apoyado en la pared, llevaba una camisa azul de rayas diplomáticas por fuera de los pantalones y sujetaba su americana con una mano. Era más que obvio que se había peleado con alguien.

Tenía el cabello despeinado y a esa distancia no estaba muy segura de que lo que tenía cerca de la boca era sangre, pero cuando avisté cómo se llevaba un clínex al labio  con la otra mano, mis sospechas fueron confirmadas.

Lo único positivo de aquella escena era que Susana no estaba allí. Marian parecía estar echándole un buen sermón y él miraba hacia otro lado con indiferencia.

Sentí el impulso de intervenir, quería acercarme y preguntarle de una vez qué demonios estaba sucediendo, pero quizá era mejor esperar a que ellos resolvieran sus diferencias.   Desde allí, donde me encontraba, intenté leer los labios de Miguel, pero no lo conseguí. La disputa se intensificó a juzgar por los gestos de ambos y, finalmente, Marian se dio la vuelta y se marchó. Su semblante derrotado mientras se alejaba me conmovió.

Quise correr tras ella, sin embargo, era Miguel quien acaparó toda mi atención. Él se pasó una mano por el pelo y se movió de un lado a otro, nervioso y mascullando palabras ininteligibles.

—¡Joder! —me pareció entender que decía.

Fue entonces cuando decidí que había llegado el momento de plantarle cara. Así que me adelanté sin pensarlo ni un segundo más y de pronto…ella. Cómo no. Susana.

Salió del bar con dos copas en las manos, sonriendo y moviéndose al ritmo de la música que se filtraba al exterior y le ofreció una a Miguel. En el cuello, a modo de bufanda, llevaba una guirnalda roja y en lo único que pensé fue en estrangularla con ese estúpido adorno. Me detuve de nuevo con el corazón tan inerte como mis pies. Solo observé. Por un instante creí que él rechazaría esa copa, pero ella insistió poniéndole morritos y él aceptó premiándola con una amplia sonrisa.

Y mientras yo sentía cómo la sangre abandonaba mi rostro, luché con mi cuerpo por no perder las formas. Ellos continuaron conversando animados y despreocupados. Sabía que de un momento a otro ambos me verían. De hecho, él solo tenía que apartar sus ojos del escote de Susana y me descubriría allí de pie, en mitad de la calle, completamente paralizada y decepcionada.

Pero no sucedió de esa manera. Tuve tiempo suficiente para asimilar que estaban flirteando en mis narices. Tiempo suficiente para avivar mi ira y alimentar mis ganas de matarlos lentamente. Mi

cabeza no dejó ni un segundo de imaginarlos juntos de nuevo. A él parecía importarle un pimiento que Marian se hubiera marchado dolida. Ahora toda su atención estaba en los movimientos sensuales de Susana. En aquella conversación que a él le resultaba tan divertida…

Sin embargo, fue Irene quien me sacó de mis diabólicas cavilaciones.

—¡Sara!

Desvié la mirada hacia ella y luego me di cuenta que la feliz parejita me había descubierto. La sonrisa de Miguel se desvaneció en un santiamén. Supongo que a pesar de estar borracho como una cuba, adivinó que lo había pillado coqueteando. Mi amiga giró la cabeza para ver con sus propios ojos lo que yo estaba contemplando, y sin decirme nada se apresuró hasta mí.

Respiré y de repente mis articulaciones volvieron a activarse. Me adelanté para unirme a Irene, ignorándole. O al menos esa era mi intención.

—Hola, Irene.

—Sara, está muy borracho. Deberías llevártelo —murmuró ella entre dientes, de espaldas a Miguel.

Él no se movió de donde estaba. Ahora ya no se reía de aquello que Susana, en un estado de embriaguez lamentable, le decía

apoyándose en su hombro.

—Ni hablar… Hoy ya he visto todo lo que tenía que ver —mascullé asesinándolo con la mirada.

