Tenía el corazón a punto de perforarme el pecho. Las pulsaciones eran tan aceleradas que temía sufrir un infarto de un momento a otro. Y la garganta… tuve que hacer un esfuerzo enorme para tragar saliva e intentar respirar con normalidad. Y, lo peor de todo, es que yo lo sabía. Sabía que aquello podía pasar. De hecho, yo misma había provocado esa situación. No entendía por qué mi cuerpo estaba reaccionando de esa manera ante la inminente noticia. Hasta ese momento había contado con la posibilidad de que ocurriera, pero la confirmación había sido tan imperiosa que iba a necesitar un desfibrilador para recuperarme del shock.

Volví a mirarlo, no había ninguna duda. Una raya era negativo y dos… ¡Dios mío…! Dos rayas y encima casi fluorescentes… solo podía significar una cosa: que estaba embarazadísima.

Guardé el test en la misma caja, junto con las instrucciones mal dobladas y me puse de pie con cuidado. Las piernas aún me temblaban demasiado. Me miré al espejo y casi no me reconocí. Y no es que no fuera yo, ese reflejo era más yo que nunca. Jamás me había sentido tan verdadera como ahora. Era solo que mi vida había dado un giro tan grande en tan poco tiempo que estaba intentando asimilarlo. Pero esto había sucedido tal cual lo había planeado. Al menos, esto sí. Mi vida junto a Héctor era como subir a una montaña rusa a ciegas. De él nunca sabías que esperarte. Le encantaba sorprenderme y eso de que yo fuera la última en enterarme le provocaba una profunda satisfacción. Y lo cierto es que a mí también. Todo lo hacía de la misma manera… Lo último había sido mi cumpleaños. Se pasó el día fingiendo que no se acordaba y, finalmente, me preparó una fiesta que tardaría una eternidad en olvidar. Fue algo sencillo, nada de un cumpleaños ostentoso y con confetis. Todo lo contrario, fue una fiesta íntima y entrañable, con aquellas personas que poco a poco estaban formando parte de mi vida. Una vida que nada tenía que ver con Cádiz. Mi vida en Nueva York: Una incesante y vibrante aventura.

La celebración fue en la cafetería de Dimitri y Flora. Vinieron Patrick y Silvia, los dueños de la academia de inglés en la que yo daba clases,  y algunos compañeros del trabajo de Héctor con los que habíamos entablado bastante amistad. En fin, fue una agradable e inesperada sorpresa. Cenamos todos juntos, brindamos con champan y nos dieron las tantas entre risas y carcajadas. Pero durante uno de esos instantes, mi mirada se encontró con la de Héctor por encima de la mesa, y el tiempo se dispuso a detenerse. Daba igual el momento y el lugar, el día o la hora… mi vida se resumía a estar junto a él. Aquello no era un cumpleaños normal y corriente, era una manera de demostrarme que haría lo que estuviera en su mano porque yo fuera feliz a su lado. Y, desde luego, lo era. Tan feliz que me costaba respirar solo de pensarlo…

Después de muchos regalos y algunas copas de más, la noche terminó como más me gustaba: con Héctor entre mis piernas, demostrándome que era mío y de nadie más, con su olor y su voz impregnados en mi piel, con aquellos rayos de luz resultantes de una ciudad poderosa y plagada de éxitos, iluminándole su perfecto rostro y haciendo que, aun encontrándome muy lejos de las personas que amaba, donde únicamente quería estar era justo donde estaba en ese instante: debajo de su cuerpo, adicta a ese placentero y electrizante pecado. Pero después de eso quise hacer algo por él. Algo auténtico. Quería sorprenderle de verdad. Y lo cierto era que desde que mi sobrina había nacido, él no dejaba de hablar de la idea de tener un bebé. Hasta entonces ninguno de los dos hablamos de casarnos todavía, sin embargo, el tener un bebé era una de sus prioridades. A veces, cuando hablábamos del tema yo simplemente le rehuía con diplomacia. Sin embargo, eso solo formaba parte de mi esotérico plan. Lo que jamás imaginé era que ese plan diera resultados tan inmediatos.

Y sí, allí estaba yo, un mes después de dejar de tomar mis pastillas anticonceptivas, sujetando con dedos temblorosos un predictor que anunciaba algo muy grande. Tan grande que la sensación de saber que era real me daba pánico.

