Desde el principio

¿Cómo empezar mi historia? …

Bien, nunca fui de esas niñas que trepaban los toboganes del revés, patinaban en contra de las manecillas del reloj o saltaban sobre los charcos de agua. Fui una niña ordenada, obediente, dócil, aunque no por eso menos soñadora. Mis padres me enseñaron que las normas estaban para cumplirlas y que la moral era algo que las personas tenían muy cerca del corazón.

Crecí creyendo que había un orden determinado para cada cosa y… Luego apareció él y deshizo mi hipótesis de construir los cimientos antes que el tejado… La primera vez que lo vi, el pulso se me paralizó durante lo que a mí me pareció una eternidad. Pensé que tan solo era una incongruente reacción de mis descontroladas hormonas prepúberes. Pero no. Simplemente era el hombre más extraordinario que había visto en mi corta existencia. Lo apropiado habría sido que me sintiera atraída de esa manera por un chico de mi edad y no por uno de, aproximadamente, la de mi padre. Pero qué se le iba a hacer…

Era el ser más atractivo, sensual y arrebatador que había visto en mi vida, y mucho me temía que desde ese momento en adelante pasaría bastante tiempo dentro de mis infantiles y calenturientos pensamientos.

Mikel Coronado, español, más concretamente andaluz; venido de la mismísima y hermosa Marbella. De una tierra caliente y espléndida, como acostumbraba a describirla en muchas de las cenas que compartía en mi casa, con mi familia y conmigo.

Tenía el cabello negro, tan oscuro y brillante como el pelaje de un purasangre.

Sus ojos eran castaños y profundos, enmarcados por unas infinitas pestañas que yo solía envidiar anonadada.

Cuando Mikel aparecía por mi puerta y era yo quien lo recibía, necesitaba unos minutos para digerir tanta masculinidad.

Mi padre, desde que Mikel había pasado a formar parte de su empresa, no se había separado de él ni un instante.

Es más, mi hermano, Tom, ya le llamaba tío Mikel, a lo que yo me negaba rotundamente. Me oponía completamente a ver a ese hombre como a alguien de mi familia. Sin embargo, mi tía Sylvi, la hermana menor de mi madre, no pensaba lo mismo que yo. Ella estaba absolutamente convencida de que tarde o temprano él caería rendido a sus pies.

Y lo logró. Un año, ¡un tortuoso año!, tuve que soportar los lloriqueos de mi tía. Rogándole a mis padres que hicieran de alcahuetes. Al parecer, Mikel no terminaba de sucumbir a sus encantos. Un día sí y otro también se organizaban cenas en mi casa con el único objetivo de emparejar al hombre de mis cándidos sueños con la neurótica y egocéntrica de mi tía Sylvi. Y al final todos los esfuerzos, muy a mi pesar, se vieron recompensados.

Jamás olvidaré la mañana en la que ella le contaba a mi madre en la cocina su primera noche con Mikel. Me oculté tras el marco y oí como relataba con todo lujo de detalles la fascinante destreza labial del interpelado en cuestión.

―Sylvi, vale, no es necesario que seas tan explícita, con que me digas que te lo pasaste bien con él ya es suficiente —balbuceaba mi madre negando con la cabeza, como si no quisiera escuchar los escarceos sexuales de su hermana pequeña.

―Rose, de verdad, ha sido increíble, ese hombre es alucinante —reiteraba ella, suspirando y apoyándose en la encimera.

―Bien, bien, me hago una idea. Pues listo, misión cumplida. A partir de ahora, todo lo que suceda depende de ti. Espero que no te pase con Mikel como con todas tus conquistas y te canses de él a la primera de cambio. Frank y él son muy amigos, y no me gustaría que sucediera lo mismo que con Jason.

Mi tía era una mujer francamente peculiar. En aquel entonces tenía treinta años y gozaba de una cómoda posición económica, y no precisamente porque ella así lo hubiese merecido. Todo lo contrario, mis abuelos contaban con una reconocida cadena de hoteles en Nueva York: Hoteles Sloan Town, y se suponía que ella trabajaba con su padre. Pero solo se suponía…

Mi abuelo y mi madre hacía años que apenas se dirigían la palabra. Tenía entendido que mi abuelo, en la época que mis padres se conocieron, hizo lo imposible por separarlos y eso fue algo que ella no estuvo dispuesta a perdonar, y muchísimo menos mi padre. Así que, Sylvi era la única esperanza de mi abuelo de convertir, al menos, a una de sus dos hijas en lo que él quería: en la apoderada de su lujosa cadena de hoteles.

Y más le valía que se esforzara en enmendarla, pues con Sylvi al frente de aquel imperio los hoteles no durarían abiertos ni una sola temporada.

