AVISO: SI AÚN NO HAS LEÍDO ¡ESTOY EN APUROS! ESTE RELATO NO ES PARA TI.

Etapas 1

Vivir con un policía no resultó ser tan fácil como yo había pensado… Por supuesto que no. Sobre todo porque Miguel ya no era policía, era subinspector y yo estaba convencida de que en un par de años, como mucho, ascendería a la categoría de inspector. Con lo cual su trabajo era cada vez más arduo y peligroso. Los casos a los que él y su equipo se enfrentaban no tenían nada de ficción. Aquello era la realidad en carne y hueso. Una realidad en la que a diario moría gente inocente y otros indeseables se iban de rositas. Había días que el estrés hacía estragos en su estado de ánimo. Y aunque en ese momento no vivíamos oficialmente juntos, yo me pasaba la mayor parte del tiempo en su piso. Por aquel entonces apenas llevábamos seis meses saliendo, pero nuestra relación progresaba a pasos agigantados.

En el Centro las cosas iban avanzando tal y como las habíamos previsto. Mi ambiente laboral, una vez que logré ordenar mi vida sentimental, dio un giro gradual y todo comenzó a marchar positivamente. Pero he de decir que, en algunas ocasiones, lo único que empañaba mi felicidad era el persistente recuerdo de mi madre y saber que su día a día se reducía a una celda de cuatro lóbregas paredes. No fue fácil vivir con ello, aunque Miguel y su familia se encargaron de llenar ese vacío que yo pensaba que jamás podría cubrir. Bueno, ellos y Marian.

Es sorprendente lo mucho que puedes cambiar el concepto sobre una persona cuando decides indagar sobre ella y conocerla. Y eso fue exactamente lo que hice con la madrastra de Miguel. Al principio creí que no llegaría a simpatizar con ella, pero aquella percepción de inspectora dura, fría e implacable pronto se transformó en la de una amiga, confidente y yo diría que casi hermana. Porque así fue como con el paso del tiempo la amistad entre Marian y yo cobró importancia.

La primera vez, desde que Miguel y yo empezábamos a hacer vida de pareja, que sentí la urgente necesidad de estrangularlo fue una tarde de viernes en diciembre. Básicamente porque no pude asimilar que fuera tan obtuso y cabezota. Por no querer entender lo que era inevitable. De hecho, su comportamiento me decepcionó tanto que fui incapaz de reaccionar como una persona civilizada.

Aquel día, yo acababa de llegar al apartamento de Miguel. Eran aproximadamente las nueve de la noche y él aún estaba trabajando. Habíamos hablado por teléfono esa tarde y él me había pedido que lo esperase allí para cenar.

Estaba quitándome la cazadora cuando oí el timbre de la puerta. Al abrir, pensando que sería Miguel, me encontré con un impresionante metro setenta y cinco de inspectora Varela. Solo que en aquel momento, en su mirada, no había nada de esa impetuosa policía.

Todo lo contrario. Por primera vez, desde que conocía a Marian, me di cuenta de que tenía ante mí a su versión más auténtica.

—Hola, Sara, ¿puedo hablar un momento contigo?

—Claro, pasa. Acabo de llegar—respondí instándola a entrar.

Estaba nerviosa, era más que evidente por el modo en el que se frotaba las manos una vez que se hubo quitado el abrigo. Le pedí que se sentara y le ofrecí algo de beber, pero rechazó mi invitación amablemente.

Cuando me acomodé a su lado en el sofá y la miré a los ojos, entendí que algo importante le estaba ocurriendo. Tenía la mirada llorosa y se humedecía los labios.

—¿Qué ocurre, Marian? Me estás asustando.

—Oh, no, no, tranquila. Es…solo que esta mañana he tenido un percance con Miguel.

—¿Un percance?

Arrugué el entrecejo y ella se llevó las manos a la cara y se la frotó.

—Sí, Sara. Creo que tú eres la única persona que puede ayudarme en estos momentos. No ha querido escucharme y me temo que está bastante molesto. Verás…estoy saliendo con alguien y ese alguien es Sousa, el mejor amigo de su padre.

En cuanto dijo eso, la imagen de ese atractivo inspector de cabello castaño y espeso penetró en mi cabeza. Asentí lentamente, invitándola a que siguiera hablando.