Pero mientras Irene hacía el intento de contarme cómo habían sucedido los acontecimientos, él dejó su copa en una mesa alta que había junto a la puerta del bar y no tardó en plantarse frente a mí. Guardó el clínex con el que se estaba limpiando la sangre del labio en su bolsillo derecho del pantalón.

—Vaya, vaya, al final te has decidido a venir —dijo colgándose la chaqueta al hombro.

Irene llevaba razón, cuando lo observé de cerca vi que estaba mucho más ebrio de lo que yo había percibido anteriormente.

—Hola, Sara —canturreó Susana, siguiéndole y colocándose a su lado.

Ella le dio un sorbo a su gin tonic y se atusó la melena.

Ni siquiera me tomé la molestia de saludarla.

—No he venido por ti —protesté dirigiéndome a él.

—Yo no he dicho eso —murmuró él encogiéndose de hombros.

Lo miré de arriba abajo sin importarme que Susana e Irene fueran espectadoras. Estaba hecho un desastre. Su camisa  mostraba salpicaduras de sangre y tenía un bolsillo descosido. Mi cabreo aumentó.

—¿Te has propuesto convertirte en el gilipollas número uno de estas Navidades?

Él se lanzó una ojeada y luego balbuceó:

—Bueno, es posible.

Dios, quería abofetearlo y gritarle que era un estúpido y un inmaduro, pero en vez de eso miré a Susana y articulé:

—Bien, en ese caso, será mejor que te quedes aquí con Susana y me dejes en paz.

Ella no se movió de donde estaba. No dijo nada. Y di gracias a Dios porque así fuera.

Agarré a Irene del brazo, que seguía sin abrir la boca, y la insté a meternos en el bar. No obstante, él me apresó la muñeca.

—Hoy me has dejado solo en la comida. Todos mis compañeros han ido con sus parejas y tú no has venido —dijo enfadado.

Me zafé de su capción de mala gana.

—Pues no parece que hayas perdido el tiempo.

Cuando he llegado se te veía muy alegre y risueño. Susana, intuyendo que la cosa empezaba a ponerse fea, se dio media vuelta y desapareció. Después de todo no era tan tonta…

Irene lo intentó, pero yo la tenía sujeta con fuerza del antebrazo. Por nada del mundo quería quedarme a solas con él.

—Susana es mi amiga. ¿Es que ahora ya no puedo tener amigas?

—Vete a la mierda —farfullé.

—No empieces a montarte tu película, Sara. Solo estábamos charlando —dijo haciendo un esfuerzo por sonar convincente.

Le respondí con una mirada fulminante.

—Sara, te esperaré dentro —murmuró Irene con su mano sobre la mía.

La dejé ir y me crucé de brazos. Me enfrenté a sus ojos, de nuevo.

—¿Por qué tienes sangre en el labio? —le pregunté dispuesta a obtener una respuesta clara y concisa.

Suspiró y luego soltó una risita amarga.

—Sousa me ha dado un puñetazo. Y tú, si quieres, puedes darme otro. Me lo merezco, ¿no?

Me humedecí los labios.

—¿Todo esto es por Marian? ¿Estás así porque ella y Sousa son pareja?

—¿Para eso has venido? Otra vez vamos a hablar de lo mismo… —masculló.

—No, claro que no. Ni siquiera he venido para hablar contigo. Así que puedes ir a buscar a Susana y acabar lo que probablemente estabas dispuesto a hacer.

Me giré, pero esta vez me sujetó el brazo.

—¿Acabar el qué? ¿Estás celosa? —dijo ocultando una sonrisita cargante.

Lo miré a los ojos y le brillaban. Era la primera vez que lo veía tan borracho y admito que no me gustó en absoluto.

—¿Celosa? No, Miguel, estoy decepcionada. Creí que por fin empezábamos a tener una relación de verdad. Pero me acabo de dar cuenta que esta es tu apocada manera de enfrentarte a algo que no apruebas.