Hasta el momento, ella en lo único que pensaba era en su aspecto y en la operación de cirugía estética a la que se sometería al mes siguiente. Bueno, y ahora también pensaba en Mikel. Y probablemente lo seduciría y luego lo dejaría con el corazón partido en dos, como hacía con todos sus novios.

Jason había sido su última adquisición. Todos pensábamos que terminaría casándose con él.

Ese chico era director de uno de los hoteles de mi abuelo, un joven responsable y con la cabeza bien amueblada.

Mi abuelo parecía realmente ilusionado con aquel romance, pero cuando ya estábamos empezando a tomarle cariño al pobre Jason, mi tía anunció que no estaba enamorada de él. Según ella, era muy aburrido, incluso se atrevió a contar abiertamente que Jason tenía problemas para empinar. Por aquel tiempo no entendí muy bien qué había querido decir con eso; pero ahora, con dieciséis años, empezaba a hacerme una idea…

Cuando conocí a Mikel no pensé que se dejaría seducir por una mujer tan superficial y malcriada como mi tía, pero era obvio que me quedaba mucho por aprender del género masculino.

Tras oír como mi tía le narraba a mi madre con «pelos», incluidos, y señales la extraordinaria maestría sexual de Mikel, pensé que todo lo demás me resultaría fácil de soportar, pero me equivoqué completamente.

A partir de ese momento, mi adolescencia se convirtió prácticamente en un infierno.

Mikel en mi casa un día sí y otro también. Y lo peor fue soportar cómo él y mi tía Sylvi atravesaban esa fase de la pareja en la que eran tan empalagosos que te dan ganas de vomitar. A eso había que sumarle que los chicos de mi edad me resultaban tan estúpidos e inmaduros que mi interés por los hombres se resumió a uno: Mikel.

Solo mi amiga Bárbara era consciente de la enorme obsesión que sentía por él.

Ella pensaba que me estaba volviendo loca. Aseguraba que aquella fijación por el amigo de mi padre era una tontería de adolescente. Y, en ocasiones, yo rezaba para que fuera así. Pero en el fondo de mi corazón sabía que aquello no era un capricho.

Una locura seguro que sí, pero no un capricho. Y lo sabía porque una sola mirada de Mikel era capaz de convertirme en gelatina líquida.

Pero la etapa eufórica y apasionada de la relación de mi tía con el hombre de mis sueños duró aproximadamente unos seis meses, a partir de ahí comenzaron los problemas entre ellos. Sylvi se empecinó en ser el centro de atención de la vida de Mikel y empezó a tocarle las narices más de lo estrictamente necesario. Dicho de otra forma: Mikel conoció al fin a la verdadera Sylvi. Una niña mimada y consentida, egocéntrica hasta unos límites incalculables y tocapelotas con matrícula de honor.

A menudo presencié discusiones entre ambos en mi casa. Disputas que ella misma protagonizaba para hacerse oír en todas las reuniones y en las que Mikel participaba con la intención de hacerla callar. Empecé a sospechar que si Mikel la aguantaba era tan solo por mis padres.

Y como mi adolescencia se sumió en una espiral de desamor y desilusión, me centré en lo verdaderamente importante: mis estudios. Sacaba unas notas excelentes y tenía claro que estudiaría publicidad y marketing para trabajar con mi padre.

Al fin y al cabo había crecido junto a un progenitor que llevaba esa profesión por vocación y a mí también me fascinaba. Además vivía en una de las ciudades más controvertidas en el sector de la innovación y las tendencias: New York.

La metrópolis que contaba con los mejores profesionales del marketing en los Estados Unidos. Y yo tenía claro que quería formar parte de ese mundo.

Mi padre, Frank Halliwell, inició su carrera como redactor en un pequeño periódico local de New Jersey. Pero pronto descubrió que lo que más le gustaba era la publicidad y, según él, tuvo la gran fortuna de codearse con las personas adecuadas, aquellas que le abrieron numerosas puertas y le acompañaron hasta posicionarse en su actual empresa, en la que venía trabajando desde hacía doce años: Bernstein & Campbell. Una de las agencias más reconocidas en Estados Unidos en la industria publicitaria. Y que poco a poco se estaba colocando en el ranking de las más prestigiosas del mundo.

Él asumía la función de Director Creativo y yo me sentía tremendamente orgullosa, y no solo porque fuera un genio, que lo era, sino porque todo lo que tenía en la vida lo había conseguido por méritos propios. A pesar de ser un don nadie, como mi abuelo lo había calificado en más de una ocasión, logró ocupar un puesto preferente en una de las mejores agencias publicitarias americanas.
Y no era la primera vez que algún periodista roñoso se inventaba un artículo en el que mencionaban que el éxito de mi padre era gracias a mi abuelo, Richard Sloan, y su matrimonio con Rose Sloan. Cosa absolutamente incierta. Pero mi padre estaba por encima de esos rumores. Él se limitaba a disfrutar de su trabajo y de su familia.

