Sus manos recorriendo mi abultado vientre. Sus manos…, grandes, masculinas, expertas…

«Ojalá se parezca a él».

«Ojalá herede esos preciosos ojos verdinegros».

«Ojalá esta felicidad dure eternamente…».

Esas eran las palabras que inundaban mi mente durante el tiempo que duró mi embarazo. Me las repetía constantemente, en silencio, con la esperanza de que aquella teoría de la atracción fuese absolutamente cierta y lograra gravitar todo aquello. Ahora que sabía que sería un niño, lo único que deseaba era que fuese idéntico a él.

Me sentía en la fase final de una película. En una tan hermosa, romántica y maravillosa que rezas para que no acabe. De esas en las que las últimas escenas las conforman una sucesión de fotogramas acompañados de una música magnífica. Solo que para mí, esa película empezaba ahora. Todo lo anterior tan solo había sido un camino lleno de desafortunados  obstáculos.  La verdad estaba ahora ante mis  ojos, y se presentaba convertida en ese soberbio ejemplar de varón que se había enamorado de mí nada más verme, mientras yo estaba más ciega que Ray Charles y Stevie Wonder. Los dos juntos.

―Me gusta tu ombligo ―decía, pasando la yema de su dedo índice por encima.

―¿Pero qué dices?, si está horrible… ―protesté, observando esa parte de mi cuerpo que ahora apenas reconocía.

―¡Qué va!, es muy gracioso.

Puse mi mano encima de la suya y me giré en la cama hasta colocarme de cara a él. Tenía la cabeza apoyada en un codo. Contemplándome. Había dejado crecer un poco su barba, lo que le daba un aspecto aún más maduro, más hecho, más auténtico…

―¿Le querrás más a él que a mí?

―No lo sé…

―¿Cómo que no lo sabes? Esa no es la respuesta ―le reprendí.

―Es que no sé cómo llevaré eso de que chupe mis tetitas, se bañe desnudo contigo y todas esas cosas.

Sonreí, encogiendo un poco las piernas y me acerqué a su cara para plantarle un beso en la mandíbula, muy cerca de su oído.

―La gente dice que esto cambiará nuestras vidas. Todo el mundo habla de tener un hijo como si fuera algo aterrador. ¿Crees que será verdad? Yo no quiero que varíe nada entre nosotros…

―Cambiará, Carolina. Dentro de poco seremos tres. Pero lo haremos bien, ya lo verás

―musitó, apartando un mechón de pelo de mi frente

― El cambio será positivo.

―¿Y si no sé?

―Yo tampoco sé, pero no puede ser tan difícil. Además, se te da muy bien Elena.

―Cristina dice que después del parto me veré como un teletubbies.

―Claro, tu hermana no podría haberte dicho otra cosa―bufó él, poniendo los ojos en blanco―.Venga, duérmete ya.

Le pasé un dedo por el cuello y acaricié sutilmente los vellos que se asomaban por su camiseta blanca.

―No tengo sueño… ―susurré.

―Esta noche vienen los Reyes Magos, y si no duermes pronto te traerán carbón ―relató él con un tonito gracioso.

Había sido un día agotador para nosotros. En realidad, esas navidades fueron un verdadero caos. Hacía tan solo un par semanas que nos habíamos instalado, de nuevo, en Cádiz. El proyecto de Héctor en Nueva York había finalizado y, a pesar de que allí fui muy feliz, estaba deseando volver a nuestra casa. A ese precioso ático con unas vistas magníficas en mi ciudad natal. Esa casa que ahora estábamos convirtiendo en nuestro hogar. En un esperanzador principio…

―Quiero mi regalo por adelantado.

