Tempestad

—¿En serio vas a rechazar a Jayden Morris?

—No me gusta ese tipo.

—¿Pero a ti qué clase de virus te está afectando el cerebro, Miranda?

—Ya te lo he dicho —suspiré—, no me gusta nadie, me gusta Mikel.

—Ya sé que te gusta Mikel, pero resulta que Mikel es tu tío.

—¡No es mi tío, Bárbara! —grité, incorporándome.

—Está bien, peor aún: el novio de tu tía, el mejor amigo de tu padre y un tío casi veinte años mayor que tú.

—Solo me lleva quince años y no es el novio de mi tía, tan solo es uno más de sus pasatiempos… ¿Podemos cambiar de tema, por favor?

—¿Entonces no vas a darle una oportunidad a Jayden? Hazlo por mí al menos. Me gusta mucho Ethan y le dije que el sábado saldríamos los cuatro.

—No sé por qué demonios has tenido que decirle eso, Jayden es un gilipollas, ¿de veras vas a obligarme a salir con ese imbécil solo para que tú te enrolles con su amigo?

—¿No es eso lo que hacen las amigas?

—Barbara Wibur, te juro que a veces eres exasperante.

Colgué el teléfono y me derrumbé en la cama.

Jayden Morris era el hijo de un productor cinematográfico muy famoso en Nueva York y la estrella del equipo de futbol de mi instituto. Pero además era rubio, estúpido y arrogante. Eso sí, estaba para untarlo con mantequilla y cometerlo de un bocado. Así lo había definido Bárbara. Y lo cierto era que el chico me parecía guapo. Tenía un cuerpo atlético y fornido; pero odiaba a los hombres que se pasaban más tiempo acicalándose que yo, y ese era uno de ellos. Había que hacer un doctorado en peluquería para peinarse como él. Y eso por no hablar de su maravillosa piel y su perfecto bronceado. Sin embargo, a pesar de todo, ese sábado tendría que salir con él, aunque solo fuera por hacerle un favor a mi buena amiga.

No obstante, si algo me había enseñado mi padre, era que cualquier situación en la vida podía ser provechosa. Un lema muy común para él y que aplicaba en diferentes ámbitos de su existencia. Y yo, desde luego, sí que iba a sacar provecho de aquella cita, tal vez no del encuentro en sí mismo, pero sí de lo que sucedería antes de la cita en cuestión…

El sábado, inevitablemente, llegó y Bárbara me comentó que pasarían a buscarme sobre las nueve de la noche. Mikel llevaba toda la tarde encerrado con mi padre en su despacho, al parecer estaban repasando una presentación que tenían que exponer el próximo lunes.

Terminé de arreglarme y al salir de mi habitación me miré por última vez al espejo. Por nada del mundo dejaría pasar la oportunidad de que me viese con ese vestido: corto, color escarlata, y aquellos taconazos. Me observé con detenimiento. Así vestida aparentaba mucha más edad. Peiné mi rubio cabello con los dedos y me lo coloqué estratégicamente sobre los hombros.

Mi madre estaba en la cocina y cuando oyó el golpeteo de mis tacones por los escalones salió a contemplarme.

—Miranda, cariño, estás preciosa —exclamó, limpiándose las manos en un paño.

—Gracias, mamá.

En ese momento , la puerta del despacho de mi padre se abrió y de su interior salieron Mikel y él. Pero por la cara de ambos adiviné que algo no iba bien. Sin embargo, en cuanto centraron sus miradas en mí, la escena varió.

—Burbujita, pero qué guapa te has puesto. No sé si debo dejarte salir así —comentó mi padre acercándose a mí y plantándome un beso en la frente.

Sonreí, sin dejar de observar como Mikel aún no conseguía salir de su asombro. Escaneándome de arriba abajo. Se frotó la nuca en un gesto nervioso y apartó la vista unos segundos.

—¿Verdad que está preciosa mi niña, Mikel? —le preguntó mi padre, que me tenía sujeta por la cintura, mostrándome como si yo fuera su trofeo más preciado.