—Miguel no se lo ha tomado demasiado bien. Pensaba hablar tranquilamente con él y explicarle que lo mío con Sousa ha sido algo repentino, incluso para mí. Pero lo ha descubierto antes de que yo se lo contara. —Se quedó en silencio unos segundos, jugueteando con su alianza—.Jamás llegué a imaginar que volvería a enamorarme de alguien con la misma intensidad que lo hice de Alejandro. De hecho, sé que nunca volveré a sentir por nadie lo que sentía con él. Pero…con Sousa he vuelto a recobrar la ilusión, Sara. Cuando mataron a Alejandro creí que yo también me moriría. No puedes hacerte ni una idea lo que significa que te arranquen todos tus sueños y esperanzas de la noche a la mañana. Todo, Sara. Todo lo que imaginé con él desapareció de un día para otro y me encontré sin el hombre al que amaba y sin un padre para mi pequeño. No ha sido fácil, créeme. Mi trabajo es bastante complicado para sobrellevarlo con un bebé que nunca tendrá una figura paterna. Te juro que hasta hace unos meses no creí que fuera capaz de fijarme en nadie, pero con Sousa…no sé explicarte cómo ha sucedido… Solo sé que con él puedo tener algo parecido a lo que tuve con Alejandro.

Hasta ese momento no fui consciente de lo duro que habría sido para Marian perder al gran amor de su vida. Yo sentía por Miguel exactamente lo mismo que ella decía sentir por Alejandro y, de repente, ponerme en su piel fue demasiado doloroso.

—Estoy segura que sí —murmuré para consolarla. Ella exhaló una dulce sonrisa y continuó hablando.

—El caso es que esta mañana, Miguel ha entrado en mi despacho y nos ha pillado besándonos. Ha sido un mazazo para él, Sara. Sé de sobra que si hubiese sido cualquier otra persona del departamento no se lo habría tomado así, pero Sousa y Alejandro estaban muy unidos y el hecho de que yo esté saliendo con el mejor amigo de su padre supone un problema considerable para él.

No supe qué responder. Y ella percibió el desconcierto en mi expresión.

—Hablaré con él —dije tras unos largos segundos.

—En realidad, lo que más me preocupa es que esto afecte a mi relación con él, Sara. Quiero que siga viendo a Bruno y por supuesto quiero seguir formando parte de su vida. De vuestra vida —recalcó. Aún seguía frotándose las manos—. He cometido un error ocultándoselo, pero solo lo hice porque quería estar segura de que lo mío con Sousa era de verdad…

Una pausa me anunció que estaba a punto de echarse a llorar. No tenía ni idea de qué era lo que Miguel le habría dicho al sorprenderlos en su despacho, pero desde luego no tenía pinta de ser agradable.

—No te preocupes, Marian. Lo entenderá —le aseguré, dándole un apretón en su rodilla.

En cuanto Miguel entrara por la puerta pensaba hablar con él seriamente sobre el asunto.

—Mañana tenemos el almuerzo de Navidad con los compañeros del departamento, ¿vendrás?

—Sí, sí…claro.

De hecho, me hizo una ilusión tremenda que Miguel insistiera tanto en que le acompañase.

—Por favor, intenta explicarle lo que te he dicho. Tal vez tú puedas hacer que el ambiente de mañana sea menos tenso.

Pero cuando ambas estábamos incorporándonos oí el traqueteo de la llave en la cerradura. Ella me miró con ojos asustados. Era obvio que ninguna de los dos lo esperaba tan pronto de vuelta. Así que cuando hizo su aparición en el salón y nos sorprendió de pie despidiéndonos, su gesto se contrajo.

Se le veía cansado. No llevaba uniforme. Ya apenas lo usaba. Casi siempre iba vestido de calle. En ese instante llevaba unos tejanos azules, un jersey azul marino de punto y su cazadora de piel marrón.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó de mala gana a Marian, desprendiéndose de su chaqueta.

Ella abrió la boca para responder, pero el comportamiento de Miguel me resultó tan inapropiado que no la dejé hablar.

—Ha venido a verme a mí, ¿algún problema? —protesté cruzándome de brazos, encarándolo.

Él paseó su mirada de ella a mí, muy cabreado, y luego mientras se daba media vuelta para encerrarse en el dormitorio tan solo masculló:

—Voy a ducharme, cuando salga espero que se haya marchado.

Marian respiró profundamente y sin decir nada, se dirigió a la puerta.

La situación era tan incómoda que en ese momento deseé buscar un hueco donde ocultarme.

—Adiós, Sara —murmuró ella, abatida.

—Marian, dale tiempo. Acabará entendiéndolo.

—Ojalá lleves razón.

Luego se marchó y yo tomé aire antes de dirigirme al cuarto de baño.

—¿Puedes explicarme qué está pasando? —inquirí, irrumpiendo sin llamar y plantándome delante de la mampara de la ducha.

Desde esa posición pude contemplar a la perfección su ancha espalda y una estupenda panorámica de su trasero. Pero intenté no desviarme del propósito de esa conversación.

Él cerró el grifo y me miró de soslayo. No me moví mientras salía y rodeaba sus caderas con una toalla.