Me acerqué y besé sus labios, capturando el inferior y chupándolo de un modo muy sensual. Él respondió a mi beso de inmediato, pero luego se retiró un poco y me miró a los ojos con un gesto de confusión. Sabía de sobra lo que estaba a punto de decirme. En nuestra última visita al ginecólogo, este me comentó que debía hacer un poco de reposo debido a unos pequeños sangrados. Nada alarmante, había dicho. Sin embargo, desde entonces, mi marido  me trataba como si yo fuera de cristal y lo que era aún peor, mis hormonas estaban reveladas y me encontraba en una etapa del embarazo en la que mi apetito sexual estaba a punto de pasar a modo peligroso. Y para colmo, él, últimamente, hacía más deporte que nunca, con lo que llegaba a casa con la camiseta sudada y adherida a los músculos de su pecho y de sus brazos, se desnudaba ante mi atenta y calenturienta mirada y se metía en la ducha. Me costaba tragar saliva después de una escena de esas.

―Nena, creo que deberíamos esperar un poco. Al menos hasta que el ginecólogo vuelva a verte otra vez. ―Me miraba con veneración, como si decirme aquello fuera doloroso para él.

―Héctor, no pasará nada ―murmuré, removiéndome en la cama hasta pegarme más a él.―Venga, solo un poquito ―ronroneé como una gatita en celo, besándole el cuello y colando mi mano dentro de su pantalón de pijama.

No hizo falta mucho más para que aquello cobrara vida propia.

―Nena… ―exhaló acariciando mi cadera, provocando con ese leve roce que mi deseo se desatara aún más.

―Te deseo, cariño ―musité, rodeando su erección con mis dedos e intentando aliviar su temor con suaves besos en sus labios.

Sin embargo, él parecía verdaderamente preocupado.

―Carol, me da miedo hacerte daño ―dijo con ojos cálidos y cautivadores.

―Lo haremos con cuidado… ―susurré sin dejar de tocarle.

Le cogí la cara con las dos manos y lo besé con más ansia. Dejando que mi aliento se mezclara con el suyo y sintiendo cómo su respiración se aceleraba. Una de sus manos se deslizó por mi pierna buscando el borde de mi camisón hasta subirlo a la altura de mi cintura. Luego, sus dedos, expertos, se colaron por debajo de la tela de mis bragas y me apresó una de las nalgas para acercarme aún más a él. Conocía bien a Héctor. Sabía cómo le gustaba el sexo. No obstante, el  tiempo que pasaba a su lado me estaba enseñando a conocerle cada vez mejor, y en la cama nuestra conexión era brutal. Esa noche estaba segura de que me haría el amor hasta dejarme exhausta, pero no era lo que yo quería. No exactamente. Quería más. Le deseaba de un modo enfermizo. Y no era solo por las hormonas. Era por su forma de tratarme desde que sabía que estaba embarazada. Esa manera suya de contenerse por miedo a dañarme a mí o al bebé… era adorable, y al mismo tiempo excitante. Tanto que me moría de ganas por hacerle un millón de cosas sucias y terriblemente eróticas.

Pero esa noche, sus besos, sus caricias, sus miradas…, todo me indicaba que, a pesar de haber conseguido mi propósito, él sería delicado. Y yo no lo quería así en ese instante. Le quería duro, carnal. Lo echaba de menos de esa guisa. Y solo había un modo de cambiar eso, y era con palabras. Sí, le encantaba que le hablara mientras lo hacíamos y cuanto más soez fuera aquello que le pidiera o le susurrara… más le excitaba.

Así que me incorporé un poco, me senté a horcajadas sobre él y comencé a moverme, sintiendo toda la dureza de su sexo a través de su pantalón. Luego, me deshice de mi camisón y me quedé encima de él, tan solo con mis bragas. Para aquel entonces, su expresión era lo más hermoso que había visto en mi vida. Me observaba con una absoluta estupefacción. Como si tenerme allí, meciéndome sensualmente y, encima, con una criatura dentro de mí, fuera algo prodigioso. Ese hombre… ¡Dios…! ¿Quién me lo había enviado? Podría resucitar mil veces y todas ellas le buscaría hasta encontrarle. Le amaba de un modo sobrenatural. Ahora sabía que lo nuestro iba mucho más allá del amor que se profesan dos personas. Aquello era algo cósmico, indivisible, titánico…

La profundidad y el ardor de su mirada encendieron aún más la mía.