A partir de ese momento, me ilusioné con la forma en la que le daría la noticia. Quería impresionarle, demostrarle que yo también podía sorprenderle. Pensé en mil maneras de decírselo, pero luego llegué a la conclusión de que aquel era un momento tan nuestro que solo nos concernía a ambos. Me costó la misma vida no comentarlo con nadie y continuar con mi rutina. Pedí cita con un ginecólogo a través de mi seguro médico, y cuando tuve una prueba palpable de que aquella cosita diminuta y distorsionada, con una fuerza sobrehumana, a juzgar por sus latidos, era de verdad y crecía dentro de mí, me fui a mi casa y esperé a Héctor.

Preparé la cena y esperé a que llegara sentada en el sofá. En cuanto oí la llave deslizarse por la cerradura de la puerta, me puse en alerta. Le observé entrar en el salón con aquella expresión que solía traer después de un agotador día laboral, aquella que delataba que era un hombre profundamente implicado con su trabajo y que, a veces, se exigía demasiado  a sí mismo.  Apoyó su maletín sobre una de las sillas del salón y se acercó hasta donde yo estaba para darme un beso.

―Voy a darme una ducha y cenamos, ¿de acuerdo? ―me comentó con una mano  apoyada en el respaldo del sofá e inclinándose para hacerse con mis labios.

―Muy bien, pero no tardes, tengo hambre. ―Se alejó de mí y vi cómo se sacaba el polo por la cabeza, deleitándome con una buena panorámica de su escultural espalda.

Me puse en pie y preparé la mesa mientras él se duchaba. Al cabo de unos diez minutos le vi salir del baño con tan solo un pantalón de pijama azul marino debajo de sus caderas. Estaba segura de que mis hormonas estaban empezando a alterarse, porque últimamente la idea de verlo con poca ropa era una lenta y tortuosa provocación. Se acomodó a mi lado en el sofá y el olor de su desodorante me resultó tan cercano y familiar que tuve que hacer un esfuerzo por no sentarme a horcajadas sobre él y devorarlo. Me hablaba sobre el proyecto y todas las complicaciones que habían surgido en el último mes en la ejecución de la obra y, mientras tanto, yo intentaba escucharle y parecer serena. No obstante, el corazón me latía tan deprisa que temí que pudiera oírlo. Estábamos frente a la televisión, como cada noche, cenábamos en la mesa baja del salón. Le serví un trozo de tortilla de patatas, que había cocinado con todo mi cariño, y un poco de ensalada. Para él, comer tortilla de patatas en Nueva York era algo que le encantaba. Sin embargo, no puse bebidas en la mesa y lo hice a propósito…

―Cariño, me he olvidado de la bebida. ¿Podrías traerla?

―Claro ―respondió él antes de meterse un trozo de tortilla en la boca.

Yo había dejado la ecografía de nuestro bebé pegada en la nevera con uno de esos imanes que me había empeñado en coleccionar. Pero él abrió la puerta con desinterés y apenas se fijó en lo que había pegado en ella.

Volvió a mi lado con una botella de agua en la mano. Cogió el mando por inercia y empezó a pasar los canales de la tele.

―Héctor, no me apetece agua, ¿podrías  traerme una Coca-Cola?

Me miró de soslayo y yo le puse un puchero.

―Muy bien, una Coca-Cola para la señorita.

Repitió la misma operación, pero esta vez con más rapidez. Al parecer acababa de empezar un capítulo de una de sus series favoritas y no quería perdérselo. Sacó la Coca-Cola de la nevera y cerró de nuevo sin mirar, pero cuando estaba a medio camino, le hice un gesto con la mano para que se detuviera.

―Que sea light, por favor.

Me dedicó una de esas miradas suyas capaz de desintegrarme y yo le respondí con una sonrisa forzada. Estaba empezando a preguntarme cuántas vueltas iba a tener que obligarle a dar para que viera la dichosa ecografía, pero a la tercera fue la vencida. Cerró la puerta de la nevera y entonces lo vio. Fui testigo de cómo se quedaba paralizado frente a aquel gigantesco electrodoméstico y despegaba aquel diminuto trozo de papel para sujetarlo entre sus manos. Se quedó inmóvil, no pude verle la cara porque en esos momentos estaba de espaldas a mí. Me puse de pie y esperé a ver su reacción. Pero al verle allí quieto, de repente, una extraña sensación de inseguridad y miedo se apoderó de mí. ¿Y si aquello no había sido una buena idea? ¿Y si me había precitado y en realidad él no contaba con la idea de que me quedase embarazada en Nueva York?