—¿Pero qué dices? ¡No tienes ni idea de lo que hablas! —vociferó, llamando la atención de la gente que se encontraba tranquilamente acomodada en la terraza de aquel bar.

—¡No te atrevas a gritarme! —le amenacé de forma deliberada, ignorando a los curiosos testigos de nuestra monumental disputa—.He llegado aquí y te he encontrado con los ojos en las tetas de una

tía con la que follaste cuando ya estabas conmigo. No sé si tu repugnante borrachera te dejará entender lo que va a pasar a partir de ahora, pero créeme que hoy más que nunca sé de lo que hablo.

—¡¿Vas a dejarme?! ¡¿Es eso lo que me estás

diciendo?! —exclamó rabioso.

Hice un esfuerzo por no dejarme llevar por la furia que sentía.

—Vete a tu casa, Miguel. No pienso seguir hablando contigo en este estado.

Se frotó la frente, miró al suelo y otra vez a mí.

—Creí que era nuestra casa.

—Yo también creí que eras un hombre sensato y ahora solo veo a un imbécil borracho delante de mí.

Silencio.

Él alzó los brazos, rendido. Ese último comentario le hizo daño y en parte me alegré de que así fuera.

—Bien, como quieras, me largo…

—Sí, márchate.

Se puso la chaqueta sin apartar sus ojos de los míos, luego se pasó una mano por el pelo y antes de darse la vuelta

chasqueó la lengua.

—Ven conmigo —susurró.

—No, hoy no.

Percibí desencanto y frustración en su mirada, pero aun así no me amilané.

Me quedé allí el tiempo suficiente para ver cómo se alejaba de mí. Estaba confusa y no sabía qué hacer. Por un lado quería asegurarme de que llegara a su casa sano y salvo , pero por otro…necesitaba darle un escarmiento. Él estaba actuando de un modo desmedido. Jamás le había visto tan cabreado y resentido. Era obvio que había algún matiz en toda aquella historia de Sousa y Marian que yo no sabía.

Miré al suelo e intenté recomponerme interiormente. Algunas personas de las que permanecían a mi alrededor me observaban con algo parecido a lástima. Y lo cierto era que mi rostro no podía ocultar la desilusión y contrariedad que me recorría.

Pensé entrar en el bar y decirle a Irene que me iba a mi casa. Pero ni siquiera me quedaron ánimos para eso. Simplemente me marché.

 

Dos días son tan solo cuarenta y ocho horas. Quizá no es mucho. Quizá el tiempo pase rápidamente cuando eres una persona medianamente feliz, pero ese no era mi caso. Yo no era feliz sin él. Y a esas alturas ya sabía que no lo sería nunca. Pensar continuamente en mi desafortunada realidad me estaba consumiendo. Así que no reflexioné sobre las consecuencias de lo que me dispuse a hacer, tan solo me planté en la puerta de

su piso el lunes de esa semana cuando acabé mi jornada de trabajo y abrí con mi llave.

Ahora que lo pienso, me estaba engañando a mí misma. Repetirme mentalmente que mi invasión en su propiedad era para recoger algunas de mis cosas, concretamente mis planchas del pelo, era una excusa insustancial. Sobre todo, porque me daba igual el aspecto de mi cabello.

De hecho, mi coleta maltrecha y aquella ropa corriente que había escogido al azar esa misma mañana, daban prueba fehaciente de que no me encontraba en mi mejor momento emocional. En realidad, lo único que quería era una reacción por su parte. Necesitaba saber qué le estaba pasando. Y si llevarme mis cosas de su casa lo hacía reaccionar, era justo lo que haría.

En su apartamento todo estaba ordinariamente limpio. Quizá había algunas prendas de más sobre su cama y en el baño, pero por lo demás nada que despertara mi curiosidad. Agarré lo que necesitaba para que se diera cuenta de que había estado allí y me marché.