―¡Fóllame, cariño! Quiero que me folles, por favor…

Mi súplica tuvo el efecto deseado, ya que su expresión se transformó hasta hacer que sus manos fueran directas a mis pechos y los masajeara con ansia. Me acerqué a su boca y metí mi lengua con la intención de provocarlo aún más. Tras ese beso, pegué mis labios a su oído.

―Quiero chupar tu polla ―jadeé.

Sus manos reptaron por todo mi cuerpo, como si estuviera memorizando cada centímetro de mi cuerpo.

―No deberías decirme esas cosas, ¡joder…! Quiero follarte fuerte, nena. Y sé que no debo hacerlo.

―Hazlo. No pasará nada. Si yo estoy satisfecha, él también lo estará ―murmuré, regando de besos sus mejillas

―¡Fó-lla-me! Quiero sentirte, cariño.

Él apresó mi culo con fuerza y en un ligero movimiento me dio la vuelta, dejándome con la espalda pegada al colchón y colocándose encima de mí. Solo que mi vientre era un obstáculo de dimensiones considerables como para ignorarlo.

Ambos sonreímos con nuestras bocas muy juntas. Y luego él se separó un poco, besó mi vientre y se puso de rodillas ente mis piernas, sentándose en sus talones. Se quitó la camiseta sacándosela por la cabeza en un gesto rápido y masculino. A continuación, hizo lo mismo con el pantalón, deleitándome  con su increíble y asombrosa desnudez. Una fascinante y pícara sonrisa se dibujó en sus labios mientras abría mis piernas y  besaba el interior de mis muslos.

―¿Qué quieres que te haga? ―preguntó, quitándome las braguitas.

―Ya sabes lo que quiero… ―jadeé meneando las caderas, insinuante.

Y él sin dejar de mirarme a los ojos llevó sus dedos a los pliegues de mi sexo y comenzó a tocarme. Arqueé la espalda cuando sentí que un latigazo de placer me recorrió.

―¿Esto? ―Su voz ahora era un susurro enronquecido.

Negué con la cabeza mientras él trazaba círculos en aquella hipersensible zona de mi cuerpo, haciendo que mis ganas por tenerle dentro de mí se multiplicaran hasta convertirse en una deliciosa tortura. Llevé mis manos a mis pechos y me los toqué ante la lujuria que desataba su mirada.

―No, quiero tu polla ―jadeé absolutamente desinhibida.

La crudeza de mis palabras hizo que su cabeza se perdiera entre mis piernas y abarcara mi abertura con su boca. Un certero lengüetazo me atormentó, avisándome que me encontraba tan sensible y anhelante que sabía que el orgasmo no tardaría en corroerme.

―Héctor… ―gruñí, mordiéndome el labio y tirándole del pelo con fuerza.

Sin embargo, él siguió introduciendo su lengua, chupándome y humedeciendo, aún más, esa parte de mi cuerpo. Me tensé desesperadamente reprimiendo esa brutal exaltación. Le deseaba tanto dentro de mí que no sabía cuánto más podría soportarlo.

―Ven aquí ―le exigí, apoyándome en uno de mis codos y empujándolo hacia mí.

Antes de apartar su cabeza de mi sexo lamió por última vez mi clítoris, agitando todavía más mi deseo. Luego se incorporó sin dejar de pasar sus manos por mis caderas y estrelló su boca con la mía. El sabor salado de mi sexo se mezcló con nuestras salivas.

―Mira lo bien que sabes… ―gruñó sobre mis labios, recorriéndolos con su lengua

―Eres tan bonita, joder… ―continuó diciendo mientras se apoyaba en sus brazos para no presionar mi vientre y lamiéndome el cuello

―Podría pasarme los días comiéndote entera…

―Yo también ―afirmé, respondiendo a sus besos y asegurándome de tocar todo su cuerpo. Su cuello, su espalda, su delicioso trasero…

Pero luego, sin apartar su mirada de la mía, se incorporó y me obligó a sentarme en la cama. Sabía lo que iba a hacer y un aguijón de pasión me traspasó. Puso sus piernas a cada lado de mis caderas y quedó arrodillado delante de mí, con su erección  hinchada, dura y gorda a la altura de mi cara. Se sujetó al cabecero de la cama y alcé la vista para no perderme ni un segundo de la excitante expresión de su cara. Con sus mejillas sonrojadas y aquellos ojos que desprendían ardor y sensualidad.