—Sí, estás muy guapa, Miranda —afirmó él, encarándome, con una voz tan sensual y decidida que me dejó hipnotizada.

Al fin había conseguido llamar su atención, pero desde entonces me rehuyó de un modo incesante. Y mucho me temía que lo único que logré, provocándolo de aquella manera, fue alejarlo más de mí.

—¿Y con quién sales si se puede saber? —me interrogó mi padre delante de él.

—Con el hijo de Stephen Morris —se adelantó a decir mi madre, orgullosa.

—¿Stephen Morris?¿El productor? —Al parecer todo el mundo conocía al padre de aquel chico.

Asentí, y en ese instante oí el claxon del coche de Jayden. Me esperaban en el exterior.

Me despedí de mis padres y Mikel se apresuró a abrirme la puerta. Antes de que ambos saliéramos mi madre le preguntó:

—Mikel, ¿no te quedas a cenar? Sylvi viene para acá. Ella piensa que cenaremos los cuatro.

—No, gracias, Rose, pero hoy no me quedo —atisbé que mi padre y él se lanzaban una mirada un tanto extraña.

—¿Y qué le digo a Sylvi?

—Dile lo que quieras, Rose.

Mi madre escudriñó a mi padre y luego volvió a mirar a Mikel. Era evidente que algo ocurría.

—Mikel —mi padre se acercó más a él—, no es definitivo, tan solo lo estoy pensando —murmuró.

Era la primera vez que veía a mi padre y al hombre de mis sueños en aquella tesitura. Habían discutido por algo y tenía que ser importante para que Mikel reaccionara de esa manera, incluso delante de mi madre.

—Pues piénsalo bien antes de tomar ninguna decisión. —Sus últimas palabras sonaron gélidas y amenazantes.

Se miraron durante unos segundos tensos e incómodos y luego Mikel salió de mi casa detrás de mí. El coche de Jayden estaba al otro lado de la calle con las luces y el motor encendido. Bárbara me hizo un gesto con la mano desde el asiento trasero. Y por su cara adiviné que no le había gustado ni un pelo verme salir con Mikel.

—¿Ocurre algo entre papá y tú? —le pregunté a medida que bajábamos los cuatro escalones que separaban el porche de la acera.

—No, nada —respondió él cortante, sin mirarme.

—¿Y con Sylvi? ¿Estáis enfadados?

—Es francamente difícil no enfadarse con Sylvi, Miranda.

Me detuve junto a él, frente a su coche, y le estudié mientras buscaba las llaves en el bolsillo de su pantalón. Estaba guapísimo, con unas deportivas blancas a juego con su camiseta. Tenía su oscuro y brillante cabello despeinado, y se notaba con nitidez que se había pasado los dedos por él varias veces.

—Así que tienes una cita, ¿no? —Lo dijo pulsando el mando de la llave de su todoterreno. Fingiendo desinterés.

—Pues sí.

Se humedeció los labios y a continuación me observó. Sus preciosos ojos castaños poblados de innumerables pestañas se pasearon por mi rostro. Aquella mirada fue demasiado intensa, incluso para mí. Yo que me había prometido hacerle ver lo mucho que me interesaba. Yo que me había propuesto que me considerara una mujer y no una niña… Y ahora que le tenía allí, ante mí, contemplándome de ese modo, su forma de mirarme fue tan profunda que me dio pánico.

—Pero el otro día me dijiste que no te gustaban los chicos de tu edad. —Esto último lo dijo entrecerrando los ojos y mirándome los labios, como si fuera a encontrar la respuesta en ellos.

—Y siguen sin gustarme, solo estoy esperando a que aparezca mi hombre.

Sabía que decirle eso había sido como hacer puenting sin cuerdas dinámicas de escalada, pero ¡qué diablos…! Tenía casi diecisiete años y a esa edad decir tonterías aún estaba permitido.