Sentí que la sangre se me subía a la cabeza y un desagradable nudo se instaló en mi garganta. Él seguía allí, de espaldas a mí, sin embargo, yo quería verle la cara, quería ver en sus ojos qué tenía que decir ante aquello. Me fui acercando lentamente a él, pero entonces se giró.

―¿Estás embarazada? ―En ese instante estaba tan asustada que no supe descifrar la expresión de su cara. Solo pude ver cómo se frotaba la nuca, y su cejo más fruncido que nunca.

Asentí despacio, mirándolo directamente a los ojos. Fue entonces cuando se acercó a mí y se puso tan cerca que tuve que alzar la cabeza para mirarle. No dijo nada, solo me miró. Me moría de ganas por oír aquello que tuviera que decirme, estaba dispuesta a afrontarlo, fuera lo que fuere. Pero él no dijo ni una palabra. Solo paseó su mirada por todo mi rostro sin apartar de su expresión aquel gesto de preocupación y confusión. Y luego hizo algo que jamás me hubiera esperado de él: se arrodilló ante mí. ¡Sí, señor!, aquel gesto me pilló tan inadvertida que me quedé sin aire en los pulmones. Se arrodilló y  puso sus manos en mis caderas para acercarme a él. Y fue, entonces, cuando besó la parte baja de mi vientre y se quedó allí, agarrado a mí. Aferrándome a él como si yo fuera de su propiedad. Y lo era. Claro que lo era… Solté el aire que hasta ese momento se me había atragantado en los pulmones y enterré mis dedos en su pelo. Ese hombre era tan jodidamente extraordinario que temía que aquello fuera tan solo una alucinación.

―Te amo, Carolina. Os amo ―susurró con sus labios pegados en mi vientre.

Sonreí acariciándole el pelo. Sujeté su rostro entre mis manos y me incliné para besarle. Al instante siguiente él se puso de pie sin dejar de deslizar sus manos por mi espalda y mi cabello.

―Vamos a ser padres ―aseguró, paseando su mirada por mis ojos.

De repente la expresión de su rostro se había suavizado y ahora tan solo se reflejaba una profunda serenidad.

―Sí.

Fui a acariciarle la cara y él besó la palma de mi mano. Luego, la colocó sobre su pecho y me la sostuvo con sus dedos enlazados con los míos.

―¿Lo oyes, Carolina? ―A pesar de que en ese momento parecía sereno, el corazón le latía con fuerza.

―Es real, mi amor por ti, siempre ha sido real.

―Lo sé ―respondí, sosteniéndole la mirada.

―¿Sabes lo que esto significa, verdad?

Le insté a continuar con los ojos. Quería que me dijera todo lo que tuviera que decirme. Llevó su mano a mi cuello y me acarició el rostro con el pulgar. Una sola caricia suya era capaz de derretirme entera.

―Me perteneces. ¿Lo entiendes?

Y sí que lo entendía. Entendía que el hecho de tener un hijo con él me hacía aún más de su propiedad. Y él se estaba asegurando de que lo supiera.

―Tú también me perteneces a mí ―aseguré, deslizando mis manos por su pecho, acariciándole.

―Pienso haceros muy felices, te lo prometo ―susurró entrecerrando los ojos y pegando su frente a la mía. Llevó sus manos a mi espalda y me acercó más a él.

―Ya soy inmensamente feliz.

Busqué sus labios y me perdí en ellos. Empezamos a besarnos suavemente, con deleite. Me besó las mejillas y luego comenzó a lamerme el cuello, y de pronto me encontré con mis manos enredadas en su pelo y con mis piernas enlazadas en su cintura. Amaba tanto a este hombre que hubiera atravesado el mismísimo infierno descalza por él.

―Íbamos a cenar, ¿no lo recuerdas? ―murmuré separándome un segundo de sus labios.

―Más tarde, ahora tengo otros planes para ti ―siseó besándome la mandíbula y el hombro.