―Chúpamela, nena ―pronunció aquellas palabras con un tono dos octavas más bajo, grave y cargado de lascivia.

La rodeé con mis dedos y le acaricié la punta húmeda y brillante. Antes de metérmela entera en la boca pasé mi lengua por la ensanchada cabeza de su pene y por sus inflados testículos. Le sonreí desde allá abajo cuando sentí que empujaba sus caderas contra mis labios.

―¿Así? ―pregunté inocente yo. Tracé círculos con mi lengua, incitándolo mientras mi mano masturbaba su tronco.

―Más, nena, más. Métetela entera en la boca ―masculló, poseído por una fiebre lujuriosa y agarrándome del pelo para introducirse aún más en mí.

Sus ojos frenéticos y candentes no dejaron de contemplar cómo le lamía y chupaba. Succioné y saboreé cada trozo de piel de su grandioso pene. Jamás me habría cansado de hacer eso. Verlo de aquella manera, retorciéndose de placer, con aquellos sonidos guturales escapando de su garganta, era… glorioso.

―¡Joder! Carol, no pares, nena… ―decía con los dientes apretados y follándome la boca

―Me encanta, nena…, me encanta cómo lo haces.

Él siguió empujando violentamente, llenándome hasta el fondo de la garganta con sus dos manos aferradas a mi cabello e instándome en cada una de sus acometidas. Agarré sus glúteos y sentí que estos se contraían con sus envites. Estaba tan inmerso en su propio éxtasis que me estremecí solo de pensarlo.

―¡Dios, cómo me gusta tu boca…!

Observé que tensaba la mandíbula y echaba la cabeza hacia atrás. Estaba a punto de correrse, podía sentirlo en cada centímetro de su piel, y no me hubiera importado de no ser porque aquella noche yo le quería dentro de mí. Le quería allí y en otras muchas  partes de mi cuerpo y si continuaba lamiéndole de esa forma, la fiesta acabaría pronto.

Así que saqué su gruesa columna de carne de mi boca sin dejar de masturbarle y él me cogió la cara, acunándola en sus manos. Metió su pulgar buscando mi lengua y aquella imagen me electrizó.

―Ahora quiero que hagas lo mismo aquí abajo ―susurré, llevando mis dedos a mi entrepierna y tocándome ante su eufórica mirada.

―Muy bien ―musitó con una sonrisita de suficiencia. Se acercó a mi cara y primero me besó en los labios y luego fue descendiendo, regando un camino de besos por mi cuello y mis pechos. Apresó mis pezones, los succionó y los mordisqueó haciendo que la necesidad de tenerle dentro de mí se hiciera infinita―.Ponte de rodillas de espalda a mí ―me pidió, asumiendo el control.

Yo estaba tan excitada que asentí revolviéndome e hice lo que me había pedido.

―Agárrate aquí. Voy a follarte fuerte, nena. Como a ti te gusta ―gruñó, chupándome el lóbulo de la oreja. Con su pecho pegado completamente a mi espalda y colocando mis  manos  sobre el cabecero de la cama.

Cerré los ojos y apoyé mi cabeza en el hueco de su hombro. En aquella postura y con una de sus manos acariciando la parte baja de mi vientre, él me penetró de una sola embestida. Al principio, sus movimientos eran suaves. Nos mecimos entregados el uno al otro en la intimidad de aquella habitación. Entraba y salía de mí con cuidado, sin dejar de tocar mi vientre. Besaba mi cuello, mi clavícula… Su lengua me recorría toda aquella zona para, luego, terminar metiéndose en mi boca y enredarse con la mía en un baile de salivas. Pero cuanto más lo sentía entrar y salir de mí, más lo necesitaba. Aquella era la sensación más enloquecedora, fascinante y mágica que había sentido en toda mi vida.