Últimamente llevaba la barba más larga que de costumbre, lo cual le daba a sus facciones un acelerado aire de madurez.

—Te estoy hablando, Miguel. ¿No piensas contarme qué ocurre?

—Tú ya lo sabes, ¿no? ¿Para qué preguntas entonces? —respondió secándose el pelo con otra toalla.

—¿Tanto te molesta que Marian salga con un hombre? ¿Pensabas que iba a estar de luto toda la vida? Por el amor de Dios, es una mujer muy joven.

—Me importa un carajo lo que Marian haga con su vida. Lo que me molesta es que se esté follando al mejor amigo de mi padre. Joder, ¿no había más polis en el departamento? —gruñó pasando por mi lado encaminándose hacia el dormitorio.

Supe de inmediato que no resultaría tan fácil hacerlo entrar en razón.

Le seguí.

—Me lo ha contado todo. Me ha dicho que pensaba contártelo, pero que quería hacerlo cuando estuviera segura de que Sousa y ella iban en serio. Esto también la ha pillado a ella por sorpresa, Miguel.

—Sí, ya, seguro… —graznó entre dientes desprendiéndose de la toalla para ponerse un pantalón de chándal, sin calzoncillos…

Céntrate, Sara.

—Sí, es así. Y tendrás que aceptarlo.

Me lanzó una mirada desintegradora antes de meter la cabeza en su sudadera gris.

—No pienso aceptar una mierda. Y te pido por favor que dejemos esta conversación.

Era la primera vez que teníamos una discusión en su casa y lo cierto es que ninguno de los dos supo manejar la situación con pericia.

Negué con la cabeza y miré al suelo.

Él volvió a escapar de mí y se fue directo a la cocina. Pero yo no estaba dispuesta a dejar las cosas de esa manera.

Lo observé abriendo la nevera y rebuscando en su interior.

—Creo que deberíamos hablar sobre ello—dije en un tono más suave, apoyándome en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos de mi vaquero—.Sé que no es fácil para ti, pero, Miguel, sabías de sobra que tarde o temprano ella tendría que rehacer su vida. ¿Qué importa con quien sea?

Sin embargo, mis últimas palabras provocaron en él una reacción inesperada. Resopló y luego cerró de golpe el frigorífico.

—¿Vas a seguir mucho tiempo con lo mismo? Porque te aseguro que he tenido hoy un día horrible y lo último que necesito en este momento es tu estúpida terapia psicológica.

En cuanto dijo eso sentí unas ganas terribles de darle una bofetada. Tantas que di un paso atrás para alejarme de él.

Apreté los dientes sin apartar mis ojos de los suyos. Nos retamos durante lo que a mí me pareció una eternidad.

—Me voy a mi apartamento. Hoy no tengo ganas de estar aquí —dije sin más dando media vuelta.

—¿Cómo que te vas? —gruñó a mi espalda. Esta vez era él quien me seguía a mí.

—Lo que has oído. Mi estúpida terapia psicológica y yo nos largamos —protesté, poniéndome el abrigo y colgándome el bolso al hombro.

—¿Es que no puedes entender que no quiero hablar de eso hoy?

Me giré para verle la cara antes de marcharme.

—Lo entiendo perfectamente. Pero ahora soy yo la que no quiere hablar contigo de nada.

Abrí la puerta y salí al rellano. Cuando estuve a punto de bajar el primer escalón él me agarró del brazo.

—No puedes hacer esto. Se supone que vamos a vivir a juntos. ¿Qué harás cada vez que discutamos? ¿Largarte?

—No lo sé, quizá ha llegado la hora de replanteármelo. Diviértete mañana en el almuerzo.

Me zafé de su agarre y lo dejé allí plantado.

Cuando la brisa helada de aquella noche de diciembre me acarició el rostro cerré los ojos con fuerza. Tal vez me había pasado un poco con lo de no acompañarlo a la comida Navideña, pero en ese instante estaba demasiado cabreada para pensar con claridad.

Me marché a mi casa con la esperanza de que él me llamara o viniera detrás de mí. Sin embargo, nada de eso ocurrió. A esas alturas empecé a darme cuenta de que Miguel era tan testarudo y cabezota como yo.

Aquel viernes lo pasé sola en mi apartamento. Furiosa y decepcionada, haciendo zapping en mi sofá con la mente alejada del televisor. A las tres de la mañana tras dar varias cabezadas decidí acostarme en mi cama, pero cuando me deslicé bajo el nórdico, discerní que esa era la primera vez desde hacía mucho tiempo que dormiría sin él…

Al día siguiente me desperté tan temprano que casi no había amanecido. Intenté distraerme limpiando y ordenando mi armario. Miré tantas veces el móvil que fui incapaz de contarlas. Empecé a maldecir en voz baja. Me había prometido a mí misma que dejaría pasar lo del día anterior siempre y cuando me llamara para pedirme de nuevo que lo acompañara, pero el reloj de mi cocina me anunció que eran las doce del mediodía y mis escasas y optimistas perspectivas se fueron al garete. El almuerzo sería sobre la una y yo no había recibido noticias suyas.