Cuando me quise dar cuenta, entre besos y abrazos, me estaba acomodando encima de nuestra cama y deshaciéndose de mi ropa. Pero esa noche hicimos mucho más que hacer el amor. En realidad fue un acto de adoración. Cada palabra, cada susurro, cada caricia… era pura magia. Se recreó en recorrer mi cuerpo con su lengua y me llevó hasta un límite de placer que pensé que no existía. Esta vez me hizo el amor despacio, sin dejar de besar mis labios, sin apartar sus ojos de los míos, sin dejar de repetirme lo mucho que me amaba…

Terminó con su cuerpo derrumbado sobre el mío y con mi nombre entre sus labios. Y cuando logramos recomponernos de aquel flamante éxtasis, se colocó entre mis piernas y apoyó su cabeza en mi vientre.

―¿Qué te gustaría una niña o un niño? ―le pregunté, mesando su pelo.

Me dio un beso muy cerca de mi pubis y luego me miró desde abajo.

―Pienso tener uno de cada, así que me da igual.

Abrí mucho los ojos como si no terminara de creer lo que acababa de decir y luego dejé caer la cabeza en la almohada, escenificando que ese comentario me había dejado KO. Él sonrió y metió sus manos bajo mis nalgas y las masajeó.

―Me pondré gorda y me saldrán estrías. ¿Me querrás igual?

―No.

―¿No? ―le dije, cogiendo su cara entre mis manos y fingiendo que estaba enfadada.

―Nunca podré quererte de la misma manera. Me gustaría poner un tope, pero, irremediablemente, siento que cada día que pasa te necesito más y, a veces, resulta doloroso.

―No sé cómo interpretar ese comentario. ¿Te resulta doloroso quererme? ―Le acaricié una ceja.

―No. Quererte es muy fácil, lo que me resulta doloroso es la idea de que algún día te alejes de mí.

―No voy a ir a ninguna parte, Héctor. Mi sitio está contigo ―recalqué, pinzándole la barbilla para que me mirara.

―Me alegra saber que al fin lo has entendido. De lo contrario, te haría mi prisionera y tendría que atarte a mi cama.

―Mmmm…, déjame pensar…, esa idea también me gusta…

Él me dedicó una de esas sonrisas suyas de medio lado y luego se incorporó y me besó. Su lengua lamió despacio la comisura de mi boca y a continuación mordisqueó mi labio inferior. Pero cuando quise continuar con ese delicioso beso, él se separó un poco de mí y susurró:

―Seguiremos con la segunda parte un poco más tarde, ahora tienes que comer.

Se sentó en la cama, se puso los pantalones del pijama que andaban tirados en el suelo con el resto de mi ropa y, luego, tiró de mi mano para incorporarme.

―Estoy bien aquí, contigo. ―Me hice un poco la remolona en la cama.

―Volveremos pronto, ahora a comer ―afirmó, agarrándome  las dos manos y obligándome a sentarme.

―¿Te vas a pasar todo el embarazo así de mandón? ―protesté con sorna, sentándome en la cama para vestirme mientras él me observaba de pie.

Me puse la camiseta y, cuando estaba de pie haciéndome un nudo con el cordón de mis pantalones, él se acercó más a mí y sostuvo mi barbilla con sus dedos:

―Quiero que nos casemos. ―Soltó sin más. Así, sin preámbulos ni preliminares.

Me quedé allí, paralizada, sin saber qué responder. ¿Casarnos? ¿Cuándo? Ahora estaba embarazada, y la ejecución del centro comercial a punto de finalizar, con lo cual en unos meses estaríamos de vuelta a España. Además, alguna vez habíamos comentado algo sobre casarnos y lo único que sabía era que él no estaba dispuesto a hacerlo por la Iglesia, no era un hombre precisamente religioso. Siempre decía que sería algo íntimo y sencillo. Y yo estaba absolutamente de acuerdo con él. Al fin y al cabo, lo único que me interesaba era estar con él, pertenecer a él, el modo en el que se realizara el acto en sí me daba igual.

Asentí y me agarré a su cintura.

―De acuerdo. Mandón.

Él sonrió, metió su mano bajo mi cabello y apartó el pelo de mi hombro para regarlo de besos…

Dos meses  después me encontraba en la suite nupcial del Hotel Surrey, situado en  el Upper East Side. Flora me ayudaba a maquillarme, y mi  discreto y  sencillo vestido de novia estaba colgado en una percha en  la elegante  y sofisticada lámpara de lágrimas  que iluminaba aquella lujosa habitación.