Y ahora también disfrutaba de sus amigos… después de que Mikel Coronado pasara a formar parte de su empresa hacía ya dos años, y que se hubiera convertido oficialmente en su mano derecha. Acostumbraban a organizar barbacoas en mi casa casi todos los fines de semana con sus colegas del trabajo, como él los llamaba. Por lo tanto, cada domingo desde unos meses atrás, tenía que convivir con Mikel y con mi tía Sylvi, y comportarme como la perfecta e inocente sobrina que nunca fui. Lo único bueno de esas reuniones era que podía escuchar a mi padre hablar con sus compañeros de sus nuevos proyectos y los anuncios publicitarios que en el futuro veríamos en los medios de comunicación. Era alucinante oírles. A veces llegaban a reunirse unas veinte personas en el jardín, de diferentes edades y razas, pero con algo en común: unas ideas brillantes. En parte, creo que
aquello era una más de las estrategias de mi padre para conseguir mejores propuestas. Según él, el objetivo principal para tener éxito en la empresa era mantener a su equipo contento. Y, desde luego, se lo estaba tomando al pie de la letra…

Solo había una cosa que me gustaba casi tanto como Mikel: bailar.

Desde que tenía uso de razón, aquella era la única forma que tenía para evadirme de lo que me preocupaba. Me metía en mi habitación, echaba el cerrojo y ese era mi momento. Moverme al ritmo de las notas musicales. Para mí danzar no era mover el cuerpo, yo sentía que aquello era una forma de expresión. Un modo diferente de comunicar sentimientos y sensaciones. Percibía que la música atravesaba las capas de mi piel y era capaz de trasladarme a otro lugar, a un espacio fascinante y sobrenatural.

Cuando era una niña, la idea de convertirme en una estrella del pop había ocupado casi todas mis fantasías, pero a medida que fui creciendo abandoné ese sueño infantil; sin embargo, no dejé nunca de bailar. Mis padres sabían que en el momento en el que cerraba la puerta de mi habitación y la música empezaba a sonar, aquellos instantes eran sagrados. Nadie debía molestarme. Yo lo llamaba mi terapia antiestrés.

Y uno de esos domingos en los que mi padre había convocado en la parte trasera de nuestra casa una de sus cotidianas reuniones de colegas de trabajo, yo me encerré en mi habitación. No me apetecía en absoluto ver como mi tía Sylvi y Mikel aparecían juntos. Así que les dije a mis padres que tenía que estudiar y que me pasaría la tarde en mi cuarto. Algo que no era del todo incierto. Se acercaban los exámenes finales de mi último año de instituto y yo estaba preparándome para alcanzar una buena media y que me becaran mi primer año en la universidad. Pero la verdadera razón de mi encierro era no presenciar de qué forma Mikel y Sylvi interpretaban una de sus escenas de eternos enamorados. No sé si era peor verlos comerse a besos o pelearse delante de todos. Ambas cosas me sacaban de quicio.

Vivíamos en una urbanización residencial muy segura y tranquila de Queens, Briarwood. Mi padre le propuso años atrás a mi madre mudarnos al centro de Manhattan, pero ella adoraba aquella zona. Llevaban viviendo en esa casa desde que se casaron y ella decía que por nada del mundo se marcharía de allí.

Estaba harta de dar vueltas por mi habitación, solté los apuntes de álgebra sobre el escritorio y pulsé el play del mando de mi equipo de música. Antes de que la excitante polifonía se apoderara de mis sentidos, miré por última vez por la ventana y lo vi. Allí, con su camisa de cuadros y unos tejanos gastados. Charlaba con mi padre, despreocupado. Como si él no fuera el culpable de mi infelicidad. Suspiré, me giré y me abandoné ante aquel ritmo desenfadado y cautivante de Jennifer López.

Movía mis caderas deleitándome de mi dinamismo frente a la puerta de espejo del armario y, al mismo tiempo que bailaba descontrolada, observaba lo mucho que había cambiado mi cuerpo en esos dos últimos años. Ya no era una niña, por mucho que se empeñaran algunos, especialmente mi padre; esas curvas no estaban ahí antes y, desde luego, mis pechos, después de muchas plegarias, habían crecido bastante. Pasé mucho tiempo envidiando la delantera de Bárbara y preguntándome si la mía crecería igual y, gracias a Dios, tenía delante de mí la respuesta. Me hubiesen gustado unos pechos un pelín más grandes, pero tampoco estaban mal. Además, para algo existían esos bonitos e innovadores sujetadores Wonderbra que hacían auténticos milagros con la vanguardia femenina.