Me acerqué lentamente, arriesgándome todavía más, y le besé la mejilla, muy cerca de la comisura de la boca. Él se mantuvo inmóvil. Inhalé el olor de su piel en ese corto espacio de tiempo e intenté memorizarlo.

—Adiós, Mikel.

—Ten cuidado.

Tan solo dijo eso mientras me veía alejarme. El problema era que no supe a qué se refería exactamente.

***

Para mi sorpresa, la cita con Jayden Morris no fue mal. Me lo pasé genial con Bárbara y Ethan, tanto que el fin de semana siguiente volvimos a repetir. Empecé a pensar que quizá Bárbara llevaba razón y tenía que olvidarme de una vez por todas de Mikel. Aquello no era más que una fantasía caprichosa. Y ciertamente él era el novio de mi tía. Y a pesar de todo yo quería a Sylvi. Me sentía culpable y confundida, y decidí centrarme en Jayden.

Me autoconvencí de que me atraía. Sabía que era un chico arrogante y creído, pero el coqueteo desafiante que mantenía con él terminó por llamar mi atención.

Esa semana Mikel apenas había aparecido por casa. Una de las tardes en las que estudiaba en mi habitación con la puerta abierta oí como mamá telefoneaba a tía Sylvi. Al parecer, las cosas entre ella y Mikel iban de mal en peor. Lo cual no me resultó raro. Las relaciones de mi tía tenían todas fechas de caducidad y yo sabía de sobra que, tarde o temprano, Mikel pasaría a formar parte de su extensa lista de fracasos sentimentales.

Y el viernes siguiente Bárbara se empeñó en preparar nuevamente una doble cita. Sobre las ocho de la tarde comencé a arreglarme. Mi amiga me pidió que esa noche me quedara a dormir en su casa. Ella vivía en la zona céntrica de Manhattan y seguramente saldríamos a tomar algunas copas por los bares de Park Avenue. Jayden era un chico muy bien relacionado y tenía acceso a todos los locales de moda para mayores de edad. El plan prometía ser divertido, así que no me lo pensé dos veces y le confirmé a mi madre que esa noche dormiría en casa de Bárbara.

Pero justo cuando cogía el bolso para salir de mi habitación, oí voces en la parte de abajo. Me asomé al hueco de la escalera y me fijé en que la puerta de casa estaba abierta. Mikel acababa de llegar y él y mi padre discutían en el rellano.

—¿De verdad vas a contratar a ese hijo de puta de Brandon Wallace? —La voz de Mikel resonó con una intensidad escalofriante.

—Estás llevando todo este asunto demasiado lejos, Mikel. Cálmate, por favor —respondió mi padre con un tono más comedido.

Descendí algunos escalones para poder escuchar la disputa.

—¿Demasiado lejos? Ese tipo es un miserable y tú pretendes que trabajemos con él codo con codo.

Mikel se movía de un lado a otro como si estuviera desesperado y aquello se le estuviese yendo de las manos.

—Entiendo que para ti sea algo personal, pero tienes que intentar separar ambas cosas. Mikel, dirijo esta empresa, joder. El único interés que tengo por ese tipo es meramente profesional —argumentó mi padre.

—¿Desde cuándo te has convertido en una persona sin principios, Frank?

—Te estás pasando, Mikel, lo mejor será que te marches a casa y hablemos de todo esto en la oficina.

—Si contratas a ese tipo, tú y yo no tenemos nada de qué hablar —masculló Mikel.

—¿Me estás amenazando? ¿Quién coño te has creído tú para venir a mi casa e insultarme?

Bajé rápidamente las escaleras y me situé tras mi padre. Los dos estaban muy cerca y la situación superaba a ambos. Verlos discutir de aquella manera fue algo que me dejó extenuada.

—Papá, por favor —imploré, sujetando su brazo. Pero ninguno de los dos me hizo caso. Seguían mirándose de aquel modo amenazador.

En ese mismo instante, el coche de mi madre se detuvo frente a la puerta de casa y de su interior salieron ella, mi hermano y tía Sylvi.