 Héctor lo había dispuesto todo para casarnos cuanto antes. Yo insistí en esperar a llegar  a España, deseaba que estuviera toda mi familia y amigos, pero él decía que quería que nos casáramos cuanto antes. Sería una sencilla ceremonia civil  en la terraza del hotel, con nuestros amigos más íntimos. Es decir, Flora, Dimitri, Patrick y Silvia. Me prometió que en  cuanto estuviéramos en España haríamos una fiesta para celebrarlo, y accedí. Además, uno de los inversores de aquel hotel tenía una participación en el centro comercial y Héctor había conseguido que disfrutáramos de la intimidad de aquellas impresionantes vistas durante toda la noche. Y lo cierto era que la idea me parecía tan tentadora que no pude resistirme.

Sin embargo, en cuanto me vi allí, con Flora, en aquella habitación, me sentí extraña. Echaba de menos a Cristina. Siempre pensé que sería mi hermana la que me ayudaría a vestirme y maquillarme el día de mi boda. Había hablado con ella esa misma tarde, pero claro, con Elena tan pequeña era imposible que hubiesen venido a la boda. Y, sin poder evitarlo, una repentina sensación de nostalgia y melancolía se reflejó en mis ojos.

―¿Qué pasa, mi niña? ―me preguntó Flora con su simpático acento francés.

―Nada, nada, es solo que echo de menos a mi hermana. ―Fue mencionar esa palabra en voz alta y los ojos se me llenaron de lágrimas. ¡Oh, Dios!, no quería llorar, ya estaba maquillada y  estropearía el magnífico trabajo de Flora.

―Venga, ya está, dentro de poco estarás con ella. No pienses en eso ahora, solo recuerda que allí arriba te espera el hombre más maravilloso que has conocido nunca. Y que haría cualquier cosa por hacerte feliz. ―Se colocó detrás de mí y me ahuecó el pelo con los dedos. Me había hecho unas ondas preciosas y ciertamente me encontraba radiante.

―Voy a traerte un poco de agua y volveré a retocarte los ojos.

Asentí en silencio y me miré las uñas de mis  manos, intentando deshacer el nudo que se me había instalado en la garganta. Vi a Flora desaparecer detrás de mí y observé mi imagen en el espejo del tocador. Respiré hondo e intenté tranquilizarme… pero de pronto una reproducción de escenas de mis padres asaltó mi cabeza: Ellos en casa charlando en la cocina mientras Cristina y yo cenábamos sentadas a la mesa y papá regañaba a mi hermana por no comerse todo el filete. Luego recordé a papá haciéndole cosquillas a  mamá en la cama y gritándonos a Cristina y a mí que la sujetáramos… Aquella felicidad había sido real, aunque ahora solo formara parte de un bonito recuerdo. Y, desde luego, era la misma que yo quería para mi futuro. Quería para mi bebé la misma felicidad que yo había tenido de niña y haría lo que estuviese en mi mano por conseguirla. Luché con todas mis fuerzas por deshacerme de esa profunda melancolía y me giré para mirar si Flora ya venía de vuelta con la botella de agua. Necesitaba refrescarme la garganta…

Y fue entonces cuando la vi aparecer. Su imagen me pareció una ilusión. Por un momento pensé que tan solo era producto de mi nublado delirio… De mis ganas de tenerla junto a mí. Pero no, allí estaba ella. Con un favorecedor vestido verde aceituna del mismo color que sus hermosos ojos. Con su liso cabello tan negro como una noche sin estrellas, resbalando sobre sus hombros y observándome con los ojos empañados en lágrimas.

―¿De verdad pensaste que no vendría? ―preguntó, dibujando en su cara una resplandeciente sonrisa capaz de iluminar todo Manhattan.

Me llevé la mano al corazón al sentir cómo latía desbocado y corrí hacia ella. Necesitaba abrazarla, ansiaba tocarla y afianzarme que de verdad mi hermana había atravesado un océano entero para estar junto a mí el día de mi boda.

―Cristina, ¡oh, Dios mío!, no me lo puedo creer…

―Pensábamos darte la sorpresa arriba, pero Flora nos ha llamado diciéndonos que te estaba entrando la llorera ―comentó separándose de mí y limpiándome una lágrima que en ese momento corría por mi mejilla.