Y mientras danzaba y contemplaba mi reciente anatomía en proceso de desfloración…

―¡Guau, burbujita! Qué bien bailas. ―Su masculina voz me obligó a detenerme inmediatamente.

Me di la vuelta, sorprendida, y percibí como deslizaba su penetrante mirada caramelizada por mis caderas y por mis muslos expuestos bajo unos cortísimos shorts. Estaba apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Su camisa de cuadros se tensó a la altura de sus bíceps. No me gustaba que nadie entrase en mi habitación cuando yo bailaba, nadie; excepto él, claro.

Sonrió y un precioso hoyuelo apareció en su mejilla izquierda. Entendía que mi tía Sylvi se hubiera desesperado al ver que él no le correspondía. Un hombre así era una tortura para cualquier mujer. Tan masculino y atractivo que me resultaba imposible hablar con él y mirarlo al mismo tiempo. Tenerlo delante y no poder tocarlo era un tormento.

Me giré y detuve la música, cohibida.

Él continuó sonriendo. Mirándome de esa manera que, desgraciadamente, delataba que yo era para él una sobrina.

―¿Bailas de ese modo en las discotecas? Porque entonces me parece que tu padre y yo tendremos que escoltarte cada vez que salgas con tus amigas.

Le dediqué una sonrisa de suficiencia mientras sacaba el CD del equipo de música y lo guardaba en su sitio.

―No suelo ir a muchas discotecas —respondí, mirándolo directamente a los ojos.

Había tomado la decisión de que si era capaz de distinguir que mi cuerpo ya no era el de una niña, quizá viera en mis ojos que, efectivamente, dejé de serlo.

Sin embargo, Mikel aún no era consciente de la enorme atracción que yo sentía por él. Era obvio que había apreciado grandes cambios en mí, pero todavía seguía tratándome como a una cría.

―Tu padre me ha pedido que venga a buscarte. Dice que bajes un rato a tomarte algo con nosotros.

―No, gracias, Mikel. Voy a seguir estudiando.

―Pero, burbujita, si sacas unas notas estupendas, no te va a pasar nada porque descanses un poco. Además, creo que te interesa lo que están hablando abajo —relató dando un paso más y metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón.

Ahora estaba oficialmente en mi habitación. ¡Mikel Coronado en mi habitación…! Tan alto y corpulento que todo lo que había alrededor carecía de interés. Odiaba que me llamara burbujita. Me gustaba mucho más oírlo pronunciar mi nombre. Pero se empeñaba en utilizar el mismo apodo que usaba mi padre, y eso me sacaba de quicio.

―¿Ah, sí? ―Él sabía cuánto disfrutaba oírles comentar las ocurrentes propuestas para las campañas publicitarias que estaban preparando.

―Sí, Hannah y Peter están proponiendo unas ideas asombrosas para el nuevo anuncio de aquella cerveza alemana.

―Está bien, bajaré en seguida —acepté aturdida.

Asintió complacido y se giró para salir. Pero antes de cerrar la puerta comentó, sujetando el pomo:

―Por cierto, no era ninguna broma.

De nuevo aquella sonrisa en su rostro que hacía que me temblaran las rodillas.

―¿El qué? ―le pregunté mientras me sentaba en mi cama para calzarme las zapatillas de
deporte.

―Pues que bailas muy bien. Me pregunto cuántos chicos perderían la cabeza si te vieran bailar de esa manera —parloteó.

Me humedecí los labios.

―No me interesan los chicos —dije seria, terminando de atarme los cordones.

Avisté como levantaba una ceja.

―¿Ah, no?

Me puse en pie y lo encaré.

―No. Ahora me interesan los hombres.

Nuestras miradas colisionaron y percibí que la expresión de su cara se fue transformando. Por primera vez en mi vida no me amedranté, me quedé allí, mirándolo, esperando a que dijera algo. Sin embargo, él no pronunció ni una palabra, verbalmente quiero decir. Simplemente me observó, con detenimiento. De un modo muy distinto a como lo había hecho hasta ese día. Llevé mis manos a los bolsillos traseros de mi short y dejé que me examinara. Que me atravesara con sus dilatadas pupilas.

La piel se me puso de gallina y el silencio me colapsó la garganta impidiéndome la respiración.

La realidad clara, intensa y complicada se fue abriendo lentamente en su interior. Podía sentirlo en cada uno de sus rasgos.

A partir de ese momento, jamás volvió a contemplarme con aquella venerable e inocente afectividad con la que admiraría a su propia hija.

Todo varió.

Logré que lo entendiera. Ya no podría seguir tratándome como a una niña y, descubrirlo, le aterrorizó.

Retiró su mirada de mí sin decir nada… y cerró la puerta.

Capítulo 2

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