―Míranos, ahora estamos los tres, ¿lo ves? Ahora los dos estamos dentro de ti ―bisbiseó. Su barba me hizo cosquillas en el oído y me estremecí de gozo.

Y así era, nuestro bebé estaba en mi interior, creciendo y preparándose para conocer algo tan nuevo que resultaba terrorífico y grandioso al mismo tiempo. Pero él…, él se había metido debajo de mi piel. En lo más hondo de mi alma. Había despojado mi corazón de confusiones y ahora era tan suyo que ya no me sentía dueña de mis propias emociones. Todo lo que mi  interior albergaba era un sentimiento de amor tan profundo hacia ese hombre que perderle sería mi fin.

Y sí, allí estábamos los tres. Con una conexión tan intrínseca, mística, tan única y hechizante que todo lo demás carecía de sentido.

Me hizo el amor como me gustaba, a veces suave a veces duro. Empujando y fundiéndose en mí con una pasión desmedida. Con sus dientes mordiendo suavemente mis hombros, con sus manos por todas partes, con su olor inundando mi cuerpo…, y cuando estábamos a punto de alcanzar juntos un fulminante orgasmo llevó sus dedos a mi clítoris, haciendo que un millar de sensaciones explotaran dentro de mí, prolongando así nuestros colosales espasmos.

―¡Oh, nena…! ¡Joder! Eres la mujer embarazada más sexy que he visto en mi vida ―decía con la respiración entrecortada y con los latidos de su corazón zumbando en mi espalda. Sus manos se deslizaban arriba y abajo por mis muslos, acariciándolos―. Aún estoy dentro de ti y ya quiero follarte de nuevo.

Me giré para besar su perfecta y apetitosa boca. Sus labios hinchados y amoratados me esperaban expectantes.

―Te quiero, amor mío ―exhalé en un susurro que fue más bien un aliento.

Al cabo de un rato me dormí, en el arco de su brazo, aferrada a su cálido y confortable pecho. Si era verdad que existía el cielo yo quería que fuese así. Un lugar en el que me sintiera de esa manera siempre. Adherida a ese cuerpo. Atada a su propiedad hasta la eternidad.

Al día siguiente me desperté con la intromisión de  los rayos de sol creando destellos en mi habitación. Me revolví en la cama buscando su calor, pero él no estaba. Escuché sonidos que provenían de la cocina y el olor a café recién hecho se filtró por todas partes. O al menos eso me pareció a mí, ahora que los olores se intensificaban de esa manera. Me incorporé en la cama y entonces lo vi aparecer en la habitación. Llevaba un pantalón de pijama azul marino y una vieja sudadera gris. Se detuvo en la puerta y me miró sonriendo. Parecía muy contento.

―Arriba, dormilona, tenemos que ver si a esta casa han venido los Reyes Magos. ―Le devolví la sonrisa y me puse en pie, contagiándome de su buen humor.

Teníamos dos habitaciones vacías en el piso y cada uno había metido los regalos del otro en una de ellas. La última semana se la había pasado mortificándome de manera graciosa, diciéndome que si se me ocurría entrar en la que él guardaba los míos me encontraría los paquetes desenvueltos y adiós a la sorpresa. Que sería peor para mí.

―Quiero mis regalos ―protesté, poniéndome mi albornoz rosa con nubes que ahora me costaba abrochar y acercándome a él para colgarme de su cuello.

―Primero yo. ¿Dónde están los míos? Fui muy bueno anoche. No te podrás quejar.

Mordí su labio y luego lo besé, aspirando su olor.

―Está bien, venga, primero los tuyos. ―Agarré su mano y lo insté a que me siguiera. La expresión de su cara desataba la misma ilusión y felicidad que un niño de cinco años ese día.

―Cierra los ojos ―ordené cuando llegamos a la puerta.