―Deja ya de llorar, este día tiene que ser el más feliz de tu vida, ¿entendido?

―Sí, sí, está bien…

―¿Cómo te encuentras? ―me preguntó ella tocándome el vientre. Ya sabía lo de mi embarazo. Después de comunicárselo a Héctor, él mismo se encargó de extender la noticia.

―Bien, muy bien, un pelín sensible, pero nada más.

―De acuerdo, pues siéntate que tengo que terminar de arreglarte. He traído un par de cosas que creo que te gustaría llevar hoy.

―¿Ah, sí?

La observé girarse y salió hacia el salón de la suite. Al cabo de un minuto volvió con un paquete rectangular y blanco, lo abrió y de su interior dejó posar sobre sus brazos un velo de color blanco roto con encaje de chantilly. Lo reconocí al instante. Era el velo que había llevado mi madre en su boda. Una de mis tías lo había conservado desde entonces y se lo había preparado a Cristina para que me lo trajese. Aquel día no había pensado llevar velo. De hecho, mi vestido era un sencillo modelo de raso marfil con escote en V y la espalda libre, pero en cuanto tuve el velo en mis manos me di cuenta de que era el complemento perfecto para ese vestido. Mientras lo sostenía, ella sacó una cajita pequeña que permanecía escondida en una esquina del paquete y me comentó:

―Creo que estos también te vendrán geniales, ¿no crees?

No pude responder de la emoción. Tan solo asentí. Abrió la diminuta cajita y me mostró los pendientes de oro y nácar de mi madre. Se acercó a mí y me los puso ella misma. Luego se retiró un poco para mirarme y afirmó:

―Estás preciosa. Te retocaré un poco el maquillaje y te ayudaré a ponerte el vestido.―Miró el reloj de su muñeca y a continuación comentó:

―Tu futuro marido me matará si llegamos tarde.

Cuando acabé de vestirme, y ella me estaba colocando el velo, cogí una de sus manos y le murmuré:

―Gracias, Cristina. Gracias por hacer este día tal y como lo había imaginado.

Ella sonrió y antes de darme un beso en la mejilla susurró junto a mi oído.

―Créeme, será mucho mejor…

Y me tendió un coqueto ramo de margaritas blancas  que yo recibí con una enorme sonrisa.

Flora y ella me condujeron hasta la terraza donde se celebraría la ceremonia civil y la cena. Estaba segura que Héctor se habría encargado de prepararlo todo con esmero.

Él era así. Pero cuando Flora abrió la puerta que daba acceso al exterior, de repente, fue como estar dentro de un sueño. Pero uno de esos en los que si fuese posible cerrarías los ojos para siempre. Aquello era una fascinación. Ese lugar no se parecía en absoluto a lo que yo había visto el día anterior. El azul desvaído del atardecer neoyorquino, la  suave brisa de septiembre meciendo las hojas volanderas de las plantas que decoraban aquel espacio, la multitud de azucenas blancas enfilando un camino que me llevaba directa al arco ceremonial y un sinfín de agradables farolillos embebiendo aquel entorno de una cálida y suave luz.

Un paraíso romántico hecho realidad. Sí, así era, aquello era lo más cerca que podría estar de rozar el cielo, y no me refería tan solo a la altura, sino porque aquello era el mismísimo nirvana. Intenté memorizar  todos los detalles, pero cuando centré mi atención en las personas que permanecían expectantes comenzó de verdad mi sorpresa.

El primero que se acercó para llevarme hasta mi futuro marido fue mi tío José. Tuve que llevarme la mano a la boca cuando le vi vestido con un elegante traje negro y con su radiante sonrisa. Se situó a mi lado y, tras besarme la mejilla y susurrarme que estaba preciosa,  me tendió su brazo para que le sujetara. Su mujer, Lucía, me observaba desde uno de los lados de aquel idílico pasillo.

A medida que avanzaba vi a Raúl junto a sus padres, la madre de Raúl sostenía en brazos a la pequeña Elena, y no pude contenerme. Corrí hacia ella y me la comí a besos, había crecido una barbaridad. Estaba preciosa a sus seis meses, regordeta y con el pelo igual de corto que cuando era una recién nacida. Y justo detrás de ellos mirándome con ternura, se encontraban María y Emilio. Aquello me dejó totalmente descolocada. ¿Mis amigos habían volado a otro continente para no perderse mi boda? Les abracé. Estaba tan emocionada que de repente me sentía abrumada. Sabía que ese día se quedaría por siempre en mi cabeza, como una invariable película. Y sabía, de sobra, que el culpable de aquella tremenda felicidad era él.