Mi hermano corrió hacia el salón a jugar a la video consola, ajeno a todo; pero, claro, con diez años era una cosa normal. Sin embargo, mi madre percibió de inmediato que algo ocurría y mientras Sylvi sacaba unas bolsas con comida del maletero, ella se adelantó y se situó junto a nosotros.

Me miró primero a mí, que permanecía inmóvil, y luego paseó su mirada entre Mikel y mi padre.

―¿Qué ocurre aquí?

―Nada, Rose, ocurre que me he equivocado haciendo amistades ―respondió Mikel sin apartar sus ojos de mi padre.

―Cierra la puta boca, Mikel. Si vas a seguir insultándome en mi propia casa, ya puedes largarte por donde has venido —farfulló mi padre.

―Sí, creo que será lo mejor ―dijo él claramente decepcionado, girándose para marcharse.

La cara de mi madre se convirtió en una mueca de espanto.

―¿Pero qué es todo esto, Frank? ¿Qué pasa con vosotros?

Mi padre no respondió a su pregunta, se quedó allí observando cómo Mikel se largaba ante sus narices.

Sylvi, que había oído la última parte de la discusión desde la acera, hizo el amago de acercarse a Mikel antes de que este se metiera en el coche y se marchara de allí quemando ruedas, pero él no se detuvo a escucharla, le hizo un mal gesto con el brazo para que lo soltara y se largó sin más.

―Frank, ¿qué coño le has dicho para que se ponga así? ―le preguntó mi tía a mi padre, acercándose a él con un enfático tono de reproche.

―Hoy no, Sylvi; hoy no tengo ni tiempo ni ganas para tus tonterías.

Después de decir eso se dio la vuelta y se encerró en su despacho, obsequiándonos con un sonoro portazo.

Aquella noche me marché a mi cita, pero en mi cabeza solo rondaba la imagen de Mikel montándose en su coche, endiablado. Jamás le había visto pelearse con mi padre de ese modo; en realidad, jamás le había visto discutir con nadie, excepto con Sylvi. Pero, desde luego, ella nunca lo hizo enfadar tanto.

***

Jayden Morris me gustaba, quizás no lo suficiente para acostarme con él, pero estaba segura de que sería divertido besarle. Además, trataba de impresionarme y esta vez Ethan y él nos llevaron a un bar-terraza en la cima del Hotel Ink48.Un sitio nuevo y cosmopolita. Habíamos cenado en una bonita y elegante pizzería, y ahora estábamos tomando unos cócteles acomodados sobre unos acolchados sillones color crema y disfrutando de las magníficas vistas del imponente Empire y del Midtown Manhattan.

Bárbara no dejaba de hacerme señas, indicándome que me acercara a Jayden. Y lo cierto era que estaba guapísimo y encima se comportaba de otro modo conmigo. Pensé que, tal vez, conocer a Jayden era una señal para olvidarme de una vez por todas de mi estúpida obsesión por Mikel. Quizá no era tan mala idea comenzar algo con ese chico…

Esa noche de mayo se mezcló el atrayente aroma de las plantas y las flores, que adornaban la azotea con la luz de los farolillos, y que le daban un aspecto más propio de una linda verbena al lugar que de una imponente terraza neoyorquina. Todo eso, junto al efecto de los cócteles, me hizo creer que Jayden era maravilloso y divertido. Y me dejé llevar…

Jayden se colocó junto a mí y permití que me besara. Después de todo no era al primer chico al que besaba. Tenía casi diecisiete años y aún no había tenido ningún novio formal. Pero… ¿Y si él era el primero? Bárbara ya había empezado a salir con Ethan formalmente y lo cierto era que juntos lo pasábamos de maravilla.

Y justo cuando empecé a pensar que besaba muy bien y que lo mejor sería comportarme como una chica de mi edad y dejarme seducir por el presuntuoso encanto de aquel joven… Mikel Coronado apareció en el lugar acompañado de una mujer que, sin duda alguna, no era mi tía.

 Leer el capítulo anterior 

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