Pero a eso de las diez y media de la noche, cuando ya había vuelto a mi casa y me preparaba, sin mucho atino, algo de comer sobre la encimera de la cocina, oí la cerradura de la puerta. Era él, abriendo con su llave. La misma que yo le había facilitado tan solo unos meses antes.

Enderecé los hombros e intenté actuar con naturalidad. El corazón me latía descontrolado.

Nuestras miradas se encontraron mientras él cerraba la puerta.

Lo observé fijamente, calibrando la pérdida de brillo en aquellos ojos esmeralda y la dureza de sus facciones. Llevaba una sudadera gris con capucha y encima una cazadora sport. No hizo el amago de quitársela. Simplemente se guardó las llaves en el bolsillo de su vaquero y se plantó en medio del salón con una actitud airosa.

—¿Te has llevado tus cosas de mi piso? —inquirió con el cejo visiblemente fruncido.

—Así es. Necesitaba mis planchas del pelo y… estaban allí —respondí con un hilo de voz, rompiendo nuestro contacto visual.

—¿Y todo lo demás? ¿El cepillo de dientes y tu ropa? —dijo dando un paso hacia mí.

—Bueno, me alegra saber que te preocupas por mis efectos personales. Creí que después de dos días sin saber nada de ti, igual no te dabas ni cuenta de que me los había llevado.

Intenté concentrarme en la tarea de prepararme aquel sándwich.

—Tú también podrías haberme llamado. Te pedí que te vinieras conmigo y no lo hiciste.

—Estás hablando del sábado, ¿verdad? Espera, déjame que piense. ¿No fue ese el día en el que te pillé borracho y babeando ante el escote de tu amiguita Susana? —Él cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra e hizo un gesto con la cara de exasperación—. Ah, y si no recuerdo mal le pegaste a alguien ese día, ¿no? —Solté el cuchillo con el que estaba cortando un tomate en rodajas y me di la vuelta para meterlo en la pila de fregar—. Si te refieres a ese día, no, no me apetecía demasiado estar contigo.

—No le miré las tetas a Susana. No me interesan sus tetas en absoluto —dijo imperturbable.

—Sí, ya…

—Sí, es verdad. Ni siquiera sé porqué no viniste al almuerzo. Yo no te he hecho nada.

Solté una risa con desgana y negué con la cabeza.

—Quizá no me gusta demasiado cómo estás canalizando el asunto de Marian. Quizá, y solo quizá, creo que estás actuando de un modo egoísta e infantil y que en estos momentos en lo único que estás pensando es en ti mismo.

—¡Era el mejor amigo de mi padre! —masculló.

Luego comenzó a moverse de un lado a otro.

—¡¿Y qué?!

—¿Cómo que “y qué”? Maldita sea, los amigos no hacen esas cosas. No se follan a las mujeres de sus colegas. ¡Pero, claro, eso ya no tiene validez si tu amigo se muere, ¿no?!

—Miguel… —susurré con voz tranquilizadora.

Su rostro delataba signos de cansancio.

Aquel asunto le estaba haciendo bastante daño.  Hasta ese momento no me di cuenta que tal vez revivir la muerte de su padre le habría abierto viejas heridas.

El corazón se me rompió.

—¿Es que acaso el código de la amistad se rompe en cuanto asesinan a tu mejor amigo? Como está muerto ya no cuenta, ¿no? —dijo desolado.

—No. No es así, pero tienes que entender que ella quiera rehacer su vida —alegué, dejando lo que estaba haciendo y apoyando

mis manos sobre la encimera.

—¿Y tiene que ser con Sousa?

—Tiene que ser con la persona que ella elija —repliqué.

Él me escrutó.