Me movía de un lado a otro con el teléfono en la mano. De pronto oí el timbre de la puerta. Me temblaron las rodillas solo de pensar que podía ser él. Sí, seguro que era él…

Sin embargo, cuando abrí, me encontré a mi buena amiga Irene haciendo una pompa enorme con un chicle.

—¿Estás aquí? Uff, pensé que había venido para nada —dijo colándose en el interior de mi apartamento—. ¿No tenías hoy esa comida con los polis? —preguntó escaneándome de la cabeza a los pies.

Obviamente aquella indumentaria de vagabundo que solía usar para estar en mi casa no se parecía en absoluto al conjunto que tenía preparado para ese almuerzo.

—No voy a ir. Miguel y yo hemos discutido —dije tras cerrar la puerta.

—¿En serio? ¿Por qué?

—Por una estupidez, pero no tengo ganas de hablar sobre eso—respondí tumbándome en el sofá—. Pero… ¿y tú no tenías hoy también la comida de tu empresa? —inquirí contemplando sus pantalones rajados y aquellas botas con tachuelas.

—Sí, sí. He venido para que me dejes algo de ropa. Salí esta mañana de compras, pero no he encontrado nada apropiado para una ocasión como esta. Ven, necesito que me ayudes—dijo entrando en mi dormitorio dispuesta a desordenarme el armario. Propio de ella.

—¿En qué habías pensado? —inquirí cruzándome de brazos a su lado mientras ella movía las perchas de un lado a otro.

—Pues no tengo ni idea. Quiero ir muy sexi. En realidad, lo que quiero es que Víctor se muera cuando me vea. Pero que se muera de verdad, el muy capullo.

Sonreí. La situación de Irene con su jefe era cada vez más cómica. Al menos del modo en el que ella me lo narraba todo. Al parecer, después de que un día se dieran el lote en el baño de la clínica, ella descubrió que él tenía novia. Una novia que vivía en el extranjero y a la que él solía visitar muy a menudo. Desde entonces Irene le había dejado bien clarito que serían tan solo jefe y empleada y prácticamente se habían declarado la guerra. Pero a veces su comportamiento me decía que lo que realmente pretendía era conquistarlo.

—¿No decías que pasarías de él en esa comida? —dije sentándome en mi cama.

—Y pienso hacerlo. Pero ya sabes lo que pasa en estos festejos navideños. La gente se emborracha, se da abrazos, dice tonterías. Vomita. Vamos, lo normal. Y si eso ocurre. Si me da por hacer alguna de esas cosas quiero estar bien guapa.

—Bueno, espero que lo de vomitar no suceda si vas a ponerte alguno de mis vestidos.

—Vale, evitaré esa parte —dijo sacando una de las perchas de la que colgaba mi vestido rojo de cuello alto y acabado en tejido de canalé de Boohoo—. Este me gusta.

—Es bastante ajustado —le advertí.

—Entonces será perfecto —añadió ella guiñándome un ojo.

Media hora después se marchó de allí y yo volví a quedarme sola con mi pésimo estado de ánimo.

Almorcé un triste sándwich de jamón y queso mientras leía una novela de suspense repantingada en el sofá. Sobre las cuatro de la tarde el sueño comenzó a rondarme y me dormí con aquel libro sobre mi pecho. Pero a eso de las seis mi teléfono sonó con insistencia. Me desperté de un sobresalto y cuando agarré el aparato con la firme convicción de que sería Miguel, vi el rostro de Irene iluminando la pantalla. Puse los ojos en blanco y respondí la llamada.

—¿Qué te ocurre ahora? —dije con tonito.

—Sara, estoy en el pub irlandés de la Plaza San Francisco. Serra, está aquí. Tienes que venir.

—No pienso ir a ninguna parte, Irene. Estoy cabreada con él.

—No me has entendido. Tienes que venir sí o sí. Acaba de pelearse con uno de sus compañeros. No te puedes hacer ni una idea la que se ha armado en el bar. Ahora mismo está aquí fuera hablando con Marian. Creo que se ha pasado bastante con las copas. Pero a su lado está también esa tía con la que se enrolló aquel día en la fiesta de Paco. La tal Susana. Y parece muy dispuesta a darle consuelo.

—Está bien, ahora voy —mascullé sintiendo cómo la sangre comenzaba a hervir en mis venas.

 

 

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