Él se llevó la mano a los ojos e hizo como el que miraba a través de sus dedos, de forma traviesa. Le indiqué que entrara en la habitación y luego le dije:

―Ya puedes mirar.

Se apartó la mano de la cara e hizo un gesto de asombro cuando vio todos aquellos paquetes envueltos. Lo cierto era que me había gastado una cifra considerable en regalos para él. Pero…  ¡qué demonios!

―¿Todo esto es para mí? ―preguntó frenético de ilusión―. He tenido que ser muy bueno este año ―bromeó.

Luego me quedé a su lado, ayudándolo a desenvolverlos.

Este era el segundo año que pasábamos juntos las navidades, sin embargo, era nuestro primer día de Reyes en esa casa. Lo que hacía ese momento mucho más especial.

Al parecer acerté con todo. Con el perfume, la ropa, los zapatos, los tenis para el pádel, la Tablet… Parecía realmente encantado y exultante. Tanto que se puso a toquetear aquel aparato y pretendía configurarlo antes de darme mis regalos.

―¿Puedes dejar eso para luego? Quiero ver que me han traído los Reyes ―resoplé.

―No te hagas ilusiones. Estás muy caprichosa últimamente… No sé yo si los de Oriente habrán visto las cosas que me pedías anoche.

Le di un golpecito en el hombro y lo empujé fuera de la habitación.

―Ya éramos bastantes anoche en nuestra habitación. Deja a los de Oriente al margen de eso…

Él sonrió y se giró para abrazarme y besarme.

―Vale, ahora te toca a ti abrir los tuyos. ¿Estás preparada? ―dijo, conduciéndome por el pasillo hacia la habitación que estaba pegada a la nuestra.

―Preparadísima.

Sus labios me obsequiaron con una bonita sonrisa ladeada y luego abrió la puerta de par en par y tiró de mi mano hasta colocarme en el centro de la habitación. Esa sería la habitación de nuestro bebé. Así lo habíamos decidido. Pero lo que no esperaba encontrar, por nada del mundo, era esa maravilla…

Me quedé allí plantada con la boca tan abierta que creí que mi barbilla rozaría el suelo. Había pintado en la pared frontal un mural asombroso. Eran unos muñecos de Disney subidos a una nube enorme y rodeada de una multitud de bonitas estrellas. Solo que el color que había utilizado para el fondo le daba una sensación de profundidad infinita a la habitación. Y los muñecos, realmente, parecían estar flotando en el aire. No tenía ni idea de cómo había conseguido ese efecto, pero estaba convencida de que cualquier niño que entrara en ese dormitorio quedaría tan fascinado como yo.

Había comprado tan solo una lamparita a juego con aquellos muñecos, y una cunita blanca de bebé era el único mueble de esa estancia. Pero para incrementar aún más mi exaltación, había llenado de paquetes de regalos la cuna. Tantos que algunos sobresalían.

―¿Te gusta? ―me preguntó con preocupación cuando vio que era incapaz de articular palabra.

Me acerqué a la pared para contemplar con más claridad esa divertida y adorable obra de arte.

―¿Cuándo lo has pintado?

La sorpresa había sido mucho más impactante porque jamás había sospechado que estuviera pintando nada allí dentro.

―El día que quedaste con mi madre y fuiste todo el día al centro comercial. Le pedí que te retuviera todo el tiempo que fuera posible. Aun así, habrá que repasarlo un poco más ―relató él, situándose a mi lado.

Pero en ese mismo instante no pude aguantar más y me lancé a sus brazos para hacerme con su boca. Lo besé con tanta intensidad y anhelo que cuando nos separamos él jadeó:

―Supongo que eso significa que te ha gustado. Pero aún tienes que abrir los paquetes.

―¿Cómo lo haces? ―pregunté mirándolo, embobada, acariciando los mechones de su nuca. No lograba entender cómo nunca dejaba de sorprenderme.

―Con pinturas y pinceles. La clave está en el pincel ―bromeó él.

Sonreí abiertamente y él aprovechó para besarme el cuello.

―Feliz día de los Reyes Magos, preciosa.

 

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