—¿No me entiendes, verdad? ¿Crees que lo que me pasa es infantil? ¿Crees que no debería molestarme que Marian sea feliz con el mejor amigo de mi padre? Pues lo siento, pero me molesta. Me cabrea pensar que ellos están juntos y mi padre está muerto. Me enfurece aceptar que fuera él quien muriera en esa redada. Me…me… Tú no tienes ni idea… —dijo sin dejar de moverse.

—Podrías contármelo —murmuré.

Salí de la cocina para acercarme más a él y me crucé de brazos a un metro de distancia.

—¿Por qué tendría que hacerlo? Te has llevado tus cosas de mi casa. ¿Qué significa, Sara?

Sus ojos bailaron en los míos.

Se metió las manos en los bolsillos de su vaquero y esperó mi respuesta.

El olor a gel de baño en su piel me llegó a pesar de que ambos intentábamos mantenernos distanciados.

—Significa que no puedo estar con alguien que no es del todo sincero conmigo. Me cuesta creer que estés así solo porque ellos dos estén juntos.

—Mi padre le salvó la vida. Murió para salvar la suya, maldita sea —confesó—.Sousa se saltó uno de los pasos del procedimiento y entró en aquel piso antes de lo que tenían previsto. —Se frotó la nuca—. Y…mi padre fue en su búsqueda. Luego vino el tiroteo y todo lo demás…

No supe qué decir. Las palabras se me quedaron colapsadas en el nudo que tenía en la garganta.

Él se alejó de mí. Estaba luchando con todas sus fuerzas por no llorar, y verlo de esa manera me desgarró.

Tragué saliva.

—Lo siento, lo que sucedió fue horrible, pero…

—¡Pero nada! —gritó, provocándome un sobresalto—.Mi padre está muerto por un error de Sousa, y ahora yo debo aceptar que este se folle a su mujer. No, Sara. No pienso conformarme con esto.

—¡¿Y qué piensas hacer?! ¿Pegarte con él cada vez que se cruce contigo? Por Dios Santo, sois compañeros de trabajo. No puedes ver las cosas de esa manera.

—Ojalá pudiera pensar como tú. Pero no puedo. No de momento.

Lo vi dirigirse hacia la puerta y la idea de que se marchara de allí aquella noche me aterrorizó.

—Miguel… —supliqué.

—¿Qué? ¿Estás conmigo o con ellos, Sara? ¿Vas a decirme que la relación de Marian va a estropear la nuestra? Si te has llevado las cosas de mi casa porque piensas dejarme, quiero que me lo digas aquí y ahora.

Lo que me había contado acerca de Sousa era algo que ambos debíamos ir asimilando poco a poco. Le conocía demasiado para

saber que su ira se iría diluyendo. Solo era cuestión de tiempo, pero si quería hacerle entrar en razón antes, teníamos que resolver nuestras diferencias.

—Me las he llevado porque estoy cabreada contigo. Te encontré borracho y coqueteando con Susana, aunque te empeñes en negarlo. No me has llamado en dos días y todavía no sé cuándo pensabas hacerlo.

—Llevo en comisaría desde el domingo al mediodía —dijo rascándose la frente. Del caso en el que estaba trabajando en

esos momentos lo único que sabía era que habían muerto dos niños inocentes y que el padre era adicto al crack y estaba en búsqueda y captura. Sé que se esforzaba muchísimo por no arrastrar a casa el estrés que le generaban los casos de ese tipo, pero a veces era inevitable—. Te he enviado un mensaje cuando he salido de trabajar diciéndote que me pasaría por aquí después de ducharme. Pero cuando he llegado a mi casa me he llevado la sorpresa de que ya habías estado allí.

—No…no lo he visto —tartamudeé pensando en que hacía horas que no miraba mi teléfono móvil. Y era cierto. Había estado tan ocupada imaginando cosas absurdas que ni siquiera imaginé que tal vez no me había llamado porque estaba trabajando.

—Bien, ¿entonces? —dijo acercándose a mí.

—¿Entonces qué?