Le busqué,  indagué con la mirada justo donde se encontraba el arco ceremonial y le vi, allí, tan guapo, brillante y satisfecho que estuve a punto de marearme. Con un traje negro de sastre y en la solapa de su chaqueta una margarita idéntica a las que lucían mi ramo. Pero cuando creía que ya no podría aturdirme más, me fijé en la persona que permanecía a su lado y allí estaba su madre. Junto a él. Colaborando en nuestra alegría y formando parte de un momento tan especial. Su padre nos contemplaba desde la primera fila. Y entonces lo entendí, lo mejor era casarnos allí, en Nueva York, lejos de los malos recuerdos de Héctor y, en parte, de los míos…

Entre el resto de los asistentes se encontraban nuestros amigos y algunos compañeros del trabajo de Héctor. Cierto, aquella era una ceremonia íntima, solo que aquellas personas ocupaban un lugar tan grandioso en mi vida que sentía que ese restringido espacio  estaba plagado de amor.

Cuando logré recuperarme de esa impactante conmoción me situé junto a Héctor y él enlazó sus dedos con los míos… y me besó. Fue un beso suave, acompañado de una dulce caricia en mi mejilla. Un beso capaz de detener el tiempo para toda una eternidad. Y solo entonces presté atención a la banda de música que tocaba en una de las esquinas de la terraza y que ponía la nota final a aquel edén de encantamiento. Versionaban las  canciones de los mejores grupos musicales que había oído en toda mi vida.

Sin duda, aquella sería una noche que no olvidaría en un  millón de años. Mientras recitábamos nuestros votos y sentía las palabras de Héctor abriéndose paso en mi corazón, comprendí que era verdad. Sus promesas eran ciertas, haría todo lo posible por hacerme feliz. Ese hombre no me había mentido jamás…

Pensé que sería la única que recordaría con infinitud la magia de esa noche, pero luego me di cuenta de que la luna y las estrellas también serían testigos fieles de las risas y de aquella explosión de sentimientos. Y estaba convencida que, entre muchas de esas estrellas, estaban ellos. Observándonos desde el más allá y sin perderse ni un solo instante de nuestras vidas. Después de una deliciosa cena y muchos, muchos bailes, Héctor y yo fuimos los últimos en marcharnos. Creo que ninguno de los dos deseaba que esa noche acabara y mientras la banda de música comenzaba a tocar las primeras notas musicales de una canción  de Savage Garden, concretamente Truly Madly Deeply , ambos nos mecíamos agarrados, envueltos en aquella luz liviana y rodeados de una multitud centelleante de imponentes y lujosos rascacielos.

Yo tan solo lucía mi traje de raso y mi cabello meciéndose a merced del viento, y Héctor hacía bastante tiempo que se había desprendido de su chaqueta y de su corbata. Le melódica voz de uno de los componentes puso la banda sonora final a aquel momento:

Quiero estar contigo sobre una montaña.

Quiero bañarme contigo en el mar.

Quiero permanecer así para siempre,

hasta que el cielo caiga sobre mí.

Oh, ¿puedes verlo, nena?

No tienes que cerrar tus ojos,

porque está justo enfrente de ti.

Todo lo que necesitas seguramente llegará.

Yo seré tu sueño.

Tu deseo, tu fantasía.

Seré tu esperanza, tu amor,

seré todo lo que necesites.

Te amaré más con cada respiro,

sinceramente, loca y profundamente.

Seré fuerte, seré fiel,

porque estoy contando con

un nuevo principio,

una razón para vivir, un significado más profundo.

Sinceramente, loca y profundamente.

Y allí estábamos los dos, en aquella extraordinaria ciudad, lo más cerca del cielo que se podía estar…

―Quiero un niño ―siseó meciéndome entre sus brazos, acariciando mi espalda.

―¿No decías que te daba igual? ―le pregunté, ladeando un poco mi cara para observarle con deleite.

―Y me da  igual, solo que me preocupa que sea tan hermosa como tú y no quiera dejarla salir nunca de casa. Pobrecita, me odiaría si, finalmente, decido recluirla en un convento. Solté una carcajada y él aprovechó para besar mi cuello.