—¿Vas a dejar este piso y venirte a vivir conmigo de una vez?

Era un momento delicado para responder a esa pregunta, pero sus ojos me decían que esta vez no estaba bromeando. Le preocupaba demasiado el hecho de que yo pudiera salir huyendo de su casa cuando las cosas se ponían feas entre nosotros, y a mí me atormentaba la idea de no tener a dónde ir si algún día todo se complicaba.

Aun así, mi respuesta fue escueta y precisa.

Suspiré reprimiendo mis ganas de lanzarme a sus brazos.

—Sí —afirmé.

Las arrugas de su frente se suavizaron lentamente y una sonrisa resplandeciente luchó para curvar sus labios.

—No vuelvas a hacerlo —dijo tirando de mi muñeca para envolverme en la calidez de su cuerpo.

Sabía que se refería al hecho de llevarme las cosas de su casa.

—Tú tampoco —respondí sin añadir nada más.

Y no hizo falta. Él ya entendió por dónde iba.

Me pinzó la barbilla y antes de estrellar sus labios con los míos, bisbiseó:

—Te quiero, nena.

Luego su beso se intensificó y mis manos se colgaron de su cuello.

Sus labios, su cara, su pelo, su olor…Todo él afianzó mi teoría de que la vida sería una triste sucesión de fotogramas sin sensaciones si nos limitábamos a vivirla el uno sin el otro.

Me cargó sobre él, sujetándome por el trasero mientras yo enterraba mis manos en su pelo y le besaba con desesperación. Cuando llegamos a la habitación él me dejó sobre la cama de pie y nos deshicimos de nuestras prendas sin dejar de besarnos.

Su lengua recorrió mi mandíbula y luego descendió lamiendo mi clavícula y más abajo mis pechos.

Tiré de él para acomodarnos sobre los almohadones con mis dedos desabrochando torpemente los botones de su pantalón.

Él me ayudó y no dejamos de mirarnos y devorarnos con los ojos mientras nos quitábamos la ropa interior.  Le rodeé la cintura con mis piernas y luego… su voz.

—Me has asustado —susurró salpicando de besos mi cuello.

Y supe con certeza qué había sentido. Pude leer en su mirada el miedo que escondía su corazón. Probablemente el mismo que el mío. Quizá por eso me había sentido tan conectada a él desde el principio.

Él temía perder de nuevo a alguien crucial y yo…yo empezaba a darme a cuenta que dependía de él tanto como él de mí.

Creo que a partir de ese día comprendí que ya nos habíamos convertido en indispensables el uno para el otro. Imprescindibles. Hasta entonces me negaba a aceptar que el precio del amor es traducir a lo esencial lo que sientes por esa otra persona. Pero, ¿de qué iba a servir negarlo? Ya ninguno de los estábamos solos. Quizá precisarnos y desearnos de esa manera era la clave de la felicidad.

—Solo intentaba atraerte a mí —declaré acariciándole la mejilla con mi dedo índice.

—¿Más? —inquirió penetrándome despacio.

Entrando en mi interior y despojándome de todos mis temores.

—Siempre más —jadeé, arqueándome bajo su cuerpo.

Nos abrazamos y él intensificó el ritmo de sus caderas…

Mis manos se deslizaron por su espalda y lo aseguré a mí.

Al fin y al cabo, no había nada en el mundo que deseara con más fuerza. Nada que tuviera tanto sentido. Nada tan real y a la vez temerario.

Por complicado que fuera, yo ya no estaba dispuesta a vivir sin él.

Más tarde, en mitad de la noche, con sus dedos serpenteando mi brazo y el calor de su pecho adherido a mi espalda, hablamos sobre ese caso que tanto le preocupaba.

Me limité a oír su voz susurrante y me acurruqué en su cuerpo, consciente de que aquel sería mi único lugar seguro en el mundo. Y él hizo lo mismo.