―Ya estás dejando salir tu lado más posesivo con tu bebé y aún no sabes qué será.

Él sonrió y me besó la nariz.

―¿Y qué hago yo si es un niño y resulta que es tan guapo como tú? ¿Cómo crees que me sentiré cuando sea un adolescente y solo quiera estar rodeado de chicas y se olvide de mí?

―Por eso quiero que sea un niño. Cuando él esté ocupado con otras mujeres que no seas tú, yo  te tendré para mi solito… ―dijo, enarcando las cejas en un modo muy divertido.

―¿Te cansarás de mí? ―le pregunté, acariciándole el lóbulo de la oreja.

―¿Cansarme? ¿Sabes cuánto tiempo he esperado esto?

Sonreí y le besé la mandíbula.

―¿En serio te gusté desde la primera vez que me viste? ―Le acaricié la nuca y jugué con su pelo.

―Sí.

―Jamás me di cuenta. Pensé que me veías como a una niña pequeña.

―Te equivocas, siempre he sabido que eras una mujer…, que serías mi mujer ―reiteró, deslizando sus manos por mis caderas en una suave caricia.

―¿Tan seguro estabas?

―Sí, sabía que era solo cuestión de tiempo.

―Mi amiga Alicia y yo siempre bromeábamos sobre ti.

―¿Ah, sí? ―preguntó él con diversión, pero en un tono tremendamente sexual.

―Sí, entre nosotras comentábamos lo guapísimo que eras… ―confesé sin dejar de pasear mis dedos por su  cuello.

―¿Y por qué nunca me lo dijiste a la cara?

Me reí con ganas, pero luego me quedé mirándolo por encima de mis pestañas.

―Porque creo que tú lo sabías. Sabías que me parecías guapo, di la verdad.

―En realidad, siempre sentí que me devolvías la mirada, pero tuve que hacer un esfuerzo enorme para no acorralarte a la primera de cambio.―Contempló mis labios con deseo y, luego, me miró a los ojos ―¿Te acuerdas aquella Navidad en casa de mis padres, cuando mi vecina Carmen se quedó en sujetador durante la fiesta?―recordaba perfectamente ese día. De repente fue como volver al pasado. Me vi allí sentada en el salón de los padres de Héctor, con apenas veinte años, sujetando entre mis dedos una copa de Baileys mientras un montón de música ochentera imponía a mis suegros y a sus vecinos a desmelenarse ―No dejé de observarte durante toda la noche.

―Lo sé, yo a ti tampoco.

Y era cierto, aquella noche no me importó mirarle, de hecho, estaba tan guapo que era imposible resistirme a contemplarle. Sin embargo, pensé que aquel cruce de miradas era solo producto de mi calenturienta imaginación.

―¿Te acuerdas cuando nos cruzamos en el pasillo? Venías del baño…

―Sí, lo recuerdo ―afirmé.

―Pues estuve a punto de besarte esa noche. Tuve que contenerme una barbaridad para no aplastarte contra la pared y devorarte los labios.

―¡¿Y me lo dices ahora?! Podrías haberme ahorrado algunos años junto a tu hermano.

En el mismo instante que mencioné a Rafa, él entrecerró los ojos.

―Precisamente no lo hice por eso.

―¿Por él? ―Me costaba creer que no hubiese intentado nada conmigo por su hermano, teniendo en cuenta que era una rata asquerosa y que se llevaban fatal.

―No, no fue por él, fue por ti. Sabía que en esa época le querías, y no estaba dispuesto a dar ningún paso en falso contigo. Lo quería todo.

―¿Todo? ―El verde de sus ojos eran casi tan intensos como sus palabras…

―Sí.

―¿Cómo ahora?

―Exacto, como ahora ―aseguró,afianzándome más a él.

Acerqué mis labios a los suyos y le mordí el labio inferior. Enredé mis dedos en su nuca y le besé como solo se puede besar a una persona a la que amas verdadera, loca y profundamente.

―Te amo, Carolina. Sería capaz de arrojarme al infierno por ti.

Y confirmé una vez más lo que yo ya sabía… que me sentía tan expuesta y rendida a él que mi mundo se había vuelto del revés.

Leer ahora: ¡Joder, qué guapa es!

 

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