—Necesito tenerte en casa cuando llego del trabajo. Quiero una razón para sobrellevar la crueldad con la tengo que lidiar a diario.

Asentí y giré la cabeza para besar sus labios.

—Eres el motivo más hermoso que tengo. No te alejes de mí.

A la mañana siguiente llevé todas mis cosas a su piso.

 

La Navidad de aquel año, se convirtió en una de las más significativos de nuestra relación. Celebramos Nochebuena en la casa rural de sus tíos, arropados con el calor de la chimenea y envueltos en un delicioso aroma a comida casera y pasteles horneados. Yo ya me sentía una parte incuestionable de esa familia. Ellos se habían encargado de que así fuera. Y él…él se aseguró de que  aquella sensación  altamente confortable no

desapareciera de mi vida.

Nos reunimos todos. Es decir, sus tíos, Marian con el pequeño Bruno, él y yo.

Miguel, durante ese mes, llegó a una especie de tregua con su madrastra, que consistía en ignorar la vida sentimental de Marian y

limitarse a mantener una relación cordial con Sousa. No sé si lo hizo por Marian o por mí, pero eso era lo de menos…Lo importante era que poco a poco ellos volvían a recuperar la complicidad.

La cena fue inolvidable, y no solo por el hecho de que era la primera vez que pasaba esas fiestas con una familia de verdad, si no porque una vez más me demostró que su corazón era grande y noble.

Recuerdo que eran aproximadamente las diez de la noche cuando Victoria posó los últimos entrantes sobre la mesa y nos pidió que

tomáramos asiento. Marian y yo insistimos en ayudarla pero no lo permitió. La televisión estaba encendida y emitían uno de esos programas entrañables que suelen grabar para ese día.

Miguel jugaba con Bruno en sus rodillas e intentaba hacerle sostener una cucharilla con la nariz, mientras tanto, el pequeño inundó el salón con sus carcajadas. Por aquel entonces me no me habría importado pasarme la noche observándoles. La vida entera si era necesario…

—Venga, campeón, a comer —dijo Marian sentándose en la silla que había junto a Miguel y removiendo una especie de puré que a Bruno parecía encantarle.

Ramón agarró el mando de la tele y cambió de canal hasta que se detuvo en uno de videos musicales. La banda de OneRepublic interpretaba esa canción titulada Say.

Bajó el volumen lo suficiente para que aquella música fuera la  conductora de nuestras conversaciones y risas.

Victoria como buena anfitriona se encargó de que la comida llegara a nuestros platos.

Apenas habíamos empezado a degustar los primeros aperitivos cuando el timbre de la puerta sonó. Victoria miró a su marido con un gesto de curiosidad. Obviamente no esperaban a nadie más aquella noche.

—Espero que no os importe que haya invitado a un amigo a cenar —dijo Miguel sorprendiéndonos a todos.

Marian estaba dejando a Bruno sobre su carrito y en cuanto oyó a Miguel pronunciar esas palabras, se giró para buscarme. En aquel

instante creo que las dos deseamos lo mismo con la misma intensidad.

Fue Ramón quien se apresuró a abrir. Y de pronto… apareció con Sousa en el salón. A decir verdad aquel hombre era la versión elegante y condenadamente atractiva del agente con el que yo había hablado en la comisaría el día que descubrí toda la verdad.

El rostro de Marian se iluminó de felicidad. Y el mío seguramente delataba una profunda perplejidad.

—¿Llego muy tarde? —preguntó Sousa con una botella de vino en una mano y en la otra un tape que olía a gloria bendita.

Miguel bailó sus ojos hasta los míos por encima de la mesa. Me contempló con aquella aceitunada mirada que me prometía el mundo entero si a mí se me antojaba…con aquella expresión que revelaba cazar la eternidad si así yo se lo pedía…  y luego murmuró:

—Llegas justo a tiempo…

 

¡Feliz 2016, familia!

 

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